Carcassone - Francia

Rampa de acceso a la ciudadela medieval de Carcassone. La ciudad fue uno de los bastiones de los cátaros durante la infausta cruzada albigense.

Venecia - Italia

Si algo caracteriza a Venecia a parte de sus canales son los Carnavales y sus gentes escondidas detrás de las míticas y enigmáticas máscaras.

Borneo - Indonesia

Borneo es una de las islas más salvajes del archipiélago de Indonesia. Sus caudalosos ríos remontan sepenteantes las densas junglas y remontarlos para ver orangutanes salvajes es una experiencia imborrable.

Lisboa - Portugal

Maravilloso interior de estilo manuelino del Monasterio de los Jerónimos de Santa María de Belém, en la capital del Reino de Portugal.

Sevilla - Andalucía

Puesta de sol sobre las tranquilas aguas del río Guadalquivir, con la preciosa Torre del Oro ya iluminada en el extremo derecho de la foto.

martes, 24 de junio de 2014

París. La ciudad del amor 2/2

París es maravillosa porque siempre hay alguna otra maravilla que te queda pendiente por ver. Desde los kilómetricos pasillos del Museo del Louvre, atestados de arte e historia para todos los gustos, hasta el sobrio palacio de Fontainebleau desde el que el Emperador Napoleón Bonaparte gobernaba el destino de Europa. Desde la modernidad extrema de La Defense, hasta la Catedral de Notre Dame que supura historia por cada una de sus piedras. Independientemente del tiempo que haya estado, el viajero tiende a marcharse de esta ciudad, pensando que no lo ha visto todo y con unas ganas enormes de volver.

Nota: El viaje a París, por su longitud, está descrito en dos entradas. Puedes leer la entrada previa a ésta en el siguiente link.

Día 3 – Fontainebleau y Vincennes

Se levantaba nuestro tercer día en la Ciudad del Amor y nosotros continuamos con nuestro imparable ritmo de visitas. Ese día tocaba jornada de castillos.

Cogimos de nuevo el tren de cercanías con el bono que habíamos comprado el día anterior y esta vez nos encaminamos hacia la población de Fontainebleau, a una hora más o menos de París, en la que íbamos a visitar el castillo homónimo. Lo que más nos sorprendió al llegar a Fontainebleu es la diferencia de afluencia turística respecto a Versalles. Aquí había muy poca gente, el ambiente era tranquilo y sosegado, la verdad daba gusto pasear por allí comparado con la ingente cantidad de turistas que hay en Versalles. La verdad es que no entiendo el motivo, pues Fontainebleau no está mucho más lejos que Versalles y realmente no tiene mucho que envidiarle.

El castillo de Fontainebleau me pareció un palacio sacado de un cuento de hadas. Por un lado la poca gente que había, por otro el extraño día que hacía, nublado y con algo de niebla que hacía el ambiente más irreal. Y allí como surgido de la nada el castillo, de vetusta piedra, con hiedras trepando por las paredes y una enorme escalera monumental que lleva al acceso principal. La primera impresión fue simplemente de escándalo.

De nuevo armados con nuestras acostumbradas audioguías realizamos la visita al castillo que adoptara Napoleón Bonaparte como residencia. Versalles resultaba en general mucho más suntuoso en su interior, pero el palacio napoleónico también tiene sus espectaculares golpes escondidos, como la Sala del Trono o la cámara de María Antonieta. En cualquier caso, aquí, a diferencia de en Versalles podías pararte y recrearte en la visión de cada detalle, sin el agobio de grandes grupos de turistas atosigando.

Salimos del Palacio al mediodía y el sol de agosto había por fin sustituido a esa extraña mañana con niebla con que nos había recibido el castillo, así que decidimos acabar la visita acercándonos hasta los jardines del palacio. Aquí ya había más gente, aunque tampoco es que hubiera ni mucho menos una multitud. Supongo que el hecho de que para acceder a los jardines no haya que pagar entrada si no que son de acceso libre, hace que muchos lugareños se acerquen a pasear y tomar el sol. Los jardines son bonitos y grandes, divididos en dos partes, el jardín de estilo inglés y el de estilo francés. La verdad es que debo declarar mi incultura a nivel de paisajismo y reconocer que soy incapaz de diferenciarlos o apreciar sus peculiaridades. En cualquier caso, pese a no ser, bajo mi punto de vista, unos jardines muy espectaculares sí que merece la pena pasearse entre sus parterres y más en un día soleado de verano. Nosotros aprovechamos la sombra de uno de sus árboles para tomarnos los bocadillos que traíamos para comer.

Recién comidos, ya nos disponíamos a volver hacia el tren cuando nos encontramos que la entrada a los jardines empezaba a ser invadida por… ¿mosqueteros? Sí, eran sin duda mosqueteros. Pronto vimos que se trataba del rodaje de alguna película o serie francesa de época, que aprovechaban el idílico entorno como escenario para sus exteriores. Nuestra vena “voyeur” nos obligó a quedarnos un ratito más para ver el rodaje, aunque rápidamente nos aburrimos del tema y, esta vez sí, nos dirigimos a la estación de tren.

Aún teníamos toda la tarde por delante así que escogimos como siguiente punto de parada el complejo de Vincennes. De origen medieval, aunque su nombre sea Castillo de Vincennes, más que un castillo yo lo definiría como una auténtica ciudadela amurallada. Se trata básicamente de un largo muro, flanqueado por tres puertas y seis torres, que se extiende más de un kilómetro de longitud y que protege un espacio rectangular de varias hectáreas. La plaza, así protegida, está ocupada por la torre del homenaje, edificios civiles, administrativos y militares y una capilla. En la Edad Media, el conjunto permitía vivir allí a varios miles de personas.

La visita nos resultó interesante, pues nos permitió ver la evolución de las residencias reales francesas, marcando un fuerte contraste entre este castillo de Vincennes sobrio y austero y de marcado carácter defensivo-militar frente a los posteriores castillo-palacio como el de Fontainebleau o Versalles que básicamente eran residencia donde los gobernantes hacían ostentación de su poder. Su interés básicamente radica en esto, pues hay que reconocer que, pese a que es posible recorrer gran parte de la fortaleza, subir a los torreones y pasear por algunas de las estancias, todas ellas se encuentran vacías y es necesario echarle mucha imaginación para transportarse al pasado de la fortaleza. Por lo que puede ser algo decepcionante si no te tomas la visita con el prima adecuado.

Además nosotros tuvimos la suerte que en la capilla erigida dentro del complejo, se realizaba en esos momentos una muestra de arte religioso que acabó de complementar nuestra visita al castillo de una forma más que satisfactoria.

De Vincennes volvimos a subirnos al metro, esta vez en dirección al Arc de la Defense. Ésta es una zona totalmente de contraste con lo que habíamos visto hasta ese momento de París. Completamente moderna, llena de grandes rascacielos, centros comerciales, etc. Y presidida por el Gran Arco de la Defensa, un inmenso edificio y monumento que hoy en día es insignia de la vía triunfal de Napoleón. Fue inaugurado en 1989, fecha del bicentenario de la revolución francesa, con un gran desfile militar. El edificio es un hipercubo de 35 plantas de alto, cubiertas por paneles de vidrio opacos. Es una construcción arquitectónica impresionante y para cualquier amante de la arquitectura debe ser interesantísimo, aunque para los legos como yo no deja de ser impresionante.


Espectáculo de agua con el Gran Arco de la Defensa al fondo

Ya era tarde y estaba cayendo la noche como para sacar provecho al mirador que hay en las plantas superiores del arco, así que decidimos no subir (que el tema no es precisamente barato) y simplemente dimos un paseo por la zona, disfrutando del paisaje con sus fuentes de agua (estilo Montjuic pero sin espectáculo musical) y del ambiente de la zona, ya que dado que justo al lado del arco hay un enorme centro comercial, había mucha gente joven por la zona, cenando, yendo al cine, etc. Nosotros nos apuntamos y cenamos también en el centro comercial, con precios mucho más razonables que en sitios más turísticos de la ciudad.

Día 4 – De gárgolas y monalisas

Nuestro último día en París nos levantamos bien temprano, pues la intención era llegar pronto a la Torre Eiffel para poder subir a la misma sin tener que hacer las quilométricas colas que nos encontramos el primer día. Era algo que nos dejamos pendiente cuando pasamos por allí el primer día y no podíamos irnos de la capital francesa sin haberlo hecho. Llegamos a los pies de la torre unos quince minutos antes de que se abriera al público y ya había gente haciendo cola a la espera de que la abrieran. Igualmente, las colas no eran muy largas así que nos situamos en una y a no mucho tardar estábamos subiendo en uno de los grandes ascensores que recorren las tripas de acero de la torre. Las vistas desde la cúspide son impresionantes. La verdad es que nos alegramos de no haber pagado por otros miradores de la ciudad (Arco del Triunfo, Arco de la Defesa…) pues obviamente, ninguno puede compararse con el encanto de las vistas desde la Torre Eiffel.

Continuamos nuestra visita yendo hacia el centro de la ciudad. En concreto nuestra siguiente parada fue el Panteón. Lo primero que te llama la atención es su fachada principal, de estilo clásico, y su enorme parecido con la del Panteón de Roma, sin duda un homenaje en toda regla. Sin embargo, una vez pasada esta fachada clásica accedemos al interior que es el de una catedral normal, con su forma de cruz. Igualmente debo reconocer que el Panteón me causaba una extraña sensación de enormidad que otras catedrales de igual tamaño no consiguen transmitirme.

Originalmente se concibió el edificio como una gran iglesia para esa zona de la capital pero luego, con la revolución que comenzó en 1789, el templo se destinó a albergar a los cuerpos de los grandes hombres ilustres de la nación francesa, que es por lo que ahora más se conoce a este lugar. En él descansan los restos de Víctor Hugo, el matrimonio Curie, Voltaire, Rousseau, Emile Zola, etc. A parte, bajo la enorme cúpula central está colgado el enorme “Péndulo de Foucault”, el cual fue creado por el propio León Foucault para explicar la rotación de la Tierra, teoría que demostró en el mismo Panteón allá por el 1851.

Nuestra siguiente visita fue la mítica Catedral de Notre Dame. Llegamos allí y vimos que las colas para subir a sus torres también eran larguísimas. Hicimos un amago de ponernos en la cola para ver cómo avanzaba la misma pero rápidamente nos dimos cuenta de que aquello no iba a buen ritmo. Así que tuvimos que tomar una decisión dolorosa, salir de la cola y conformarnos con ver la catedral sin subir a sus míticas torres gemelas. Era un tema fastidioso porque ése era nuestro último día en París, así que no volveríamos a tener una nueva oportunidad. Así pues nos deleitamos contemplando la zona de culto y posteriormente mirándola desde fuera, sus dos grandes torres gemelas, sus amplios rosetones, las famosas gárgolas que inmortalizara el Jorobado de Notre Dame… hay que reconocer que se trata de una catedral preciosa.

Dejando atrás Notre Dame nos dirigimos esta vez hasta el Sainte Chapelle, donde compramos un billete combinado para visitar ésta y la Conciergerie. La entrada era cara (creo recordar que rondaba los 10 euros) pero realmente valía la pena. La Sainte Chapelle es uno de los mayores espectáculos visuales que mis ojos han tenido la oportunidad de ver. Especialmente la planta superior, donde antaño se guardaban las reliquias traídas de Constantinopla, virtualmente forrada de las vidrieras más preciosistas que yo recuerde. Pese a la cantidad de turistas que la visitamos, la capilla y sus vidrieras consiguen trasladarte a ese mundo trascendente y divino que sin duda sus constructores querían transmitir. ¡Un espectáculo que nadie debería perderse!

La Conciergerie sin embargo deja al visitante un sabor opuesto, pese a que intenta recrear las condiciones de las prisiones que durante la revolución francesa allí se instalaron (entre las que está la celda de la propia María Antonieta perfectamente recreada), no consigue transmitir esa sensación de opresión, resultando una visita algo sosa, que yo personalmente, vista la cantidad de cosas interesantes que hay en la ciudad, recomendaría saltarse; no merece la pena pagar por ello.

Tras salir de la Conciergerie ya era la hora de comer, así que nos dirigimos a nuestro último destino, que no por ello el menos importante: el museo del Louvre. Lo primero que hicimos nada más llegar fue comer algo en uno de los numerosos restaurantes que hay allí para luego comprar los tickets y empezar la visita. Cuando lo haces te das cuenta de la bárbara enormidad del museo. Te dan los folletos explicativos y el mapa del museo y la verdad es que no sabes por dónde empezar. Cuando siempre te dicen que para ver todo lo que el Louvre contiene tienes que dedicarle 2 o 3 días completos yo siempre había pensado que era una exageración, hasta que estuve allí y comprendí que no lo era en lo más mínimo.


Preparándonos para entrar al museo del Louvre

Tuvimos que escoger pues y, dados que mis interés son más históricos que artísticos, nos dirigimos a la zona de arte antiguo, donde se situaban básicamente las exposiciones dedicadas a las culturas egipcia, helenística y romana. Paseamos horas entre las vitrinas, deleitándonos con sus contenidos, contemplando obras tan famosas como La Venus de Milo. El tiempo volaba, tanto que cuando quisimos darnos cuenta y sin haber podido visitar ninguna otra sección del museo, escuchamos la megafonía indicando que sólo quedaban 15 minutos para cerrar el museo (ese día cerraba a las 18:00), que por favor todo el mundo empezara a dirigirse a la salida.

¿Cómo? ¿Qué ya teníamos que irnos? No podía ser, si ni tan siquiera habíamos visto la obra más famosa del museo, la mítica Gioconda. No podíamos irnos del Louvre sin haber visto la Mona Lisa, eso sería imperdonable. Así que cogimos el mapa que nos habían dado en la entrada ubicamos nuestra posición y el lugar donde se exponía la obra de Leonardo y empezamos a correr (tomároslo como metafórico, que no somos tan brutos para ir corriendo por dentro de un museo). La Gioconda estaba, para desgracia nuestra al otro lado del museo, así que de nuevo pudimos captar perfectamente la magnitud del Louvre; nunca nos habíamos cansado tanto visitando un museo… pero llegamos. Y al final como premio, una foto rápida con la pequeña obra maestra de Da Vinci (me la imaginaba más grande la verdad).

Con los guardias de seguridad ya mirándonos mal e instándonos a irnos de una santa vez, al fin dejamos el interior del Louvre y salimos de nuevo a la luz del día. Hicimos alguna foto de rigor con la pirámide de cristal, nuestras últimas fotos de la Ciudad del Amor, pues ya teníamos que encaminarnos de nuevo al aeropuerto para volver a casa.

Valoraciones

París, ¿qué decir de París? Pues probablemente que se trata, junto a Roma, de la ciudad más bella en la que haya estado. Hay tantas cosas a ver y tan importantes que parece que independientemente de l número de días que estés allí, siempre te dejarás cosas por ver. IMPRESCINDIBLE.

Lo mejor del viaje

- Fontainebleu y su ambiente, para pleno disfrute prácticamente en solitario
- Las vidrieras de la Sainte Chapelle
- Las vistas desde la Torre Eiffel

Lo peor del viaje

- Las enormes colas en muchos de los sitios que visitamos: Versalles, Notre Dame, la Torre Eiffel. Gajes de viajar en pleno agosto.
- Los precios, realmente exorbitantes en casi toda la ciudad. El nivel de vida parisino está muy por encima del poder adquisitivo medio español

Galería de fotos

París2

París. La ciudad del amor 1/2

París, Ciudad de la Luz, Ciudad del Amor. Una de las ciudades más bellas del mundo, la más visitada y, probablemente, la más romántica de las que pueblan el planeta. Hace honor a su fama y no defrauda a nadie que acude a visitarla. Desde la Madeleine a los Campos Elíseos, del Sacre Coeur o la Torre Eiffel al esplendoroso e indecentemente rico Palacio de Versalles, cada rincón de esta ciudad es conocido en cualquier parte del mundo y disfrutarlo en primera persona debería ser una obligación para cualquier viajero que se precie.

Nota: El viaje a París, por su longitud, está descrito en dos entradas. Puedes leer la segunda entrada en el siguiente link.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 4 días
Fecha: Agosto de 2009
Destinos visitados: París
Transporte: Avión

Descripción del viaje

En verano del 2009, en vez de realizar un viaje largo, optamos por encadenar un par de viajes cortos a capitales europeas. Primero fuimos a París, la ciudad del amor y las luces y viaje que describiré en esta entrada, para unos pocos días después dirigirnos a Lisboa.

Día 1 – La ciudad de punta a punta

Cogimos un vuelo desde El Prat a primerísima hora de la madrugada, cuando aún la noche anterior presidía el firmamento y el sol remoloneaba en el horizonte por salir. Era un vuelo barato, una de esas ofertas de ClickAir que ofrecen precios económicos a cambio de salir a horas intempestivas. Nos lo tomamos con filosofía, como mínimo eso haría que llegáramos a una hora temprana a la capital francesa y pudiéramos aprovechar el día haciendo turismo.

Llegamos al aeropuerto Charles de Gaulle y de allí cogimos un tren que nos acabaría dejando en el centro de París. Salimos de la estación a la que habíamos ido a parar, justo en frente de la iglesia de Saint-Eustache, cuyas impresionantes arcadas y contrafuertes góticos fueron nuestra primera visión de la ciudad. No era mal forma de empezar el viaje, si toda la ciudad era así, París rápidamente escalaría posiciones en el ranking de nuestras ciudades favoritas.

Lo bueno que tenía ir para tan pocos días era que nuestro equipaje se reducía a una pequeña mochila por cabeza que podíamos llevar a la espalda sin apenas molestias. Así, no teníamos que pasar primero por el hotel si no que podíamos ir directamente a visitar cosas y dirigirnos al hotel ya por la tarde con la intención de descansar.

Desde Saint-Eustache callejeamos un poco, pasando por delante del fórum de Les Halles, un enorme y animado centro comercial en pleno centro de la ciudad y rodeado por unos bonitos jardines en los que pasear. Aprovechamos el paso por esta zona comercial para acercarnos a un supermercado y comprar algo para el desayuno y un poco de agua, pues el calor apretaba con ganas en esos días de agosto. En ese momento tuvimos el primer encontronazo con la realidad parisina, viendo que los precios estaban realmente por las nubes para el nivel de vida que tenemos en nuestro país.

Tras reponer fuerzas con el desayuno continuamos nuestro periplo, encaminándonos hacia el Palais Royal y sus jardines. Curioso nombre para un palacio que nunca ha sido residencia real, si no que fue construido a petición del mítico Cardenal Richelieu. Viendo sus muros y paseando por sus cuidados jardines festoneados de fuentes era inevitable recuerdo de esa serie de dibujos de nuestra infancia: “Los mosqueperros”, e ir cantando por lo bajo el “Eran uno, dos y tres, los famosos mosqueperros, el pequeño Dartacán siempre van con ellos…”. Está claro que a uno le sale la vena friki en cualquier parte, eso se lleva dentro.

Desde allí nos dirigimos al famoso Palais Garnier, la ópera de París, no sin antes hacer un pequeño alto en el edificio de la Bolsa de la ciudad. El edificio de la ópera es increíble y suntuoso, enormemente recargado ya en su exterior, con una extraña mezcla de estilos y materiales. Desde sus columnas de mármol de estilo clásico hasta su enorme cúpula de verde bronce. Pero si el exterior es espectacular el interior es mayestático. Cada rincón de este edificio llama la atención, con miles de pequeños detalles de estilo natural, como hojas, ninfas, etc. La enorme escalinata, la lámpara de araña o el salón de baile son elementos de un preciosismo indescriptible. En ciertos aspectos la profusión de detalles me recordaba al modernismo catalán de Gaudí y compañía. Concluimos la visita, de más de una hora de duración, viendo el maravilloso escenario y su anfiteatro forrado en terciopelo rojo, en cuyos asientos aún hoy en día caben más de 2200 personas viendo sus representaciones de ballet (las óperas se han trasladado a otro edificio más moderno en otra zona de París).

El siguiente punto de interés en nuestro recorrido era la iglesia de La Madeleine. Lo que más asombra de esta iglesia es precisamente que no parece una iglesia si no un templo griego, un moderno Partenón enclavado en el centro de París. Sus altísima columnas son impresionantes y sus enormes puertas principales, decoradas con bajorrelieves que representan los 10 mandamientos también me resultaron especialmente bonitas. Sin embargo el interior, no sé si por su lúgubre oscuridad o por qué, me resultó algo decepcionante.

Desde la Madeleine bajamos ya en dirección a los Jardines de las Tullerías, pero por el camino hicimos un alto para descansar en la lujosa Place Vendome. Lujosa, sí, lujosa es la palabra adecuada porque en esta plaza se agolpan todas las boutiques más exclusivas de la ciudad: Cartier, Gucci, Rolex, Louis Vuitton… así como el Hotel Ritz. María dio un par de vueltas poniéndose los dientes largos con los escaparates mientras yo me sentaba a admirar la enorme columna que preside la plaza, que imita la columna de Trajano de Roma pero relatando las hazañas de Napoleón en vez de las del emperador romano. Un personaje este Napoleón, está claro que tenía el ego bastante subido.

Tras el pequeño receso en la Place Vendome desembarcamos finalmente en los Jardines de las Tullerías, unos jardines que no me parecieron nada del otro mundo excepto por una buena colección de estatuas que engalanaban sus paseos. Pero vamos, el lugar era agradable para dar un paseo, que entiendo es su función primordial, pero eché en falta algún árbol más cuya sombra hubiéramos agradecido sobremanera a causa del sol de justicia que caía a esas horas.

Siguiendo los jardines acabamos llegando a la Plaza de la Concordia, un nombre bastante peculiar para ponerle a la plaza en la que, durante la Revolución Francesa, se instaló la guillotina que decapitó a innumerables personas como los ilustres María Antonieta o Robespierre. La plaza es enorme, rodeada del rápido tráfico que la reconoce como nexo de unión entre dos de las arterias urbanas más importantes de la capital francesa. Pero una vez allí rápidamente te olvidas de todos esos coches pasando al lado tuyo para acabarte fijando en las ornamentadas fuentes que la rodean y en el magnificente obelisco que se erige plantado en el centro de la misma. Un obelisco de origen egipcio, traído durante la época napoleónica de las expediciones arqueológicas realizadas en el templo de Luxor, con sus jeroglíficos loando las grandes hazañas del gran faraón Ramsés II. Una obra de arte con 3 milenios de historia a sus espaldas impávida justo en medio del mundanal ruido del siglo XXI. ¡Acojonante!


Fuente de la Plaza de la Concordia

Abandonamos la plaza y bordeamos el río Sena, pasando por delante aunque algo alejados del Monasterio de los Inválidos. En ese momento decidimos no acercarnos al monasterio, más que nada porque el hambre empezaba a acuciar y aquella zona no parecía tener muchos restaurantes, pensando que ya volveríamos a visitarlo en otro momento. Craso error el nuestro, pues en los subsiguientes días nunca encontramos el hueco necesario para acercarnos y nos acabamos quedando sin verlo en detalle. Al final acabamos cruzando el puente de Alejandro III y cruzando la zona de la Exposición Universal de 1900 donde se erigen uno frente al otro el Grand Palais y el Petit Palais, dos bellísimos edificios con los que nos deleitamos unos minutos en los detalles de sus fachadas y cúpulas. Al final acabamos desembocando en los Campo Elíseos, esa mastodóntica avenida inmortalizada por los finales de los Tours de Francia . Allí buscamos un restaurante no demasiado caro (que la zona es turística y los precios tienden a ponerlos por las nubes) y nos sentamos a comer y reposar un poco nuestros ya cansados pies. La comida fue rápida y nada del otro mundo. La verdad es que la comida española nada tiene que envidiarle a la famosa “cuisine” francesa, al menos a nivel de restaurantes para el proletariado.

Empezamos la tarde acabando de remontar los Campos Elíseos hasta llegar al Arco del Triunfo. El enorme arco se encuentra en el centro de una plaza de la que salen 12 avenidas en forma radial, por eso los parisinos la llaman Plaza de la Estrella, porque a vista de pájaro es lo que parece. El arco ahora es un mirador, pero a 7 euros por cabeza la entrada el mirar nos parecía bastante caro, por lo que decidimos simplemente deleitarnos con el arco desde fuera y no subir. Las buenas vistas ya nos las dejaríamos para la Torre Eiffel. El arco está decorado con numerosas alegorías de victorias de toda la historia de Francia y a la Revolución Francesa. Allí en el arco también está la famosa tumba al soldado desconocido, con su eterna llama brillando.

Desde el Arco del Triunfo bajamos hasta la explanada en la que se erige la famosísima Torre Eiffel, pasando por la bulliciosa plaza de Trocadero. Al llegar a la torre, el sol de agosto caía con justicia y el calor era insoportable en la zona, totalmente desprovista de árboles o edificios que pudieran ayudar a los turistas con su sombra. Para acabar de aderezar el tema, las colas para subir a cualquiera de los ascensores de la Torre, era kilométricas. Lo bueno es que en París esto lo tienen bien montado y cerca de las colas tienen puestos unos carteles donde te indican más o menos el tiempo aproximado que tienes de cola hasta que te toque subir a ti. Los marcadores de todas las colas daban tiempos por encima de la hora y media. Una espera demasiado larga con el calor que hacía, así que hicimos varias fotos a los pies de la Torre y dejamos la subida a su mirador para otro día.

Tras esto decidimos plegar velas. Ya habíamos hecho mucho en ese primer día y teníamos el hotel bastante lejos. Así que poco a poco, pasito a pasito, fuimos cruzando tranquilamente todo el barrio de Montparnasse hasta llegar al hotel, empapándonos del ambiente menos turístico de la ciudad. El paseo fue largo pero a media tarde estábamos al fin en el hotel. Hicimos el check-in y caímos desplomados en la cama, los músculos de las piernas agarrotados y, al menos en mi caso, los pies llenos de ampollas. El descanso y la ducha os aseguro que fue más que bienvenido.

Día 2 – Versalles

Nos levantamos al día siguiente y nos dirigimos a la estación más cercana. Tras investigar un poco, nos decantamos por pillar un ticket en el que entraban todos los viajes que quisiéramos en el metro y en cercanías durante tres días, justo lo que nos quedaba de viaje en París. Por fin se iba a acabar esto de andar como si no hubiera un mañana.

Estrenamos nuestros recién adquiridos bonos cogiendo el tren de cercanías que nos llevaba al mítico Palacio de Versalles. Cuando desembarcamos allí, nos encontramos rodeados por cientos y cientos de turistas. Por lo visto habíamos llegado demasiado tarde (es recomendable estar allí a primerísima hora) y en las taquillas de entrada al Palacio las colas ya eran quilométricas. Poco podíamos hacer más que armarnos de paciencia, pues por delante nos esperaba prácticamente una hora de espera para comprar las entradas.

Al fin conseguimos nuestras entradas acompañadas de sus correspondientes audioguías y pudimos entrar al Palacio. Rápidamente, tras cruzar los primeros muros del palacio nos olvidamos de las colas y la espera, pues el fastuoso interior del mismo te transporta al fascinante mundo de la aristocracia francesa previo a la Revolución Francesa. Es imposible de detallar todo lo que allí se puede ver, desde los tapices, los cuadros, los recargados mobiliarios, las lámparas de araña… Hay muchas cosas preciosas en el Palacio, desde la celebérrima Galería de los Espejos, las cámaras del Rey y de la Reina o la Capilla Real. No recuerdo exactamente cuanto tiempo necesitamos para ver todo el edificio, pero no fue ni mucho menos corto, pues cuando abandonamos el edificio para encaminarnos a visitar los jardines, ya era la hora de comer.

De paseo por Versalles acompañado de nuestras fieles audioguías

Comimos algo rápido a la sombra de un gran árbol, unos bocadillos que llevábamos encima y continuamos la visita, pues en Versalles tanto hay para visitar en el propio palacio como en sus exteriores. Lo que más llama la atención de los jardines es el enorme canal que los parte por la mitad, un canal que es navegable y no precisamente por embarcaciones pequeñas. A ambos lados del canal se despliegan los jardines propiamente dichos, bellos frondosos. Recuerdo con alegría el pequeño laberintos de setos que se erige en ellos y en el que los turistas gustábamos de perdernos. Salpicando los jardines, aquí y allá, se levantan pequeños pabellones de veraneo, invernaderos, etc. Todos visitables con la entrada del Palacio.

La tarde ya estaba avanzado cuando por fin abandonamos Versalles y cogimos el tren que te devolvía a la capital. Aún teníamos algo de tiempo, aunque no mucho, hasta que cayera la noche, así que en lugar de ir directamente al hotel decidimos hacer un parón previo para visitar el Sacre Coeur. El metro nos dejaba al pie de la colina en el que se eleva esta basílica y de allí había que subir, primero callejeando por las estrechas callejuelas del Montmartre, repletas de tenderetes y artistas callejeros y luego por centenares de escaleras. Sin embargo al llegar por fin al destino, todo esfuerzo parece poco. A nuestros pies una magnífica vista de la ciudad de París al atardecer, con el sol anaranjado poniéndose en el horizonte, y frente a nosotros la Basílica del Sagrado Corazón, de belleza arrebatadora.

Recuerdo la basílica enorme, de un blanco resplandeciente que la hacía parecer recién construida (se ve que este blanco tan duradero es por el tipo de piedra utilizada, no por ninguna conservación especial realizada) recortado contra el azul del cielo. Es una basílica relativamente moderna y su estilo arquitectónico me sorprendió, pues evocaba en mí aires orientales, recordándome en cierta forma las fotos del Taj-Majal que recordaba (oye, acepto que el parecido sea pillando con pinzas, pero a mi me lo recordaba). El exterior me pareció precioso, pero el interior para mí no lo desmerecía para nada. Recuerdo sus frescos y mosaicos, de un estilo moderno y de unos colores increíblemente vívidos, ¡una maravilla!

Tras la visita ya empezaba a oscurecer, así que esta vez sí nos dirigimos hacia el hotel. Una cena rápida en una pizzería cercana y a descansar para el siguiente día.

Galería de fotos

París1

miércoles, 19 de marzo de 2014

Carnavales en Venecia

Venecia es puro romanticismo, con sus callejones estrechos y sinuosos que te llevan a la edad media y te envuelven con su misterio ancestral. Un misterio que se acrecenta durante el maravilloso Carnaval, en el que las máscaras y los exquisitos vestidos se adueñan de la ciudad y el día y la noche se suceden sin descanso para el viajero. Venecia es sueño y fantasía, inmortal y pétrea, con su canal principal flanqueado de palacios maravillosos, cuna de comerciantes como Marco Polo. Una ciudad para vivirla, desde que amanece hasta el siguiente día, recorriendo sus calles sin rumbo y sin prisa, donde te lleve el corazón.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 3 días
Fecha: Febrero de 2009
Destinos visitados: Venecia.
Transporte: Avión

Descripción del viaje

Esas Navidades María y yo nos regalamos mutuamente viajes. Son esas cosas extrañas que pasan en una pareja, que casi sin hablarte parece que ambos piensen lo mismo al mismo tiempo. Y en este caso, creo que ambos teníamos claro que nos apetecía viajar y que por lo tanto un viaje para dos era un regalo perfecto.

Mi regalo para ella fue este viaje, una corta visita a Venecia en los que probablemente son sus días más peculiares, los días del Carnaval.

Pasaron los meses y al fin llegó la época de los Carnavales. Era febrero y en Barcelona hacía un frío del copón con ruedas, pero nuestro vuelo salía a primera hora y eso no iba a amedrentarnos, así que cogimos los abrigos más tupidos, bufandas, guantes y gorritos y nos preparamos para salir hacia nuestro destino.

El vuelo no fue demasiado largo, por lo que pronto estábamos en el aeropuerto Marco Polo cogiendo un atiborrado autobús que nos llevaría a la ciudad de los canales. El trayecto no era demasiado largo y en seguida desembarcamos en un amplio aparcamiento cerca del istmo que conecta la ciudad con el resto de la Península Itálica. A esas horas ya hacía un sol radiante y la temperatura que nos recibía era considerablemente más agradable que la que nos despidió Barcelona. No era para ir en manga corta, pero para ser febrero era más que agradable. Podemos decir que tuvimos suerte con el clima.

El aparcamiento estaba frente al primero de los puntos de interés, el llamado Puente de la Constitución o de Calatrava, así conocido precisamente por haber sido diseñado por el arquitecto español Santiago Calatrava. El puente es enorme, el más grande de los cuatro que cruzan el Gran Canal y es de esos que despiertan sentimientos encontrados, pues sin duda es bonito y estético, pero parece un poco fuera de sitio en una ciudad con un aire tan antiguo y decadente como Venecia.

Cruzamos el puente y empezamos a dirigirnos, mapa en ristre, hacia el barrio de Cannaregio, donde se situaba nuestro hotel. Obviamente lo primero era hacer el check-in y dejar las bolsas, que aunque no pesaran mucho por la brevedad del viaje, siempre resultan molestas si te planteas estar dando vueltas como un loco todo el día. De camino ya empezamos a empaparnos del ambiente de la ciudad en esos días tan señalados. Gente por todos lados, turistas extranjeros y locales por igual atiborraban las calles, llenas de mercadillos, y en general se respiraba un ambiente festivo que levantaba el espíritu.

Hay que reconocer que nos perdimos en nuestra búsqueda del hotel. Dejadme que le eche la culpa a la caótica distribución de las calles, canales y puentes venecianos, que convierten a la ciudad en un pequeño laberinto hasta que te acostumbras a ello. Por suerte el italiano y el español son tan parecidos que cualquiera puede darte unas indicaciones por la calle, no hace falta encontrar a alguien que domine el inglés, cualquier abuela que esté tomando la fresca podrá darte unas indicaciones que si no habla demasiado deprisa sabrás interpretar.

Nuestro hotel, la “Residenza Cannaregio” estaba algo alejado del centro, al lado de un canal subsidiario, lo que lo hacía ideal, pues estaba aislado de las zonas más concurridas y ruidosas. Eso permitía poder descansar tranquilamente (algo que por la noche apreciaríamos sobremanera), pero tampoco estaba lejos del centro, con lo que podías ir caminando a cualquier sitio, cosa que si pillabas alojamiento en el Lido, te veías limitado a desplazarte en vaporetto.

Entre lo que tardamos en encontrar el hotel y hacer el check-in, cuando salimos de allí ya se había hecho la hora de comer y el regomello acuciaba nuestros estómagos a buscar un sitio donde comer. Sin salir del barrio de Cannaregio, nos dirigimos a una de las calles principales y allí había un restaurante detrás de otro. Escogimos uno con buena pinta y la verdad es que comimos muy bien. Lo bueno de la comida italiana es que, además, suele salir bastante económica.

Acabamos de comer y, con las fuerzas renovadas, decidimos encaminarnos hacia el meollo de toda la vida veneciana: la Plaza de San Marcos. Conforme nos acercábamos a ella, el gentío y el ambiente iba in crescendo y empezamos a ver a la primera gente disfrazada. Era impresionante ver los corrillos que se formaban alrededor de las personas disfrazadas, eran los auténticos protagonistas de aquella fiesta. No teníamos especial prisa e íbamos disfrutando del trayecto, de la gente disfrazada, de las tiendas artesanas de máscaras, de los puestos de comida ambulantes y sus olores. Cuando nos quisimos dar cuenta, nos encontrábamos dentro de una marea humana que nos había engullido. Suerte que teníamos intención de ir a la Plaza de San Marcos, por que si hubiéramos querido ir a cualquier otro sitio creo que no lo habríamos conseguido.
 

Los disfraces son los auténticos protagonistas de nuestro viaje
La plaza de San Marcos es preciosa, muy amplia, rodeada de emblemáticos edificios como la Torre del Orologio (Torre del reloj), la Basílica de San Marcos o el Palacio Ducal, un sitio para visitar tranquilamente. Pero eso era algo que era imposible de hacer en esas condiciones. Había tantísima gente que las colas para acceder a visitar el interior de estos emblemáticos edificios eran kilométricas, y la verdad es que ni María ni yo teníamos ganas de desperdiciar nuestro escaso tiempo en la ciudad haciendo cola, así que tuvimos que contentarnos con ver sólo desde fuera estos imponentes edificios. Como mínimo ya tenemos una excusa para hacer otra visita a la ciudad cuando podamos.

La suerte es que pudimos cambiar la visita a esas maravillas arquitectónicas por la vista de otras maravillas más efímeras. Y es que la Plaza de San Marcos es uno de los escaparates preferidos por los venecianos para lucir sus fastuosos disfraces enmascarados. Las personas disfrazadas se ponen allí, a las puertas de los grandes edificios, posando, para que la gente pueda hacerles fotos o hacerse fotos con ellos. Muchas veces estando allí me llegué a preguntar si no serían personas pagadas por el Ayuntamiento para satisfacer nuestras ansias de turista.

Tras las fotos de rigor nos desplazamos siguiendo la marea humana hacia el siguiente punto de interés, el famoso Puente de los Suspiros. ¡Menuda decepción! Después de soportar empujones y aprietos entre la miasma de gente, llegamos allí y resultaba que el puente estaba en rehabilitación, con lo que sólo habían dejado una pequeña parte visible entre unos enormes paneles de cartón pintados de color azul cielo. De verdad, así perdía todo el encanto y no se parecía en nada a esa idílica panorámica que mostraba nuestra guía de viajes.

Con la decepción en el semblante, decidimos recular un poco (¡y lo que nos costó hacerlo contra la marea de gente!) para encaminarnos en dirección contraria, hacia el famoso Puente de Rialto, quizás el más bello de los puentes que cruzan el Gran Canal. Rondamos un rato por sus alrededores, haciendo algo de tiempo, pues habíamos quedado allí, en el centro del famoso puente, con Nagore, una compañera de la universidad de María que actualmente vive en Londres y que, casualmente, también había venido junto a unos compañeros de trabajo a los carnavales.

Juntos nos dirigimos al Barrio de San Polo. Ya había caído la noche y las plazas se habían empezado a llenar con artistas callejeros, desde malabaristas, a conciertos de música en vivo pasando por DJs pinchando en alguna recóndita y perdida plaza. Y alrededor de todos ellos un montón de gente yendo de un lado para otro, hablando, riendo y comiendo. Nosotros nos dirigimos con Nagore y sus compañeros a un pequeño local, que en España asimilaríamos a un bar de tapas. Un gran ambiente para pasar una agradable velada en buena compañía, aunque he de reconocer que personalmente pasé algo de hambre; yo soy de los de cuchillo y tenedor.
Tras la cena fuimos pululando de un lugar a otro, tomando unas copas (coca-colas en mi caso, ya que soy abstemio) y alargando la noche entre risas y conversaciones. La verdad es que cuando salimos de viaje nunca vemos la “vida nocturna” de las ciudades donde estamos, solemos llegar a esas horas demasiado cansados, pero creo que esta vez, dada la coyuntura y la compañía merecía la pena hacer una excepción. Aún así, la falta de costumbre nos hizo llegar al hotel, extenuados y muertos de sueño, a las tantas de la madrugada. El descanso se mostró necesario y reparador.

Dormimos hasta tarde, apurando la comodidad de la cama. Era un viaje calmado y para disfrutar y así nos lo tomamos. Ya avanzada la mañana salimos del hotel y nos encaminamos de nuevo hacia el Barrio de San Marcos. La Plaza seguía tan concurrida como la tarde anterior, así que nos desviamos a zonas menos atiborradas para ver otras de las maravillas de la ciudad, como el Teatro la Fenice o el Palacio Contarini del Bóvolo con su impresionante y preciosísima escalera de caracol, emplazada en un lugar tan perdido, que pocos turistas parecían ser capaces de encontrarlo. Allí nos quedamos un rato, ensimismados, alejados de la gran muchedumbre y disfrutando de la belleza de esa Venecia tan opulenta del Renacimiento, ahora ya decadente pero con el mismo encanto.
 
La escalera más bonita de Venecia
Continuamos callejeando, hasta acercarnos al Puente de la Academia, para cruzar de nuevo el Gran Canal, esta vez hacia el Dorsoduro. Seguimos la orilla del Gran Canal hasta acercarnos a la punta más oriental del barrio, sonde se alza la Basílica de Santa María de la Salud. Visitamos la iglesia y estuvimos un buen rato contemplando los amarraderos de góndolas desde sus marmóreas escaleras. Tras eso el hambre acuciaba ya y nos acercamos a una pequeña plaza, plagada de palomas en la que muchos lugareños comían en la terraza de un pequeño restaurante. Pensamos que si los locales comían allí no nos equivocaríamos si hacíamos lo mismo.

Perdimos la tarde callejeando por el Barrio de Dorsoduro, sin ánimo de visitar nada especial, simplemente disfrutando de los canales, las callejuelas y los vericuetos. Estábamos lejos de las partes más turísticas y eso nos permitía disfrutar de la ciudad de una forma más tranquila, viendo la ciudad tal y como la viven sus habitantes.


A las siete de la tarde volvimos hacia la Plaza de San Marcos, ya que nuestra guía indicaba que a esa hora se celebraba allí el concurso oficial de disfraces del Carnaval. No nos hizo especial gracia descubrir que la guía nos había engañado, que no era a las siete si no una hora antes y que en consecuencia hacía un cuarto de hora que el desfile había acabado cuando nosotros llegamos. Nos tuvimos que conformar con el premio de consolación, ya que por suerte algunos de los participantes aún pululaban por la plaza y pudimos verles y hacerles fotos, desde las típicas máscaras venecianas al maravilloso “hombre de chocolate”. Lástima habernos perdido todo el desfila pues tenía números de ser realmente espectacular.

"El hombre de chocolate". No sabías si reírte en su cara o darle un bocado
Tras esto nos alejamos un poco del centro. Habíamos quedado de nuevo con Nagore para cenar en un restaurante, esta vez uno más convencional, algo caro pero con una cocina riquísima. Nagore se iba esa misma noche hacia Londres (tenía el vuelo de madrugada), mientras que nosotros pasábamos allí la noche y cogíamos el vuelo de vuelta a Barcelona a la mañana siguiente.
 
Por desgracia el vuelo era lo suficientemente temprano para que la última mañana en Venecia no nos diera para mucho, más allá de callejear de vuelta desde el hotel hasta la parada de autobuses, disfrutando de un espléndido sol invernal y despidiéndonos de las angostas callejuelas de la ciudad de los canales.

Valoraciones

Una experiencia única. Venecia es una ciudad preciosa, pero por primera vez en nuestros viajes lo importante no era aquello que íbamos a ver si no el incomparable ambiente que se respira en la ciudad durante esas fechas de Carnaval. Si vais a Venecia probablemente os encantará, si vais allí en Carnavales no dudo de que os enamorará.

Lo mejor del viaje
- El ambiente general. La ciudad era una auténtica fiesta, día y noche. Disfraces, mercadillos, espectáculos, conciertos y las calles repletas de gente y alegría.
- Poder encontrar en un lugar tan extraño a gente conocida y pasar unos buenos ratos ellos.
- El hotel escogido. Era caro, como todos en esa época en Venecia, pero su ubicación, sin saberlo de antemano, fue un acierto por nuestra parte. Estaba lo suficientemente cerca de todo para poder ir andando sin problemas, pero lo suficientemente alejado para no verse afectado por el ruido de las celebraciones y poder descansar tranquilamente.

Lo peor del viaje
- Gente, gente y más gente. Si no te gustan las aglomeraciones este no es tu viaje.
- No haber acabado entrando, por las enormes colas que había, a ver el interior de la Basílica de San Marcos o del Palacio Ducal.

Galería de fotos

Venecia

martes, 21 de enero de 2014

Burgos. Una ciudad señorial al norte de Castilla


A orillas del río Arlanzón, se alza la histórica ciudad de Burgos, Cabeza de Castilla y una de las más bellas ciudades de España. Fundada bajo el reinado de Alfonso III, conserva la impronta de siglos de cristiandad en cada uno de sus rincones, plazas y callejas de sabor singular. Su imponente catedral gótica apenas necesita presentación, sólo necesitas perderte por sus alrededores y respirar el halo místico de su interior.

Nota: Esta es la segunda parte del viaje que nos llevó desde Barcelona a Burgos pasando por tierras oscenses. Puedes leer la primera en este link.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 3 días
Fecha: Diciembre de 2012
Destinos visitados: Burgos, Frías y Oña.
Transporte: Coche

Descripción del viaje

Burgos era el destino final del corto viaje en coche que hicimos justo antes de las Navidades de 2012 y que primero nos había llevado por tierras oscenses.
Llegamos a Burgos ya de noche, después de un largo trayecto de coche que se había iniciado justo después de comer en San Juan de la Peña. No nos costó demasiado encontrar el hotel, realmente céntrico. Encontrar aparcamiento ya fue harina de otro costal. Realmente nos sorprendió el nivel de tráfico que había en el centro de esa pequeña ciudad.

Era ya tarde, estábamos ya cenados y además muy cansados. Sin embargo nada de eso iba a impedir que, aunque fuera arrastrándonos, saliéramos un ratito a pasear bajo la luz de la luna y empezar a degustar el ambiente de la ciudad que nos iba a acoger en los días siguientes. Un paseo corto, por el centro de la ciudad, donde ya pudimos hacernos una idea de cómo era Burgos: muy comercial y con la gente volcada en las calles, ya fuera comprando, cenando o simplemente paseando.

El día siguiente amaneció algo nublado, amenazando lluvia, así que cogimos los paraguas y salimos bien pronto a buscar los grandes tesoros de la arquitectura burgalesa. Como siempre en nuestros viajes, el primer destino, incluso antes de desayunar, fue la Oficina de Información y Turismo, que por suerte nos caía bastante cerca del hotel. De allí salimos con las ideas bastantes claras de qué queríamos visitar.
Tras un desayuno rápido en un bar, nos dirigimos hacia las afueras de la ciudad, atravesando un rico barrio residencial hasta hallar el Real Monasterio de las Huelgas. La construcción era bastante sobria, nada espectacular la verdad, pero en cualquier caso llagábamos con hambre de visitar así que no nos desilusionaríamos tan pronto. Al hacernos con los tickets nos informaron de que la visita era guiada y que el próximo grupo salía en 20 minutos. Sin duda gran idea la de la Diputación de proporcionar guía a los visitantes, ya que disfrutamos como enanos de las explicaciones, tratándose como se trata el Monasterio de un lugar que ha sido capital de la más rancia historia castellana.

Salimos del Monasterio para encontrarnos con una fina lluvia que no tenía especial pinta de remitir, con el cielo encapotado de un gris plomizo hasta donde la vista alcanzaba. Recorrimos el camino de vuelta hacia el centro de la ciudad, esta vez paseando por el bonito paseo que circula paralelo al río que cruza Burgos. Nos dirigimos a la Plaza Mayor y cerca de allí buscamos un restaurante donde poder comer. Encontramos uno llamado “La Mafia” cuyo menú nos llamó la atención y decidimos entrar en él. ¡Dios mío que hartón de comer! ¡Todo riquísimo y por un precio de menú muy asequible! Sin duda la suerte nos acompañó en la elección.

Con las piernas descansadas y la barriga llena decidimos ir a visitar la joya de la corona, la Catedral. Además coincidía que esa tarde la entrada para visitarla era gratuita. Aprovechando la coyuntura, decidimos reinvertir lo que nos habíamos ahorrado en la entrada en una audioguía. Otro gran acierto sin duda. La Catedral es enorme, llena de preciosos rincones, retablos, bajorrelieves, etc. Vimos cada uno con mayor asombro que el anterior, siempre acompañados por las interesantes descripciones de la audioguía. Cuando ya estábamos en la parte final de la visita, en una exposición sobre la figura del Cid Campeador, nos sorprendió la megafonía diciendo que se iba a proceder al cierre de la Catedral y que por favor los visitantes se dirigieran hacia la salida. Asombrados miramos el reloj y vimos que eran las 19:30, llevábamos ya tres horas y media de visita que sin embargo nos habían pasado volando.

La fachada de la Catedral iluminada contra un encapotado cielo invernal 


Salimos de la Catedral que era ya negra noche. Aprovechamos para hacer algunas fotos del exterior de la Catedral, del precioso Arco de Santa María o de la casa del Cordón antes de ir de vuelta al hotel para tomar una revigorizante ducha. Fresquitos y cambiados decidimos volver a salir, esta vez a cenar en alguno de los locales de tapas que se encuentran en las céntricas calles tras la Catedral y que nos habían recomendado unas amables lugareñas. No soy gran amante del modelo “tapeo”, soy de los que prefiere cenar sentadito y con un buen plato delante, pero al lugar había que reconocerle encanto y ambiente a raudales. Una gran opción si no tienes demasiada hambre, ya que por poco dinero te tomabas 2 coca-colas y 4 tapas y para “tapar el hueco” ya ibas más que sobrado.

De nuevo con la barriguita llena, nos acercamos otra vez al hotel. Un poco de lectura y a dormir, que al día siguiente madrugábamos para salir de excursión.

El día siguiente amaneció bastante mejor que el anterior, frío pero soleado. El primer destino a visitar era la Cartuja de Miraflores, ya que ésta quedaba a las afueras de la ciudad, de camino hacia donde luego pensábamos dirigirnos. Cuál fue nuestra sorpresa al llegar allí y encontrárnosla cerrada, justo era el día de descanso. Debo reconocer que en ese momento nos cagamos en toda la familia de la persona que nos atendió en Información y Turismo. ¿Tanto le costaba indicarnos que uno de los tres sitios más turísticos de la ciudad estaba cerrado uno de los días que íbamos a estar allí? Sabiéndolo hubiera sido tan fácil como intercambiar las visitas entre Miraflores y las Huelgas y podríamos haberlo visto todo. Bueno, qué se le va a hacer, así como mínimo aún nos queda algún motivo para venir de nuevo a Burgos en una segunda ocasión.



A las puertas del castillo de los Condes de Frías
Decepcionados, cogimos el coche y pusimos las coordenadas en el TOM-TOM. Destino el Valle del Oca, una región montañosa al norte de la ciudad, en dirección hacia Santander. El primer pueblo a visitar era Frías, un pequeño pueblo medieval del que habíamos leído maravillas en Internet. A decir verdad, al llegar allí Frías nos dejó algo fríos. No es que no fuera bonito, pues sin duda tenía su encanto con su pequeño castillo y su iglesia románica, con sus estrechas callejuelas empedradas y su reducto de casas colgantes. Pero no era tampoco nada del otro mundo, nada que no hubiéramos visto en otras poblaciones bien conservadas como Rupit por ejemplo. Casi merecieron más la pena los fabulosos paisajes que nos encontramos de camino, que la población en sí.

Descendimos por las sinuosas carreteras hasta llegar al curso del Río Oca, que remontamos por una buena carretera hasta Oña, un pueblo que nos habían recomendado el día anterior en Información y Turismo, famoso por el enorme Monasterio de San Salvador. Por desgracia, dadas las fechas nos encontramos el monasterio cerrado. Sólo se podía visitar acompañados del guía local que hacía visitas cada ciertas horas (no muchas la verdad dado que era pleno invierno y por tanto temporada más que baja). La siguiente visita era a las 16:00, aún quedaban un par de horas, que decidimos emplear en dar un paseo por el pueblo y comer en uno de sus restaurantes, un lugar conocido como La Bodeguilla, con más encanto que buen comer para ser sinceros.

Allí estábamos a las 16:00, bien dispuestos a las puertas del Monasterio. Pronto descubrimos que éramos los únicos  turistas del día  y que por tanto el   guía nos  haría una  visita privada.  El Monasterio  era digno  de ser visitado  y el guía un  auténtico crack  que amenizó la visita con anécdotas  y explicaciones varias.  La historia de la  fundación del  Monasterio  por parte de  Don Sancho García,  Conde de Castilla,  para colocar  a su hija como abadesa, lo reyes  y nobles allí  sepultados y  un montón  de historias  más que ahora  soy incapaz  de recordar.  Se veía que no tenía prisa y podía recrearse con nosotros, pareciendo casi alegre de tener algo que hacer a lo largo del día.

Finalizada la visita al Monasterio de San Salvador,  ya oscureciendo  en el exterior,  decidimos dejar de vagar  por esos parajes  y volver a la ciudad. Burgos nos esperaba de nuevo, acogedora, y dedicamos las últimas horas de la tarde a hacer allí algunas  compras que María quería ir adelantando para las fiestas navideñas.  Por último una nueva sesión de tapeo  a la hora de la cena, justo antes de retirarnos de nuevo a dormir. Por desgracia al día siguiente debíamos partir de nuevo hacia casa,  dejando atrás  nuestro periplo castellano. Siete horas de conducción nos esperaban por delante y era mejor estar bien descansado para ello.
Valoraciones

Burgos nos sorprendió muy gratamente. Una ciudad muy bonita y con mucho ambiente, enclavada cerca de zonas paisajísticamente preciosas. Si a eso le añades buena comida, poco más se le puede pedir a un lugar para que merezca la pena visitarlo.

Lo mejor del viaje

- Las salidas nocturnas a tomar unas tapitas. ¡Qué forma tan maravillosa de terminar una jornada vacacional!
- La visita al monasterio de Oña con "nuestro" guía particular. Un auténtico crack el tío.
- La catedral de Burgos. Una auténtica maravilla por dentro y por fuera. Una tarde entera estuvimos para visitarla... y se nos hizo corto.

Lo peor del viaje

- Información y Turismo de Burgos. De verdad, no hay tantas cosas a visitar en la ciudad, ya nos podían haber avisado que la Cartuja cerraba uno de los días que les dijimos que estábamos allí. Así a lo mejor hasta nos podemos planificar y no quedarnos sin verla.

Galería de fotos

Burgos