martes, 24 de junio de 2014

París. La ciudad del amor 1/2

París, Ciudad de la Luz, Ciudad del Amor. Una de las ciudades más bellas del mundo, la más visitada y, probablemente, la más romántica de las que pueblan el planeta. Hace honor a su fama y no defrauda a nadie que acude a visitarla. Desde la Madeleine a los Campos Elíseos, del Sacre Coeur o la Torre Eiffel al esplendoroso e indecentemente rico Palacio de Versalles, cada rincón de esta ciudad es conocido en cualquier parte del mundo y disfrutarlo en primera persona debería ser una obligación para cualquier viajero que se precie.

Nota: El viaje a París, por su longitud, está descrito en dos entradas. Puedes leer la segunda entrada en el siguiente link.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 4 días
Fecha: Agosto de 2009
Destinos visitados: París
Transporte: Avión

Descripción del viaje

En verano del 2009, en vez de realizar un viaje largo, optamos por encadenar un par de viajes cortos a capitales europeas. Primero fuimos a París, la ciudad del amor y las luces y viaje que describiré en esta entrada, para unos pocos días después dirigirnos a Lisboa.

Día 1 – La ciudad de punta a punta

Cogimos un vuelo desde El Prat a primerísima hora de la madrugada, cuando aún la noche anterior presidía el firmamento y el sol remoloneaba en el horizonte por salir. Era un vuelo barato, una de esas ofertas de ClickAir que ofrecen precios económicos a cambio de salir a horas intempestivas. Nos lo tomamos con filosofía, como mínimo eso haría que llegáramos a una hora temprana a la capital francesa y pudiéramos aprovechar el día haciendo turismo.

Llegamos al aeropuerto Charles de Gaulle y de allí cogimos un tren que nos acabaría dejando en el centro de París. Salimos de la estación a la que habíamos ido a parar, justo en frente de la iglesia de Saint-Eustache, cuyas impresionantes arcadas y contrafuertes góticos fueron nuestra primera visión de la ciudad. No era mal forma de empezar el viaje, si toda la ciudad era así, París rápidamente escalaría posiciones en el ranking de nuestras ciudades favoritas.

Lo bueno que tenía ir para tan pocos días era que nuestro equipaje se reducía a una pequeña mochila por cabeza que podíamos llevar a la espalda sin apenas molestias. Así, no teníamos que pasar primero por el hotel si no que podíamos ir directamente a visitar cosas y dirigirnos al hotel ya por la tarde con la intención de descansar.

Desde Saint-Eustache callejeamos un poco, pasando por delante del fórum de Les Halles, un enorme y animado centro comercial en pleno centro de la ciudad y rodeado por unos bonitos jardines en los que pasear. Aprovechamos el paso por esta zona comercial para acercarnos a un supermercado y comprar algo para el desayuno y un poco de agua, pues el calor apretaba con ganas en esos días de agosto. En ese momento tuvimos el primer encontronazo con la realidad parisina, viendo que los precios estaban realmente por las nubes para el nivel de vida que tenemos en nuestro país.

Tras reponer fuerzas con el desayuno continuamos nuestro periplo, encaminándonos hacia el Palais Royal y sus jardines. Curioso nombre para un palacio que nunca ha sido residencia real, si no que fue construido a petición del mítico Cardenal Richelieu. Viendo sus muros y paseando por sus cuidados jardines festoneados de fuentes era inevitable recuerdo de esa serie de dibujos de nuestra infancia: “Los mosqueperros”, e ir cantando por lo bajo el “Eran uno, dos y tres, los famosos mosqueperros, el pequeño Dartacán siempre van con ellos…”. Está claro que a uno le sale la vena friki en cualquier parte, eso se lleva dentro.

Desde allí nos dirigimos al famoso Palais Garnier, la ópera de París, no sin antes hacer un pequeño alto en el edificio de la Bolsa de la ciudad. El edificio de la ópera es increíble y suntuoso, enormemente recargado ya en su exterior, con una extraña mezcla de estilos y materiales. Desde sus columnas de mármol de estilo clásico hasta su enorme cúpula de verde bronce. Pero si el exterior es espectacular el interior es mayestático. Cada rincón de este edificio llama la atención, con miles de pequeños detalles de estilo natural, como hojas, ninfas, etc. La enorme escalinata, la lámpara de araña o el salón de baile son elementos de un preciosismo indescriptible. En ciertos aspectos la profusión de detalles me recordaba al modernismo catalán de Gaudí y compañía. Concluimos la visita, de más de una hora de duración, viendo el maravilloso escenario y su anfiteatro forrado en terciopelo rojo, en cuyos asientos aún hoy en día caben más de 2200 personas viendo sus representaciones de ballet (las óperas se han trasladado a otro edificio más moderno en otra zona de París).

El siguiente punto de interés en nuestro recorrido era la iglesia de La Madeleine. Lo que más asombra de esta iglesia es precisamente que no parece una iglesia si no un templo griego, un moderno Partenón enclavado en el centro de París. Sus altísima columnas son impresionantes y sus enormes puertas principales, decoradas con bajorrelieves que representan los 10 mandamientos también me resultaron especialmente bonitas. Sin embargo el interior, no sé si por su lúgubre oscuridad o por qué, me resultó algo decepcionante.

Desde la Madeleine bajamos ya en dirección a los Jardines de las Tullerías, pero por el camino hicimos un alto para descansar en la lujosa Place Vendome. Lujosa, sí, lujosa es la palabra adecuada porque en esta plaza se agolpan todas las boutiques más exclusivas de la ciudad: Cartier, Gucci, Rolex, Louis Vuitton… así como el Hotel Ritz. María dio un par de vueltas poniéndose los dientes largos con los escaparates mientras yo me sentaba a admirar la enorme columna que preside la plaza, que imita la columna de Trajano de Roma pero relatando las hazañas de Napoleón en vez de las del emperador romano. Un personaje este Napoleón, está claro que tenía el ego bastante subido.

Tras el pequeño receso en la Place Vendome desembarcamos finalmente en los Jardines de las Tullerías, unos jardines que no me parecieron nada del otro mundo excepto por una buena colección de estatuas que engalanaban sus paseos. Pero vamos, el lugar era agradable para dar un paseo, que entiendo es su función primordial, pero eché en falta algún árbol más cuya sombra hubiéramos agradecido sobremanera a causa del sol de justicia que caía a esas horas.

Siguiendo los jardines acabamos llegando a la Plaza de la Concordia, un nombre bastante peculiar para ponerle a la plaza en la que, durante la Revolución Francesa, se instaló la guillotina que decapitó a innumerables personas como los ilustres María Antonieta o Robespierre. La plaza es enorme, rodeada del rápido tráfico que la reconoce como nexo de unión entre dos de las arterias urbanas más importantes de la capital francesa. Pero una vez allí rápidamente te olvidas de todos esos coches pasando al lado tuyo para acabarte fijando en las ornamentadas fuentes que la rodean y en el magnificente obelisco que se erige plantado en el centro de la misma. Un obelisco de origen egipcio, traído durante la época napoleónica de las expediciones arqueológicas realizadas en el templo de Luxor, con sus jeroglíficos loando las grandes hazañas del gran faraón Ramsés II. Una obra de arte con 3 milenios de historia a sus espaldas impávida justo en medio del mundanal ruido del siglo XXI. ¡Acojonante!


Fuente de la Plaza de la Concordia

Abandonamos la plaza y bordeamos el río Sena, pasando por delante aunque algo alejados del Monasterio de los Inválidos. En ese momento decidimos no acercarnos al monasterio, más que nada porque el hambre empezaba a acuciar y aquella zona no parecía tener muchos restaurantes, pensando que ya volveríamos a visitarlo en otro momento. Craso error el nuestro, pues en los subsiguientes días nunca encontramos el hueco necesario para acercarnos y nos acabamos quedando sin verlo en detalle. Al final acabamos cruzando el puente de Alejandro III y cruzando la zona de la Exposición Universal de 1900 donde se erigen uno frente al otro el Grand Palais y el Petit Palais, dos bellísimos edificios con los que nos deleitamos unos minutos en los detalles de sus fachadas y cúpulas. Al final acabamos desembocando en los Campo Elíseos, esa mastodóntica avenida inmortalizada por los finales de los Tours de Francia . Allí buscamos un restaurante no demasiado caro (que la zona es turística y los precios tienden a ponerlos por las nubes) y nos sentamos a comer y reposar un poco nuestros ya cansados pies. La comida fue rápida y nada del otro mundo. La verdad es que la comida española nada tiene que envidiarle a la famosa “cuisine” francesa, al menos a nivel de restaurantes para el proletariado.

Empezamos la tarde acabando de remontar los Campos Elíseos hasta llegar al Arco del Triunfo. El enorme arco se encuentra en el centro de una plaza de la que salen 12 avenidas en forma radial, por eso los parisinos la llaman Plaza de la Estrella, porque a vista de pájaro es lo que parece. El arco ahora es un mirador, pero a 7 euros por cabeza la entrada el mirar nos parecía bastante caro, por lo que decidimos simplemente deleitarnos con el arco desde fuera y no subir. Las buenas vistas ya nos las dejaríamos para la Torre Eiffel. El arco está decorado con numerosas alegorías de victorias de toda la historia de Francia y a la Revolución Francesa. Allí en el arco también está la famosa tumba al soldado desconocido, con su eterna llama brillando.

Desde el Arco del Triunfo bajamos hasta la explanada en la que se erige la famosísima Torre Eiffel, pasando por la bulliciosa plaza de Trocadero. Al llegar a la torre, el sol de agosto caía con justicia y el calor era insoportable en la zona, totalmente desprovista de árboles o edificios que pudieran ayudar a los turistas con su sombra. Para acabar de aderezar el tema, las colas para subir a cualquiera de los ascensores de la Torre, era kilométricas. Lo bueno es que en París esto lo tienen bien montado y cerca de las colas tienen puestos unos carteles donde te indican más o menos el tiempo aproximado que tienes de cola hasta que te toque subir a ti. Los marcadores de todas las colas daban tiempos por encima de la hora y media. Una espera demasiado larga con el calor que hacía, así que hicimos varias fotos a los pies de la Torre y dejamos la subida a su mirador para otro día.

Tras esto decidimos plegar velas. Ya habíamos hecho mucho en ese primer día y teníamos el hotel bastante lejos. Así que poco a poco, pasito a pasito, fuimos cruzando tranquilamente todo el barrio de Montparnasse hasta llegar al hotel, empapándonos del ambiente menos turístico de la ciudad. El paseo fue largo pero a media tarde estábamos al fin en el hotel. Hicimos el check-in y caímos desplomados en la cama, los músculos de las piernas agarrotados y, al menos en mi caso, los pies llenos de ampollas. El descanso y la ducha os aseguro que fue más que bienvenido.

Día 2 – Versalles

Nos levantamos al día siguiente y nos dirigimos a la estación más cercana. Tras investigar un poco, nos decantamos por pillar un ticket en el que entraban todos los viajes que quisiéramos en el metro y en cercanías durante tres días, justo lo que nos quedaba de viaje en París. Por fin se iba a acabar esto de andar como si no hubiera un mañana.

Estrenamos nuestros recién adquiridos bonos cogiendo el tren de cercanías que nos llevaba al mítico Palacio de Versalles. Cuando desembarcamos allí, nos encontramos rodeados por cientos y cientos de turistas. Por lo visto habíamos llegado demasiado tarde (es recomendable estar allí a primerísima hora) y en las taquillas de entrada al Palacio las colas ya eran quilométricas. Poco podíamos hacer más que armarnos de paciencia, pues por delante nos esperaba prácticamente una hora de espera para comprar las entradas.

Al fin conseguimos nuestras entradas acompañadas de sus correspondientes audioguías y pudimos entrar al Palacio. Rápidamente, tras cruzar los primeros muros del palacio nos olvidamos de las colas y la espera, pues el fastuoso interior del mismo te transporta al fascinante mundo de la aristocracia francesa previo a la Revolución Francesa. Es imposible de detallar todo lo que allí se puede ver, desde los tapices, los cuadros, los recargados mobiliarios, las lámparas de araña… Hay muchas cosas preciosas en el Palacio, desde la celebérrima Galería de los Espejos, las cámaras del Rey y de la Reina o la Capilla Real. No recuerdo exactamente cuanto tiempo necesitamos para ver todo el edificio, pero no fue ni mucho menos corto, pues cuando abandonamos el edificio para encaminarnos a visitar los jardines, ya era la hora de comer.

De paseo por Versalles acompañado de nuestras fieles audioguías

Comimos algo rápido a la sombra de un gran árbol, unos bocadillos que llevábamos encima y continuamos la visita, pues en Versalles tanto hay para visitar en el propio palacio como en sus exteriores. Lo que más llama la atención de los jardines es el enorme canal que los parte por la mitad, un canal que es navegable y no precisamente por embarcaciones pequeñas. A ambos lados del canal se despliegan los jardines propiamente dichos, bellos frondosos. Recuerdo con alegría el pequeño laberintos de setos que se erige en ellos y en el que los turistas gustábamos de perdernos. Salpicando los jardines, aquí y allá, se levantan pequeños pabellones de veraneo, invernaderos, etc. Todos visitables con la entrada del Palacio.

La tarde ya estaba avanzado cuando por fin abandonamos Versalles y cogimos el tren que te devolvía a la capital. Aún teníamos algo de tiempo, aunque no mucho, hasta que cayera la noche, así que en lugar de ir directamente al hotel decidimos hacer un parón previo para visitar el Sacre Coeur. El metro nos dejaba al pie de la colina en el que se eleva esta basílica y de allí había que subir, primero callejeando por las estrechas callejuelas del Montmartre, repletas de tenderetes y artistas callejeros y luego por centenares de escaleras. Sin embargo al llegar por fin al destino, todo esfuerzo parece poco. A nuestros pies una magnífica vista de la ciudad de París al atardecer, con el sol anaranjado poniéndose en el horizonte, y frente a nosotros la Basílica del Sagrado Corazón, de belleza arrebatadora.

Recuerdo la basílica enorme, de un blanco resplandeciente que la hacía parecer recién construida (se ve que este blanco tan duradero es por el tipo de piedra utilizada, no por ninguna conservación especial realizada) recortado contra el azul del cielo. Es una basílica relativamente moderna y su estilo arquitectónico me sorprendió, pues evocaba en mí aires orientales, recordándome en cierta forma las fotos del Taj-Majal que recordaba (oye, acepto que el parecido sea pillando con pinzas, pero a mi me lo recordaba). El exterior me pareció precioso, pero el interior para mí no lo desmerecía para nada. Recuerdo sus frescos y mosaicos, de un estilo moderno y de unos colores increíblemente vívidos, ¡una maravilla!

Tras la visita ya empezaba a oscurecer, así que esta vez sí nos dirigimos hacia el hotel. Una cena rápida en una pizzería cercana y a descansar para el siguiente día.

Galería de fotos

París1

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