Viajeros: Rubén, Maria de la Roca, Alba y Abril
Duración del viaje: 8 días
Fecha: Septiembre de 2019
Sábado 31-08-2019 - Llegada a Munich
Aún así, cogimos el avión con los ánimos altos, nos lo pasaríamos bien, con lluvia o sin ella. Nuestro avión salí pronto de El Prat, en dirección a la ciudad alemana de Múnich, que acaba siendo el aeropuerto más económico de los que quedan cerca del Tirol. Nuestra idea era aprovechar ese primer día para visitar algo de la capital bávara, pues varias personas nos habían recomendado su visita.
Llegamos a Múnich sin incidencias y pasamos a recoger nuestro coche de alquiler. Aquí tuvimos nuestra primera sorpresa, que sorprendentemente (¡toma redundancia!) resultó ser positiva. Nos asignaron un coche más grande del que traíamos alquilado desde casa, un Ford Focus C-Max que tenía un enorme maletero que nos fue de perlas para llevar el cochecito y los enormes maletones con la ropa de las niñas.
Con un coche en nuestro poder, nos encaminamos hacia el centro de la ciudad de Múnich. Dejamos el coche en el aparcamiento de un centro comercial, el EatItaly. La ubicación era buena y resultaba imposible dejar el coche en la calle, ya que en las zonas céntricas el estacionamiento está limitado a un máximo de 2 horas.
El EatItaly está situado al lado de una de las atracciones turísticas de la ciudad, el Viktualienmarkt. Éste era originalmente el mercado de los agricultores locales pero se ha convertido ahora en un enorme mercado de frutas, verduras, comida artesanal, flores y restaurantes, que se venden desde más de 140 puestecillos desperdigados de forma permanente por una enorme plaza. El sitio es bastante animado y muy concurrido, pero no tiene nada más de especial a parte de su enorme ambiente. Decidimos volver allí para comer y encaminarnos a nuestro siguiente y cercano destino, la Marienplatz.
La plaza de Santa Maria, que es la traducción al castizo de su nombre, es la plaza principal de la ciudad y congrega el mayor número de monumentos por metro cuadrado de la urbe. Como nosotros llegábamos desde el sur, lo primero que nos encontramos fue el Ayuntamiento Viejo (Altes Rathaus) con su alta torre y su fachada de techo escalonado al estilo flamenco. Aunque el original data del s.XIV fue totalmente destruido en los bombardeos de la 2ª Guerra Mundial y el actual es una reconstrucción del original.
Obviamente, si se especifica que es el ayuntamiento viejo es porque también está el nuevo (Neues Rathaus) que es sin duda el edificio más llamativo de la plaza, y probablemente de la ciudad. Llama mucho la atención con su larga fachada de casi 100 metros, profusamente decorada con estatuas, torretas, arcos y balconcillos decorados con flores. Visualmente parece un edificio medieval, pero curiosamente no lo es ni mucho menos, pues no fue construido hasta finales del siglo XIX.
En la torre del ayuntamiento hay uno de esos relojes tan espectaculares con autómatas que se mueven mientras dan las horas. Por lo que habíamos leído el show del reloj sólo se activa a las 11:00 y a las 12:00. Nosotros ya llegamos demasiado tarde, así que nos quedamos sin ver el espectáculo.
También en la plaza hay una preciosa fuente y un pilar con una imagen de la Virgen y obviamente gran cantidad de restaurantes y bares con terrazas invadiendo la plaza. El ambiente es espectacular a cualquier hora. Vista la plaza, decidimos ir a comer, nuestra idea era ir al Viktualienmarkt pero a esas horas resultó virtualmente imposible encontrar un hueco en las mesas que allí se disponen para los que compran algo de comer en alguno de los puestecillos. Dado que queríamos sentarnos acabamos comiendo unos trozos de pizza dentro del EatItaly.
Nuestro principal objetivo después de comer era ir a visitar la Munich Residenz. Decidimos ir dando un poco de vuelta hasta allí, para así poder ver, aunque sólo fuera por fuera algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad como la Frauenkirsche (la catedral) o el Teatro Nacional. En cualquier caso nos plantamos en la Odeonplatz, la plaza donde se encuentra la entrada al complejo palaciego de la Residenz, bastante rápido.
Al salir de la Residenz fuimos a buscar de nuevo el coche y esta vez sí ya partimos hacia el destino principal de nuestro viaje, el Tirol austríaco. El viaje dura aproximadamente unas dos horas y media, teniendo que parar en alguna de las gasolineras cercanas a la frontera para poder comprar la viñeta que te permite circular por las autopistas austriacas. Al final, llegamos a nuestro destino en la pequeña población de Hart im Zillertal cuando empezaba a oscurecer. Nos hospedábamos en Hauser's Ferienhof, unos pequeños apartamentos que se alquilan allí durante todo el año, ya que la población está muy cerca de los remontes que llevan a las estaciones de esquí. La suerte nos sonrió y la ocupación que tenían era tan baja que el dueño decidió que nos daba un apartamento más grande ya que así estaríamos más cómodos con las niñas. La verdad es que no sé cómo era el original que llevábamos contratado, pero con el upgrade acabamos en un apartamento enorme y muy nuevo que cubría con creces cualquier necesidad que pudiéramos tener.
Domingo 01-09-2019 - Wolfsklamm y Achensee
Nuestro primer día en el Tirol coincidía en domingo, así que seleccionamos nuestro destino en base a eso, buscando lugares que abrieran en el día del Señor. Además nos había salido un día de sol radiante, pese a las pésimas predicciones meteorológicas que habíamos visto antes de salir de Sant Cugat, así que preferimos hacer una actividad outdoors, las cuales con lluvia siempre dan mucha más pereza.
Empezamos pues nuestro día con la visita a Wolfsklamm, la garganta del lobo, un bonito paraje que se encuentra en la población de Stans. Según tengo entendido el parking que hay justo al lado de la entrada a la garganta es de pago, sin embargo nosotros tuvimos la "suerte" de que éste estuviera lleno, así que tuvimos que irnos a otro que está más alejado (a unos 7 u 8 minutos a pie) pero que en este caso era gratuito.
El acceso a la garganta se paga en una pequeña garita de madera y si no recuerdo mal costaba unos 5 euros. Los primeros pasos son bastante engañosos. Empiezas a caminar por un sendero de montaña, ascendiendo, pero bastante alejado del río, que siempre escuchas de fondo, pero no acabas de ver. El rato que pasas así andando, sin ni tan siquiera ver el río no es pequeño.
Aún así, es un peaje que hay pagar para llegar a la parte interesante. Al cabo de un rato, el sendero y el río acaban confluyendo y ahí empieza realmente lo bueno. El recorrido sobre el río se hace mediante un sistema de pasarelas que cuelgan de las paredes de la garganta, puentes que cruzan el río y algún pequeño túnel que atraviesa la propia montaña. El algunas zonas la garganta se va estrechando hasta el punto de que las parece que las paredes se abalancen sobre los excursionistas. El río, dependiendo de la zona, baja en sonoros rápidos o se remansa en pequeñas pozas de aguas turquesa.
Conforme vas avanzando, el camino empieza a subir en una sucesión interminable de escalones. En esta zona más empinada, el agua empieza a caer en pequeñas cascadas. El lugar es precioso, tanto como otras experiencias similares como la de las gargantas del río Aare en Suiza.
Después de mucho subir llegas al final de lo que es la garganta en sí. Desde allí si sigues el camino puedes acercarte hasta el convento de St. Georgenberg, que había leído era pintoresco. Sin embargo, al haber hecho todo el trayecto a ritmo de las niñas, a nosotros se nos hubiera hecho muy tarde si nos acercábamos al convento, así que decidimos dar marcha atrás en ese punto después de descansar un poco. Aún sin llegar al convento, la experiencia es plenamente satisfactoria, lo importante lo habíamos visto todo.
Desandamos el camino y al salir de las gargantas nos fuimos directos a buscar un restaurante. Comimos en el propio Stans, en el Gasthof Das Marschall. Un lugar precioso con un amplio parque de juegos para niños y comida muy rica. Plenamente recomendable.
Por la tarde nos acercamos al Lago Achensee, el mayor lago natural del Tirol. Llegamos al lago ya tarde, lo cual tuvo dos ventajas: primero, que el aparcamiento nos salió ya gratis (deja de pagarse a partir de las 18.00) y segundo que la mayoría de autóctonos, que normalmente plagan sus orillas que utilizan como nosotros la playa, se habían recogido ya para sus casas. Así pues pudimos disfrutar tranquilamente del enclave, un lago que al estar entre enormes montañas y ser alargado parece un fiordo.
| El idílico lago Achensee |
Jugamos en su orilla e incluso intenté meterme en el agua, un intento abortado a la altura del ombligo ya que pese a la época del año, el agua que proviene directamente del deshielo de los cercanos glaciares no pasa de los 19 grados. Hubiéramos alargado más, pero de repente el cielo se empezó a encapotar y un viento húmedo empezó a rizar las hasta ese momento calmadas aguas del lago. Eran las primeras señales que presagiaban la lluvia, así que nos pusimos de nuevo la ropa y nos acercamos hasta el coche para volver de nuevo hacia el apartamento, hacer unas compras y cenar.
Lunes 02-09-2019 - Swarovski Kristallwelten y Hall in Tirol
Si el día anterior había terminado con los primeros indicios de lluvia, éstos se habían consolidado por completo durante la noche. El cielo era una capota gris sin fin y la lluvia caía copiosa sobre los cristales del apartamento. Buscamos si en alguno de los destinos más alejados, como Salzburgo, la previsión meteorológica era algo mejor. Nada más lejos de la realidad, parecía que toda Austria estuviera bajo una enorme nube.
Así pues tiramos de nuestro primer plan de emergencia para días inclementes (siempre va bien tener alguno en la recámara cuando viajas) y nos dirigimos al Swarovski Kristallwelten en el pueblo de Wattens. Suerte que está bien indicado, porque realmente si no hubiera costado creer al navegador, pues este turístico destino se encuentra en medio de un polígono industrial.
Aparcamos en el parking propio, que es gratuito y nos acercamos a las taquillas, donde nos llevamos el primer susto. El ticket de entrada para ver el museo y tener acceso a todo el complejo costaba 19 euros por cabeza. Las niñas entraban gratis por tener menos de 6 años. Estuvimos debatiendo si entrar o no, pues nos parecía extremadamente caro y siempre estaba la alternativa de visitar exclusivamente la tienda que es gratuito, pero ya que estábamos allí y lloviendo no teníamos muchas alternativas, decidimos adquirir las entradas.
Accedimos pues a la zona del museo. Yo no sabía muy bien qué esperar del mismo. Realmente se trata de una sucesión de instalaciones de arte contemporáneo que tienen cierta relación con los cristales de la marca austriaca, algunos muy central, otros sin duda más tangencial. La visita se hace en una hora y media, dos a lo sumo, en función de lo que cada uno le guste recrearse en las instalaciones. Al terminar, el museo acaba desembocando en la inevitable tienda. Increíblemente Roca aguantó la tentación y no nos trajimos ningún cristalito de recuerdo para Sant Cugat.
Al salir de la tienda comprobamos con alegría que la lluvia había remitido bastante. Seguía cayendo alguna gota suelta, pero con un impermeable apenas se notaba. Así que aprovechamos para hacernos las fotos de rigor con la cabeza del gigante que echa agua por la boca y que se ha convertido en el símbolo del lugar y luego nos dirigimos a la parte de los jardines que está cerrada en exclusiva para los que han comprado la entrada al museo.
Esta zona es un pequeño paraíso para los niños, con zonas de juegos, un laberinto, un tiovivo gratuito y un edificio entero lleno de enormes toboganes, cuerdas y cualquier cosa que un niño pueda soñar. Allí Alba pasó probablemente los mejores momentos de todo el viaje. Cuando conseguimos arrancarla de allí ya se había hecho tarde, así que comimos directamente en el restaurante que hay dentro del Swarovski Kristallwelten. Como el resto del lugar caro para lo que ofrecía.
Bien, terminado el ágape y la visita a los mundos de Swarovski, y aprovechando que definitivamente la lluvia había cesado, nos dirigimos a nuestro siguiente destino, la pequeña población medieval de Hall in Tirol.
Aparcamos el coche en la parte baja del pueblo, cerca del castillo, y nos dirigimos caminando hacia la plaza principal de la villa, la Oberer Stadplatz, una zona adoquinada donde se concentran la mayoría de los lugares de interés de la población. Nos sorprendió que no hubiera apenas turistas, supongo que por la combinación de ser ya tarde y que había llovido prácticamente todo el día. En la plaza se encuentra el ayuntamiento de la población, con sus pequeñas almenas decoradas con escudos de armas pintados. Justo frente al ayuntamiento se alza la Iglesia de St. Nikolaus, ésta estaba abierta y pudimos ver su interior, bastante interesante con sus ornamentaciones barrocas.
Nuestro siguiente destino fue la Capilla de Santa Magdalena, que está justo al lado de la iglesia que acabábamos de visitar, pero algo escondida (es relativamente fácil obviarla). Además la puerta estaba cerrada y fue sólo por casualidad que se me antojó empujar y descubrimos que podía accederse sin problemas. Y hubiera sido una pena no entrar, porque para mí es uno de los rincones más bellos del pueblo. Es minúscula y como punto central del pequeño espacio se levanta un altar de mármol sobre el que descansa un pequeño tríptico en madera del periodo gótico. Pero sin duda lo que más llama la atención del lugar son los preciosos frescos pintados sobre una de las paredes que representan escenas de la Resurrección por un lado y del día del juicio final por otro. Una auténtica maravilla, sobretodo la segunda.
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| Frescos de la capilla de Santa Magdalena |
Como otros días, al ver que ya no encontraríamos cosas abiertas, decidimos ir a comprar cuatro cosas y retirarnos al apartamento a recobrar fuerzas.
Martes 03-09-2019 - Innsbruck
Todo viaje que se precie a la zona del Tirol no está completo sin una visita a la bonita capital de la región, Innsbruck. y ése era nuestro plan para ese martes, que en principio se anunciaba lluvioso pero que se acabó convirtiendo en un bonito día de sol radiante.
Aparcamos en el parking que se encuentra bajo el casino de la ciudad, lo que nos dejaba prácticamente al lado de la famosa Maria-Theresien-Strasse, la arteria comercial principal de la ciudad, llena de bullicio y gente paseando entre esos comercios que, por desgracia y mediante la terrible globalización, no se diferencian en nada de los que podemos encontrar en cualquier otra ciudad europea. Entre tienda y tienda ya puedes ir degustando los primeros edificios de estilo barroco y pequeñas perlas como la columna de Santa Ana. En cualquier caso el premio gordo te lo encuentras al final de la calle, cuando ya has llegado al Altstadt, la ciudad vieja de Innsbruck.
Allí en una pequeña intersección en forma de T, te encuentras con el famosísimo Tejadillo Dorado, que sin duda es el símbolo de la ciudad. El tejadillo cubre un amplio balcón en la Neuer Hof, un palacio del siglo XV. Algunos lo llaman el Tejadillo de Oro, pero el término Dorado es más adecuado, porque las tejas son de cobre dorado al fuego no de oro (aunque eso no exime que cada de las más de 2600 que hay esté tasada casi en 1500€).
Ese rincón al lado del Tejadillo Dorado es mágico, pues en apenas unos metros se encuentran el antiguo ayuntamiento, la torre de la ciudad, o las bellamente decoradas Helblinghaus y Katzunghaus, Perder allí unos buenos minutos, intentando captar los pequeños detalles de esos edificios es poco menos que obligatorio.
Desde allí nos dirigimos hacia el río Inn y el puente que lo cruza. Sobre el puente se tiene una bonita vista de las cadenas montañosas circundantes, pero más allá del mismo tampoco hay nada de especial interés, así que dimos la vuelta y nos dirigimos al Hofburg, el palacio imperial construido en el siglo XVI por Maximilano I, aunque su actual estado depende más de las reformas al estilo rococó vienés que se hicieron durante el reinado de la emperatriz Maria Teresa. El palacio es muy bonito, quizás no llegue a la excelencia de la Residenz munichesa, pero es sin duda una visita muy recomendable.
Salimos bastante tarde del Hofburg y nos fuimos de inmediato a comer, en la terraza de un pequeño restaurante italiano muy cerca del Tejadillo y cuyos precios no eran para nada exagerados, la verdad nos esperábamos que cobraran más aunque sólo fuera por la ubicación.
Después de comer tuvimos que decidir qué visitaríamos después. Nos quedaban varios puntos de interés como la Hofkirche y su impresionante monumento fúnebre o el mítico trampolín de saltos de esquí de Bergisel. Pero desestimamos ambos opciones en favor de la visita al Castillo de Ambras. Se trata de un castillo del siglo X, reformado por el archiduque Fernando II para exponer su colección de obras de arte, lo que convierte en uno de los museos más antiguos de Europa.
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| Panorámica del Castillo de Ambras |
La visita al castillo fue algo agridulce. Habían tenido un apagón que hacía que las partes más recomendables del castillo, como la Cámara del Arte y las Maravillas, no se pudieran visitar. Obviamente nos hicieron un precio especial que nos permitió visitar el resto de partes funcionales del castillo, básicamente la enorme pinacoteca especializada en retratos que allí se expone. La colección es impresionante, aunque tuvimos que visitarla con enormes prisas ya que, como no, el castillo cerraba pronto. Como mínimo, después pudimos disfrutar de sus bonitos jardines de estilo inglés, que se mantienen abiertos mucho después de que cierre el castillo.
Desde allí, directos a reponer algunos suministros al supermercado y de vuelta al apartamento, dando fin a otro día maravilloso.
Desde Sant Cugat veníamos con un plan marcado en rojo en el calendario del viaje, la visita a las exuberantes Cascadas Krimml en el parque nacional de Hohe Tahuern y el hecho de que amaneciera un día de sol radiante nos reafirmó en que era el día ideal para acercarnos hasta allí.
Es curioso que, cuando vas a acceder al Parque nacional en coche, has de pasar por un peaje y pagar por acceder al mismo. Este acceso no está incluido en la viñeta que permite circular por el resto de autopistas y no deja de ser un impuesto encubierto para sufragar los costes de mantenimiento del parque. Una vez pasado acabas llegando al pueblo de Krimml donde al lado de la misma carretera se despliegan los diferentes parkings donde puedes dejar el coche (previo pago of course) durante todo el día mientras visitas las cascadas.
De justo al lado de los aparcamientos, sale un camino asfaltado que lleva propiamente a las cascadas, pero para acceder a ellas de nuevo hay que pagar entrada en una garita. Por fin estábamos dentro del complejo, aunque yo ya andaba algo mosqueado por haber tenido que pagar 3 veces antes de ver nada en absoluto, aunque desde la taquilla ya se escuche el fuerte rumor del agua golpeando contra las rocas del suelo. El camino que lleva hasta la base de la cascada es corto, plano, ancho y asfaltado y hay mucha gente con problemas de movilidad (sillas de ruedas, jubilados, madres con cochecitos...) que hace sólo este parte de la visita.
Una vez en la base, la vista de este espectáculo de la naturaleza es sobrecogedora. Te encuentras en la base del último de los tres saltos que conforman estas cascadas y que entre todos hacen 380 metros de caída, las más altas de Europa y las quintas del mundo. El agua golpea con fuerza las piedras de la base con un ruido ensordecedor y el aire está lleno de minúsculas partículas de aire que hacen que el paseo sea muy agradable, sobretodo en un día de verano en el que el sol picaba de lo lindo como aquel.
Pero claro, nosotros pese a ir con dos niñas no íbamos a quedarnos sólo en la base, así que retrocedimos un poco y enfilamos el camino panorámico que conduce desde allí hacia el valle de Krimmler Achental y que asciende casi 400 metros de desnivel bordeando las caídas de agua. A lo largo del trayecto han construido varias plataformas de observación desde las que se puede ver (y fotografiar) las cascadas de muy cerca. Y en un día soleado como aquel, las partículas de agua en suspensión dispersaban la luz del sol, formando preciosos arcoíris que ponían una maravillosa guinda a las ya espectaculares vistas.
Comimos por el camino, unos bocadillos y fruta que habíamos traído y es que aunque hay un par de restaurantes por el camino, hacer un picnic para nosotros era parte de una experiencia integral, sin ello un hubiera sido lo mismo.
Eso sí, debo avisar que la dificultad de la excursión va in-crescendo. Empieza suavecita pero cada vez las pendientes se hacen más pronunciadas y claro, los niños se cansan de subir y encima hay que llevarlos encima. Nosotros subimos arriba del todo, hasta el nacimiento de la primera cascada y debo reconocer que, con Alba a hombros, fue extenuante. Visto en perspectiva yo recomendaría no subir hasta arriba del todo, pues desde allí las vistas no son nada del otro mundo, con llegar a la base de la cascada superior (que no es poco) ya sería suficiente para ver las cascadas desde todos los ángulos más fotogénicos.
Después de descansar un rato en la cima, iniciamos el retorno. En este caso es todo bajada y muy divertido para los niños. Retorno al coche y a casa de lleno. No había ánimos para nada que no fuera una bañera relajante. Nos la habíamos ganado a pulso.
Jueves 05-09-2019 - Salzburgo
El jueves decidimos dirigirnos a Salzburg, la ciudad natal de Mozart. El viaje es largo y llegamos allí ya avanzada la mañana. Dejamos el coche en un parking subterráneo al lado del Pferdeschwemme. En un enclave impresionante, a los pies de las escarpadas paredes del Monte Mönchsberg, se erige esta bonita y decorada fuente donde antaño se encontraban los baños para los caballos de las caballerizas reales. Lo bueno de la ubicación es que estábamos al lado del pleno centro de la ciudad.
Desde la fuente nos dirigimos a la cercanísima Plaza de la universidad, presidida por la imponente silueta de color blanco de la Kollegienkirche, una iglesia de estilo barroco erigida para la universidad benedictina local. En esta plaza depende del día puede encontrarse un interesante mercado, pero nosotros no tuvimos suerte y ese jueves no había nada.
Desde allí, a través de una estrecha calleja acabamos accediendo a la Plaza de la catedral. La catedral de Salzburgo data del siglo XVII y es de estilo barroco. Seguramente no tenga uno de los exteriores más atrayentes que hayas visto, su fachada es bastante sobria, pero el interior es bastante interesante de visitar, más si se tiene en cuenta que el acceso es gratuito. El interior de la cúpula central es uno de los elementos más bonitos de esta construcción.
Una de las fachadas de la propia catedral da a la espectacular Residenzplatz, sin duda la plaza más importante y concurrida de la ciudad. Esta enorme plaza está rodeada de impresionantes edificios, desde la propia catedral a la vieja y la nueva residencia, majestuosos edificios que acogen ahora museos de diferentes tipos. Pero está claro que si hay dos cosas que destacan en esta coqueta plaza son la impresionante fuente central, con sus complejas esculturas de caballos y delfines, y por otro los fiakers, nombre local de los carruajes de caballos típicos para turistas que te pasean por toda la ciudad. Mucha piedra tuvimos que picar para convencer a las niñas que montarnos no era una opción y evitarnos el pertinente sablazo.
Desde la Residenzplatz enfilamos hacia la calle más famosa de Salzburgo, la Getreidagasse, famosa por su aire medieval y por los carteles de los diferentes comercios, todos con ese trabajo de herrería recreando los que históricamente había por toda la ciudad. Es más, en esta calle están prohibidos los carteles modernos como los neones, así que hasta tiendas como Zara o McDonalds tienen su propio cartel "medieval".
Comimos en un restaurante especializado en pescado en la propia Getreidagasse, justo al lado del Museo de la casa natal de Mozart, que fue nuestra primera visita después del ágape. En esta casa nació el famoso compositor y se ha convertido en un museo dedicado a su persona, donde te enseñan cómo vivía y objetos de su infancia y adolescencia. Personalmente no me gustan especialmente este tipo de museos y a mi se me hizo algo larga la visita, pero Roca salió encantada, así que atribuiré mi percepción negativa a mis prejuicios, no a la calidad intrínseca del museo.
La visita nos tomó una hora larga. Al salir deshicimos algo de camino y nos fuimos a coger el pequeño funicular que sortea el enorme desnivel que hay desde esta zona de Salzburgo hasta la cima del risco en el que se eleva la Fortaleza de Hohensalzburg, la fortaleza más grande y mejor conservada de Europa y seguramente el edificio más emblemático de la ciudad. En las propias taquillas del funicular puedes entrar una especie de pack incluye la subida y bajada en el mismo y la entrada a la fortaleza. El propio funicular es una experiencia, aunque corta, bastante interesante en sí misma, sobretodo si vais con niños.
La fortaleza es tan grande que en su interior alberga una especie de mini-ciudad, con su plaza, su iglesia y otros edificios varios. Aunque quizás los más impresionante ya lo ves cuando llegas, y son las espectaculares vistas que se pueden disfrutar desde sus almenas: toda la ciudad y el río Salzach al norte, y la línea de los Alpes al sur. Tras deleitarnos con las vistas, accedimos al interior del castillo, ocupado actualmente por un museo de historia militar. Nos sorprendió que a Alba le fascinó todo aquello. Estaba encantada con mis explicaciones sobre armas, armaduras, bardas para caballos, mosquetes, granadas o ametralladoras, ya que el museo es muy amplio y completo y recorre todas las épocas en las que la fortaleza jugó un papel importante, es decir desde el medievo hasta la Primera Guerra Mundial. Una visita que a mí me gustó tanto como a Alba, así que ambos le damos nuestra entera recomendación.
Al salir de la fortaleza de nuevo al exterior nos dimos cuenta que en el largo tiempo que habíamos estado en el museo, había empezado a llover con ganas. Eran las seis de la tarde, las niñas estaban cansadas y estaba diluviando, así que aunque personalmente tenía ganas de acercarme a ver el palacio de Mirabell y sus famosos jardines, decidimos excluir éstos de nuestra visita. Nos despedimos de Salzburgo y retomamos el largo trayecto en coche de vuelta a Hart im Zillertal. Las niñas roncaban apaciblemente antes de dejar atrás la propia ciudad.
Viernes 06-09-2019 - Tratzberg y Alpbach
Este día lo teníamos guardado para ir a visitar los castillos del Rey Loco en Alemania. Sin embargo, cuando la noche anterior fuimos a comprar por anticipado las entradas (que íbamos sobre aviso que era mejor hacerlo así) nos topamos con que estas entradas anticipadas no se podían comprar de un día para otro. Así que la única opción que nos quedaba era presentarnos allí sin entradas y mirar de adquirirlas en las taquillas. Pero habíamos leído en varios blogs que las entradas que se venden allí suelen acabarse muy pronto y que mejor ir a primerísima hora ya que si no hay muchas posibilidades de que el viaje sea en vano. Con dos niñas pequeñas, el estar a primerísima hora allí parecía un imposible, más que nada porque estábamos a dos horas en coche y no íbamos a levantarnos a las seis de la mañana para llegar allí bien pronto. Obviamente, la expectativa de chuparse dos horas de coche para llegar allí y encontrarse que no había entradas aún apetecía menos. Así que con el mayor de nuestros pesares decidimos aparcar el plan y buscar una alternativa.
La alternativa escogida fue la visita al Castillo de Tratzberg, una pequeña joya del renacimiento que teníamos justo al lado del apartamento y que estuvimos a punto de perdernos por que, extrañamente, no parece estar en las rutas más usuales que visitan el Tirol. Y recalco lo de extrañamente porque se trata de una auténtica maravilla de castillo.
Llegamos a la población de Stans, donde se erige el castillo y conducimos hasta sus afueras, hasta localizar el parking del mismo. Desde el parking al castillo en sí hay un trecho de subida pronunciada. Parece que allí hay una especie de trenecito que debe hacer más liviano ese trayecto, pero cuando fuimos nosotros no estaba operativo. En cualquier caso, aunque empinado, el trayecto tampoco es muy largo y en seguida nos encontramos a las puertas del castillo. Tuvimos que esperar un poco para entrar, porque las visitas se hacen en grupos cerrados de unas 30 personas como máximo. Lo haces acompañado de una inseparable audioguía, que la verdad es que es bastante amena y completa.
Aunque allí se erigía un castillo anterior (que fue devorado por un incendio), el actual castillo Tratzberg es de inicios del siglo XVI y debe su esplendor a que el Emperador Maximilano I lo utilizó como su pabellón de caza. La visita dura algo más de una hora y te lleva por unos preciosos interiores que en la que la mayoría de las salas aún conservan su mobiliario original. Desde la Sala de Caza, el Cuarto de Damas o el maravilloso Salón de los Habsburgo con el impresionante fresco del árbol genealógico de tan augusta familia, cada rincón del castillo es impresionante. La visita se adereza con la entrada a la antigua capilla y a las armerías, donde se agolpa una buena colección de armas y armaduras del medievo tardío y el renacimiento y termina con la posibilidad de sacar unas bonitas fotografías del precioso patio interior con sus fachadas decoradas.
| Armería del castillo Tratzberg |
La verdad es que pese a no ser tan conocido como otras visitas de la zona, me pareció altamente recomendable y yo personalmente lo incluyo en mis recomendaciones de visitas en el Tirol.
Desde allí partimos hacia Alpbach, comiendo por el camino en un restaurante de carretera. Alpbach fue nombrado hace unos años el pueblo más bonito del Tirol y es conocido como "el pueblo de las flores" ya que su característica principal es que cada una de sus tradicionales casas de madera tiene los balcones ornamentados con preciosistas combinaciones de flores. Supongo que la etiqueta de "pueblo más bonito" había elevado notablemente mis expectativas, pero debo reconocer que la visita me decepcionó un tanto. El pueblo es demasiado turístico y aunque los balcones están más ornamentados que en otras poblaciones, no me parecieron sustancialmente mejores. Vamos, que me pareció una parada interesante si te pilla por la zona, pero que no merecía la pena para ir allí ex-profeso como hicimos nosotros.
Para quitarnos un poco la decepción decidimos acercarnos a un tobogán alpino que habíamos visto de subida a Alpbach. Pero de nuevo nos dimos de bruces con la realidad austriaca, eran aproximadamente las seis de la tarde y el tobogán ya llevaba una hora cerrado. Así que nada, al final de vuelta anticipada al hotel a cenar y acabar de preparar las maletas.
Sábado 07-09-2019 - Palacio de Nymphenburg
Éste era el último día de nuestro viaje, aunque el vuelo salía bastante entrada la tarde y aún podíamos aprovechar esas últimas horas en tierras extranjeras. Dado que nuestro vuelo de vuelta salía también desde el aeropuerto de Múnich, nuestra idea fue la de encaminarnos cuanto antes hacia esa ciudad y asegurarnos que estábamos a pocos minutos del aeropuerto, más que nada por si encontrábamos algún imprevisto en el camino.
La idea resultó más que buena, porque la combinación de la lluvia que empezó a caer esa mañana y el exceso de celo de unos controles policiales a la salida por la frontera del país con Alemania, hizo que tuviéramos que soportar un largo atasco en las autopistas austriacas.
Nuestro objetivo del día era visitar el Palacio de Nymphenburg, que nos había quedado pendiente del primer día que estuvimos en la ciudad. Para nuestra desgracia, entre las tareas a realizar antes de dejar el apartamento y la larga caravana, llegamos al enorme parking que se encuentra frente al propio Palacio que ya era la hora de comer.
Construido a finales del siglo XVII como residencia veraniega de la familia real de Baviera, este Palacio de la Ninfas, que es lo que significa su nombre alemán, es a día de hoy uno de los complejos palaciegos más grandes de Europa, principalmente por la extensión de sus jardines. Construido en estilo barroco afrancesado, se ha ido ampliando a lo largo de su historia, gracias a lo cual ha acabado adquiriendo tintes de otros estilos, como el rococó.
Teníamos pues ante nosotros un palacio enorme que visitar, poco tiempo y mucha hambre. Y como no puede ser de otra forma cuando viajas con niños, ganó la opción del hambre y tuvimos que buscar un sitio para comer. No hay ninguno en el edificio principal del palacio, pero sí hay uno cerca, en el callejón que sale a espaldas del museo de las caballerizas y que recomiendo encarecidamente porque comimos como auténticos reyes.
Una vez comidos, poco tiempo nos quedaba libre, así que, pese a que la entrada al palacio es relativamente económica (7 euros) decidimos no visitarlo y dedicar el poco tiempo que teníamos a visitar sus enormes jardines, que son de acceso público y gratuito. Los jardines están muy cuidados y son tan enormes que ni tan siquiera dedicándonos en exclusiva a su visita, pudimos verlos enteros. Por lo poco que vimos es un lugar al que merece la pena dedicarle prácticamente un día entero y nos supo bastante mal tener que irnos, pero obviamente era prioritario el llegar con tiempo suficiente al aeropuerto.
Pensándolo bien, por varios motivos nos tuvimos que ir sin visitar Nymphenburg así como los Castillos del Rey Loco. Todas las señales parecían indicar que sin quererlo nos estuviéramos dejando buen material para un futuro viaje al sur de Alemania.
Lo mejor del viaje
- Que la suerte (y la amabilidad local) nos acompañaran todo el viaje, lo que hizo que disfrutáramos de un coche más grande del que habíamos alquilado y de un apartamento también mucho más amplio.
- La excursión a las cascadas Krimml. Una explosión de la fuerza de la naturaleza.
- El sorprendente castillo Tratzberg, del que no esperábamos ni mucho menos tanto.
Lo peor del viaje
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