París es maravillosa porque siempre hay alguna otra maravilla que te queda pendiente por ver. Desde los kilómetricos pasillos del Museo del Louvre, atestados de arte e historia para todos los gustos, hasta el sobrio palacio de Fontainebleau desde el que el Emperador Napoleón Bonaparte gobernaba el destino de Europa. Desde la modernidad extrema de La Defense, hasta la Catedral de Notre Dame que supura historia por cada una de sus piedras. Independientemente del tiempo que haya estado, el viajero tiende a marcharse de esta ciudad, pensando que no lo ha visto todo y con unas ganas enormes de volver.
Nota: El viaje a París, por su longitud, está descrito en dos entradas. Puedes leer la entrada previa a ésta en el siguiente link.
Día 3 – Fontainebleau y Vincennes
Se levantaba nuestro tercer día en la Ciudad del Amor y nosotros continuamos con nuestro imparable ritmo de visitas. Ese día tocaba jornada de castillos.
Cogimos de nuevo el tren de cercanías con el bono que habíamos comprado el día anterior y esta vez nos encaminamos hacia la población de Fontainebleau, a una hora más o menos de París, en la que íbamos a visitar el castillo homónimo. Lo que más nos sorprendió al llegar a Fontainebleu es la diferencia de afluencia turística respecto a Versalles. Aquí había muy poca gente, el ambiente era tranquilo y sosegado, la verdad daba gusto pasear por allí comparado con la ingente cantidad de turistas que hay en Versalles. La verdad es que no entiendo el motivo, pues Fontainebleau no está mucho más lejos que Versalles y realmente no tiene mucho que envidiarle.
El castillo de Fontainebleau me pareció un palacio sacado de un cuento de hadas. Por un lado la poca gente que había, por otro el extraño día que hacía, nublado y con algo de niebla que hacía el ambiente más irreal. Y allí como surgido de la nada el castillo, de vetusta piedra, con hiedras trepando por las paredes y una enorme escalera monumental que lleva al acceso principal. La primera impresión fue simplemente de escándalo.
De nuevo armados con nuestras acostumbradas audioguías realizamos la visita al castillo que adoptara Napoleón Bonaparte como residencia. Versalles resultaba en general mucho más suntuoso en su interior, pero el palacio napoleónico también tiene sus espectaculares golpes escondidos, como la Sala del Trono o la cámara de María Antonieta. En cualquier caso, aquí, a diferencia de en Versalles podías pararte y recrearte en la visión de cada detalle, sin el agobio de grandes grupos de turistas atosigando.
Salimos del Palacio al mediodía y el sol de agosto había por fin sustituido a esa extraña mañana con niebla con que nos había recibido el castillo, así que decidimos acabar la visita acercándonos hasta los jardines del palacio. Aquí ya había más gente, aunque tampoco es que hubiera ni mucho menos una multitud. Supongo que el hecho de que para acceder a los jardines no haya que pagar entrada si no que son de acceso libre, hace que muchos lugareños se acerquen a pasear y tomar el sol. Los jardines son bonitos y grandes, divididos en dos partes, el jardín de estilo inglés y el de estilo francés. La verdad es que debo declarar mi incultura a nivel de paisajismo y reconocer que soy incapaz de diferenciarlos o apreciar sus peculiaridades. En cualquier caso, pese a no ser, bajo mi punto de vista, unos jardines muy espectaculares sí que merece la pena pasearse entre sus parterres y más en un día soleado de verano. Nosotros aprovechamos la sombra de uno de sus árboles para tomarnos los bocadillos que traíamos para comer.
Recién comidos, ya nos disponíamos a volver hacia el tren cuando nos encontramos que la entrada a los jardines empezaba a ser invadida por… ¿mosqueteros? Sí, eran sin duda mosqueteros. Pronto vimos que se trataba del rodaje de alguna película o serie francesa de época, que aprovechaban el idílico entorno como escenario para sus exteriores. Nuestra vena “voyeur” nos obligó a quedarnos un ratito más para ver el rodaje, aunque rápidamente nos aburrimos del tema y, esta vez sí, nos dirigimos a la estación de tren.
Aún teníamos toda la tarde por delante así que escogimos como siguiente punto de parada el complejo de Vincennes. De origen medieval, aunque su nombre sea Castillo de Vincennes, más que un castillo yo lo definiría como una auténtica ciudadela amurallada. Se trata básicamente de un largo muro, flanqueado por tres puertas y seis torres, que se extiende más de un kilómetro de longitud y que protege un espacio rectangular de varias hectáreas. La plaza, así protegida, está ocupada por la torre del homenaje, edificios civiles, administrativos y militares y una capilla. En la Edad Media, el conjunto permitía vivir allí a varios miles de personas.
La visita nos resultó interesante, pues nos permitió ver la evolución de las residencias reales francesas, marcando un fuerte contraste entre este castillo de Vincennes sobrio y austero y de marcado carácter defensivo-militar frente a los posteriores castillo-palacio como el de Fontainebleau o Versalles que básicamente eran residencia donde los gobernantes hacían ostentación de su poder. Su interés básicamente radica en esto, pues hay que reconocer que, pese a que es posible recorrer gran parte de la fortaleza, subir a los torreones y pasear por algunas de las estancias, todas ellas se encuentran vacías y es necesario echarle mucha imaginación para transportarse al pasado de la fortaleza. Por lo que puede ser algo decepcionante si no te tomas la visita con el prima adecuado.
Además nosotros tuvimos la suerte que en la capilla erigida dentro del complejo, se realizaba en esos momentos una muestra de arte religioso que acabó de complementar nuestra visita al castillo de una forma más que satisfactoria.
De Vincennes volvimos a subirnos al metro, esta vez en dirección al Arc de la Defense. Ésta es una zona totalmente de contraste con lo que habíamos visto hasta ese momento de París. Completamente moderna, llena de grandes rascacielos, centros comerciales, etc. Y presidida por el Gran Arco de la Defensa, un inmenso edificio y monumento que hoy en día es insignia de la vía triunfal de Napoleón. Fue inaugurado en 1989, fecha del bicentenario de la revolución francesa, con un gran desfile militar. El edificio es un hipercubo de 35 plantas de alto, cubiertas por paneles de vidrio opacos. Es una construcción arquitectónica impresionante y para cualquier amante de la arquitectura debe ser interesantísimo, aunque para los legos como yo no deja de ser impresionante.
 |
| Espectáculo de agua con el Gran Arco de la Defensa al fondo |
Ya era tarde y estaba cayendo la noche como para sacar provecho al mirador que hay en las plantas superiores del arco, así que decidimos no subir (que el tema no es precisamente barato) y simplemente dimos un paseo por la zona, disfrutando del paisaje con sus fuentes de agua (estilo Montjuic pero sin espectáculo musical) y del ambiente de la zona, ya que dado que justo al lado del arco hay un enorme centro comercial, había mucha gente joven por la zona, cenando, yendo al cine, etc. Nosotros nos apuntamos y cenamos también en el centro comercial, con precios mucho más razonables que en sitios más turísticos de la ciudad.
Día 4 – De gárgolas y monalisas
Nuestro último día en París nos levantamos bien temprano, pues la intención era llegar pronto a la Torre Eiffel para poder subir a la misma sin tener que hacer las quilométricas colas que nos encontramos el primer día. Era algo que nos dejamos pendiente cuando pasamos por allí el primer día y no podíamos irnos de la capital francesa sin haberlo hecho. Llegamos a los pies de la torre unos quince minutos antes de que se abriera al público y ya había gente haciendo cola a la espera de que la abrieran. Igualmente, las colas no eran muy largas así que nos situamos en una y a no mucho tardar estábamos subiendo en uno de los grandes ascensores que recorren las tripas de acero de la torre. Las vistas desde la cúspide son impresionantes. La verdad es que nos alegramos de no haber pagado por otros miradores de la ciudad (Arco del Triunfo, Arco de la Defesa…) pues obviamente, ninguno puede compararse con el encanto de las vistas desde la Torre Eiffel.
Continuamos nuestra visita yendo hacia el centro de la ciudad. En concreto nuestra siguiente parada fue el Panteón. Lo primero que te llama la atención es su fachada principal, de estilo clásico, y su enorme parecido con la del Panteón de Roma, sin duda un homenaje en toda regla. Sin embargo, una vez pasada esta fachada clásica accedemos al interior que es el de una catedral normal, con su forma de cruz. Igualmente debo reconocer que el Panteón me causaba una extraña sensación de enormidad que otras catedrales de igual tamaño no consiguen transmitirme.
Originalmente se concibió el edificio como una gran iglesia para esa zona de la capital pero luego, con la revolución que comenzó en 1789, el templo se destinó a albergar a los cuerpos de los grandes hombres ilustres de la nación francesa, que es por lo que ahora más se conoce a este lugar. En él descansan los restos de Víctor Hugo, el matrimonio Curie, Voltaire, Rousseau, Emile Zola, etc. A parte, bajo la enorme cúpula central está colgado el enorme “Péndulo de Foucault”, el cual fue creado por el propio León Foucault para explicar la rotación de la Tierra, teoría que demostró en el mismo Panteón allá por el 1851.
Nuestra siguiente visita fue la mítica Catedral de Notre Dame. Llegamos allí y vimos que las colas para subir a sus torres también eran larguísimas. Hicimos un amago de ponernos en la cola para ver cómo avanzaba la misma pero rápidamente nos dimos cuenta de que aquello no iba a buen ritmo. Así que tuvimos que tomar una decisión dolorosa, salir de la cola y conformarnos con ver la catedral sin subir a sus míticas torres gemelas. Era un tema fastidioso porque ése era nuestro último día en París, así que no volveríamos a tener una nueva oportunidad. Así pues nos deleitamos contemplando la zona de culto y posteriormente mirándola desde fuera, sus dos grandes torres gemelas, sus amplios rosetones, las famosas gárgolas que inmortalizara el Jorobado de Notre Dame… hay que reconocer que se trata de una catedral preciosa.
Dejando atrás Notre Dame nos dirigimos esta vez hasta el Sainte Chapelle, donde compramos un billete combinado para visitar ésta y la Conciergerie. La entrada era cara (creo recordar que rondaba los 10 euros) pero realmente valía la pena. La Sainte Chapelle es uno de los mayores espectáculos visuales que mis ojos han tenido la oportunidad de ver. Especialmente la planta superior, donde antaño se guardaban las reliquias traídas de Constantinopla, virtualmente forrada de las vidrieras más preciosistas que yo recuerde. Pese a la cantidad de turistas que la visitamos, la capilla y sus vidrieras consiguen trasladarte a ese mundo trascendente y divino que sin duda sus constructores querían transmitir. ¡Un espectáculo que nadie debería perderse!
La Conciergerie sin embargo deja al visitante un sabor opuesto, pese a que intenta recrear las condiciones de las prisiones que durante la revolución francesa allí se instalaron (entre las que está la celda de la propia María Antonieta perfectamente recreada), no consigue transmitir esa sensación de opresión, resultando una visita algo sosa, que yo personalmente, vista la cantidad de cosas interesantes que hay en la ciudad, recomendaría saltarse; no merece la pena pagar por ello.
Tras salir de la Conciergerie ya era la hora de comer, así que nos dirigimos a nuestro último destino, que no por ello el menos importante: el museo del Louvre. Lo primero que hicimos nada más llegar fue comer algo en uno de los numerosos restaurantes que hay allí para luego comprar los tickets y empezar la visita. Cuando lo haces te das cuenta de la bárbara enormidad del museo. Te dan los folletos explicativos y el mapa del museo y la verdad es que no sabes por dónde empezar. Cuando siempre te dicen que para ver todo lo que el Louvre contiene tienes que dedicarle 2 o 3 días completos yo siempre había pensado que era una exageración, hasta que estuve allí y comprendí que no lo era en lo más mínimo.
 |
| Preparándonos para entrar al museo del Louvre |
Tuvimos que escoger pues y, dados que mis interés son más históricos que artísticos, nos dirigimos a la zona de arte antiguo, donde se situaban básicamente las exposiciones dedicadas a las culturas egipcia, helenística y romana. Paseamos horas entre las vitrinas, deleitándonos con sus contenidos, contemplando obras tan famosas como La Venus de Milo. El tiempo volaba, tanto que cuando quisimos darnos cuenta y sin haber podido visitar ninguna otra sección del museo, escuchamos la megafonía indicando que sólo quedaban 15 minutos para cerrar el museo (ese día cerraba a las 18:00), que por favor todo el mundo empezara a dirigirse a la salida.
¿Cómo? ¿Qué ya teníamos que irnos? No podía ser, si ni tan siquiera habíamos visto la obra más famosa del museo, la mítica Gioconda. No podíamos irnos del Louvre sin haber visto la Mona Lisa, eso sería imperdonable. Así que cogimos el mapa que nos habían dado en la entrada ubicamos nuestra posición y el lugar donde se exponía la obra de Leonardo y empezamos a correr (tomároslo como metafórico, que no somos tan brutos para ir corriendo por dentro de un museo). La Gioconda estaba, para desgracia nuestra al otro lado del museo, así que de nuevo pudimos captar perfectamente la magnitud del Louvre; nunca nos habíamos cansado tanto visitando un museo… pero llegamos. Y al final como premio, una foto rápida con la pequeña obra maestra de Da Vinci (me la imaginaba más grande la verdad).
Con los guardias de seguridad ya mirándonos mal e instándonos a irnos de una santa vez, al fin dejamos el interior del Louvre y salimos de nuevo a la luz del día. Hicimos alguna foto de rigor con la pirámide de cristal, nuestras últimas fotos de la Ciudad del Amor, pues ya teníamos que encaminarnos de nuevo al aeropuerto para volver a casa.
Valoraciones
París, ¿qué decir de París? Pues probablemente que se trata, junto a Roma, de la ciudad más bella en la que haya estado. Hay tantas cosas a ver y tan importantes que parece que independientemente de l número de días que estés allí, siempre te dejarás cosas por ver. IMPRESCINDIBLE.
Lo mejor del viaje
- Fontainebleu y su ambiente, para pleno disfrute prácticamente en solitario
- Las vidrieras de la Sainte Chapelle
- Las vistas desde la Torre Eiffel
Lo peor del viaje
- Las enormes colas en muchos de los sitios que visitamos: Versalles, Notre Dame, la Torre Eiffel. Gajes de viajar en pleno agosto.
- Los precios, realmente exorbitantes en casi toda la ciudad. El nivel de vida parisino está muy por encima del poder adquisitivo medio español
Galería de fotos
