Carcassone - Francia

Rampa de acceso a la ciudadela medieval de Carcassone. La ciudad fue uno de los bastiones de los cátaros durante la infausta cruzada albigense.

Venecia - Italia

Si algo caracteriza a Venecia a parte de sus canales son los Carnavales y sus gentes escondidas detrás de las míticas y enigmáticas máscaras.

Borneo - Indonesia

Borneo es una de las islas más salvajes del archipiélago de Indonesia. Sus caudalosos ríos remontan sepenteantes las densas junglas y remontarlos para ver orangutanes salvajes es una experiencia imborrable.

Lisboa - Portugal

Maravilloso interior de estilo manuelino del Monasterio de los Jerónimos de Santa María de Belém, en la capital del Reino de Portugal.

Sevilla - Andalucía

Puesta de sol sobre las tranquilas aguas del río Guadalquivir, con la preciosa Torre del Oro ya iluminada en el extremo derecho de la foto.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Carcassonne. Sur de Francia

Carcassone es un poco como montarse en una máquina del tiempo para volver a la época medieval. Una ciudad emblemática, una de las ciudades fortificadas más bonitas y mejor conservadas de Europa. Cerrojo estratégico entre el océano y el Mediterráneo, ciudad medieval próspera, hogar cátaro, fortaleza real y gran centro de producción textil. Carcassone lo fue todo, lo perdió todo en la cruzada para destruir el catarismo y posteriormente lo recuperó de la mano de la realeza francesa.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 4 días
Fecha: Marzo de 2013
Destinos visitados: Carcassonne, Montpellier, Lastours, Caunes-Minervois y Minerve.
Transporte: Coche

Descripción del viaje

Este viaje fue el regalo de cumpleaños para mi 33 aniversario, así que al día siguiente de todas las celebraciones cogimos nuestro flamante Passat blanco y nos encaminamos hacia tierras francesas. El viaje lo había planeado María, y la idea era situar la base de operaciones en la ciudad de Carcassonne y a partir de allí movernos a las localidades de interés cercanas.

Como el viaje eran sólo 4 días, decidimos coger autopistas para no alargar demasiado el tiempo en el trayecto y poder disfrutar un poco más del destino. Cuando te desplazas en coche si no tienes problemas en pagar los precios abusivos de las concesionarias de autopistas el moverte es rápido, fácil y cómodo, eso hay que reconocerlo. Así que en unas 3 horas aproximadamente ya estábamos en destino.

Lo primero fue buscar el hotel que había reservado María y aquí ya tuvimos la primera sorpresa del viaje, porque lo que se esperaba como un hotel céntrico, acabó resultando ser un hotel a las afueras, al lado de un polígono industrial, que nos costó Dios y ayuda encontrar. Es verdad que habíamos buscado un hotel económico, pero en cierta forma las webs de búsqueda de hoteles deberían mirarse lo de sus descripciones, creo que algunas tienen el concepto de "céntrico" algo desviado.

El hotel, muy a la francesa. Los que hayáis estado por el país de la Marsellesa sabréis que los hoteles económicos son la auténtica concreción del minimalismo, vamos que apenas hay sitio ni para tirarse un pedo en la habitación. Como mínimo estaba todo muy limpio y al final la situación se acabó demostrando una ventaja, ya que desde allí teníamos acceso directo al nudo de carreteras que partía de Carcassonne hacia las distintas ciudades cercanas y además el hotel tenía parking propio gratuito, cosa impensable en los que están en el centro de Carcassonne.

Una vez instalados ya eran las 13:00 más o menos, así que como llevábamos algo de comida con nosotros, decidimos hacer una comida frugal "on the road" y aprovechar lo que quedaba de luz diurna para recorrer la ciudad de Carcassonne.

Carcassonne es una ciudad pequeña, que apenas llevas una tarde allí te la conoces y te orientas perfectamente, con dos zonas de alto interés. Por un lado se tiene el centro de la población, un conjunto de calles peatonales atestadas de tiendas, bares y restaurantes, que pese a lo comercial no está exenta de cierto encanto. El otro punto de interés se extiende sobre una colina, al otro lado del Canal de Midi, el río que cruza como una cicatriz la ciudad. Sobre esta colina se erige la Cité, un barrio amurallado que se corresponde con la antigua ciudadela medieval.

Hay que reconocer que la vista de las murallas almenadas de la ciudadela, conforme te vas acercando desde el puente viejo que cruza el canal, es de aquellas que quita el hipo y que merecen un viaje por sí solas. El esfuerzo de restauración que se le ha dedicado bien vale la pena. Las almenas están todas intactas, sobre los torreones se han vuelto a instalar los techos y todo eso hace que cuando te acercas puedas sentir por un momento la misma fascinación que un viejo cruzado del siglo XIV debía sentir al acercarse a tan augusta villa.


Vista desde las almenas de una de las torres de la ciudadela

Realmente esto es lo mejor de la Cité, por que cuando cruzas las murallas y te adentras en sus pétreas callejuelas te encuentras con una especie de "feria medieval permanente". Cada casa dentro de la Cité se ha convertido en tienda, hotel o restaurante y aún más tenderetes se extienden por la calle a modo de mercadillo. Las calles estaban atestadas de turistas hasta los topes (gajes supongo de ir en un sábado de Semana Santa) y hacía la visita algo agobiante y que no pudieses disfrutarla demasiado.

Para acabar de rematar la experiencia, el encapotado cielo empezó a descargar una fina lluvia. Así que abandonamos la ciudadela y nos encaminamos a dar una vuelta por el centro. Tras hacernos una buena idea de la ciudad y la obligada visita a Información y Turismo para planificar las visitas de los siguientes días, decidimos retirarnos, que el viaje en coche nos había dejado cansados. 

La cena fue en un McDonalds al lado mismo del hotel. Una extraña costumbre la que hemos tomado de ir como mínimo un día a comer al McDonalds en cada uno de nuestros viajes (más cuando apenas lo visitamos cuando estamos por casa). Tras ello, hotel, un poco de lectura y a dormir, que al día siguiente nos esperaba de nuevo un buen tute de coche.

El despertar del segundo día nos sorprendió con un sol radiante, algo de verdad de agradecer. Desayuno rápido y de nuevo nos montamos en el coche destino Montpellier. Esta vez decidimos coger las carreteras secundarias, ir más tranquilos y poder disfrutar un poco de los paisajes plagados de viñedos que discurrían alrededor del trayecto que nos llevó a través de Narbona y Beziers hasta Montpellier.

Allí aparcamos algo lejos del centro, pero como pensábamos estar todo el día buscábamos un sitio que no fuera zona azul, y eso hoy en día en las ciudades, cada vez está más caro de encontrar. Por lo tanto para llegar al centro histórico tuvimos que cruzar alguno de los barrios periféricos. La verdad es que éstos eran bastante deprimentes, auténticos guetos donde la pobreza se palpaba en las esquinas. No era la mejor visión a tener como primer contacto con una ciudad desconocida.

Pero al llegar al centro histórico todo cambió, sin duda Montpellier es una ciudad de contrastes. El primer contacto con la Montpellier histórica fue un enorme acueducto de estilo romano (aunque construido realmente en el siglo XVIII) que acababa en un depósito de agua camuflado dentro de una glorieta bellamente adornada. A partir de ahí, se abrieron ante nosotros todos los encantos de la ciudad: arcos del triunfo, murallas, catedrales e iglesias, calles y plazas con encanto. La verdad es que era todo muy bonito.


María haciendo el "indio" en la plaza central de Montpellier

De nuevo comida rápida comprada en una panadería para no parar de visitar y por la tarde visita al barrio de Antígona. Un curioso plan urbanístico para remodelar esta zona de la ciudad fue ganado por el arquitecto catalán Ricardo Bofill, que sin duda consiguió un barrio llamativo y con personalidad propia. ¿Bonito? Yo no diría tanto, lo dejaría más en curioso.

Cuando acabamos la visita a Antígona ya era media tarde y sabíamos que teníamos un largo camino de vuelta, así que nos acercamos de nuevo al coche y retomamos el camino de vuelta. Ya era tarde, bien bien las ocho, cuando llegamos a la altura de una de las visitas que nos habían marcado en el mapa en la Oficina de Turismo: la Abadía de Fontfroide. Sabíamos que a esas horas más que probablemente ya estaría cerrada, pero como sólo había que desviarse un par de kilómetros, decidimos acercarnos aunque sólo fuera a echarle un vistazo.

Gran acierto sin duda, porque aunque efectivamente estaba cerrada, Fontfroide es un lugar digno de detenerse. Sólo pudimos ver los exteriores y un poco de los patios (colándonos aprovechando que un gran número de personas salían de algún tipo de acto oficiado en la abadía), pero eran realmente preciosos. Nosotros por desgracia tuvimos que dejar la visita completa en la carpeta de "pendientes para otro viaje".

La cena la hicimos ya en Carcassonne, en un italiano donde realmente cenamos bastante bien. Cansados por el largo día nos fuimos a dormir. El siguiente día, para tranquilidad de todos, lo habíamos planificado de forma algo más desahogada.

El tercer día despertó como había acabado el primero. Una lluvia intensa y constante que no nos abandonaría en todo el día que hizo una auténtica odisea todo lo que hicimos aquel día. La primera visita era el pueblo de Lastours, donde se encuentra las ruinas de 4 castillos (sí 4) de la época cátara. Los castillos se encuentran encaramados sobre la cima de varias cumbres en un valle de naturaleza idílica. Eso sí, el coche debe abandonarse mucho antes, al pie del valle, y debe realizarse la subida hasta los castillos a pie. El ascenso se hace por toscos escalones excavados en la roca en el mejor de los casos, directamente por la agreste orografía del terreno en los peores. Con la incesante lluvia, calzado nada adecuado y protegidos por un simple paraguas, hay que reconocer que la visita fue una pequeña aventura en sí misma. Eso sí, la nefasta climatología nos permitió disfrutar de aquella experiencia prácticamente en soledad. Creo que fuimos los únicos locos en subir allí con la que caía.

Visto Lastours, continuamos el camino hacia el siguiente punto que nos habían marcado en nuestro mapa. La abadía de Caunes-Minervois. A día de hoy todavía me pregunto por qué nos lo recomendaron (y sobretodo como se atreven a cobrar 5 euros de entrada para ver eso). Sin duda una visita más que prescindible.

Tras la decepción nos encaminamos a Minerve, un pequeño pueblo que da el nombre a la región y que nos habían dicho que era especialmente bonito, manteniendo toda la esencia de un pueblo medieval. Encontrar Minerve fue otra pequeña aventura en sí misma, pero esta vez cuando llegamos sí que pudimos disfrutar de lo que nos habían prometido. El pueblo, pequeño y enclavado en un escarpado valle, fue sin duda una bella vista y un tranquilo paseo para acabar el día.

Cansados de tanta lluvia, decidimos que la vista del enorme puente que une en Minerve las dos caras de la garganta dentro de la que se encuentra el pueblo, fuera la última imagen que nos quedaríamos del día. Retornamos pues a Carcassonne y allí pasamos lo que quedaba de tarde guarecidos de la fría lluvia en un acogedor café que empleamos también para cenar. Un suculento plato de carne, para recuperar fuerzas.


Vista del pueblo de Minerve desde una colina cercana
El cuarto día ya era el del viaje de retorno, y debíamos salir pronto pues además queríamos estar a la hora de comer en casa. Sin embargo, antes de emprender la vuelta a casa, decidimos levantarnos pronto y hacer una última visita a la Cité. Era primera hora de la mañana y de un martes laborable, así que seguro que no estaría tan masificado como el sábado y quizás nos quitara el mal sabor de boca de la anterior visita.

El evitar las masificaciones sin duda lo conseguimos, pues apenas había nadie dentro de la ciudadela, pero sin embargo, el lugar por dentro nos continuó pareciendo algo desangelado, como si no acabara de saber transmitir todo lo que prometen las vistas desde el exterior. Como mínimo, compensamos la decepción con un buen desayuno antes de coger el coche y volver hacia Sant Cugat.

Valoraciones

Un viaje corto y asequible, que dada su proximidad puede hacerse en cualquier momento y sin excesiva preparación previa. Para unos catalanes, acercarse a esta región del sur de Francia, tan íntimamente ligada históricamente con nuestra región debería ser poco menos que obligado.
Lo mejor del viaje

- Las vistas de las murallas exteriores de la ciudadela de Carcassonne desde el puente viejo
- La ascensión a los castillos de Lastours, lloviendo a cántaros y disfrutando en soledad de naturaleza e historia
- Pasear tranquilamente un par de horas por el bello centro histórico de Montpellier

Lo peor del viaje

- La abadía de Caunes-Minervois
- La masificación en el interior de la Cité
- Los barrios periféricos de Montpellier, que realmente daba algo de miedo pasar por allí

Galería de fotos

Carcassone2

viernes, 3 de mayo de 2013

Praga. Una ciudad de cuento de hadas

Visitar la ciudad de Praga es como visitar un cuento de hadas, como viajar en el tiempo y pararse en épocas pasadas, con castillos, palacios, puentes... Capital de la región de Bohemia, está situada en el mismo corazón de Europa, lo que la ha convertido en fuente de disputa a lo largo de los siglos. Pero tras la Revolución de Terciopelo y la salida del comunismo, Praga se ha esforzado en recuperar a marchas forzadas el lustre de sus maravillosos tesoros, convirtiéndola en una de las capitales más líricas y embrujadoras de Europa Central.

Nota: La visita a Praga está englobada dentro del viaje que hicimos en el verano del 2006 para visitar varias capitales centroeuropeas: Praga, Viena y Budapest. 
Puedes leer la entrada correspondiente a Viena en el siguiente link.
Puedes leer la entrada correspondiente a Budapest en el siguiente link.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 3 días
Fecha: Agosto de 2006
Destinos visitados: Praga
Transporte: Avión y tren

Descripción del viaje

En verano del 2006, Maria y yo llevábamos saliendo juntos apenas unos pocos meses, pero aún así decidimos viajar juntos ese verano. Como primer destino escogimos un tour por varias de las más famosas capitales centroeuropeas, las grandes urbes de lo que fuera el antiguo Imperio Austro-Húngaro. Así nuestro viaje nos llevaría a visitar en unos pocos días Praga, Viena y Budapest.

Nuestro primer destino en el viaje era Praga, la capital de la República Checa. Cogimos un vuelo que nos llevó directamente desde El Prat hasta el aeropuerto principal de la capital checa, el Václav Havel. Nuestro afán por conseguir el vuelo más barato posible, nos había hecho que llegáramos a Praga ya bastante entrada la tarde, con lo que ese primer día ya estaba prácticamente perdido. Así que una vez nos desplazarnos hasta la ciudad (no muy lejana, a apenas 10 km), buscamos el hotel, que estaba ubicado en un barrio tranquilo pero algo alejado del centro, y nos instalamos allí, ya había prácticamente anochecido.

Aún así teníamos ganas de ver cosas y empaparnos del ambiente de la ciudad, así que decidimos salir a dar una vuelta. Las primeras impresiones fueron muy buenas, los barrios por los que caminábamos, pese a no ser los turísticos eran tranquilos, bonitos y nos transmitían sensación de seguridad, algo importante en viajeros primerizos como nosotros en aquel momento. Por otro lado, otra cosa que nos llamó la atención era lo bien indicado que estaba todo en esa ciudad, cosa que facilitaba enormemente la labor del turista.

Al final nos dirigimos hacia al centro, encaminándonos hacia orillas del río Moldava, el caudaloso río que cruza la ciudad, para pasear por su orilla. Desde el río se elevaba un aire ligeramente refrescante, siempre de agradecer en las calurosas noches veraniegas, pese a que en Praga no hacía tampoco mucho calor, al menos viniendo del sofocante bochorno de Barcelona.

Desde el paseo se podía ver casi toda la ciudad iluminada, a nuestra espalda el casco antiguo, al otro lado, sobre una colina el maravilloso complejo del castillo, que seguro iríamos a visitar en esos días. Entre ellos el río, discurriendo sinuoso como una oscura serpiente de agua, perlado de pequeñas embarcaciones iluminadas que daban pequeños tours turísticos o ejercían de restaurantes, sirviendo sus platos a los comensales mientras navegaban.

Vistas iluminadas del Castillo de Praga desde orillas del río Moldava

Poco más pudimos hacer antes de tenernos que retirar hacia el hotel. La idea era despertarnos bien pronto al día siguiente para poder aprovechar el día al máximo.

Despertó el día siguiente temprano y desayunamos bien fuerte en el buffet del hotel. Nos hicimos unos bocadillos para comer, pues pretendíamos ir por faena a lo largo del día, y parar en un restaurante nos restaría demasiado tiempo. Nos calzamos cómodos, llenamos las mochilas con los utensilios más necesarios (agua, mapas, guía, un jersey fino por si refrescaba...)  e iniciamos camino.

Nuestro primer destino fue la mítica plaza de Wenceslao, quizá el centro neurálgico en cuanto actividad de la ciudad. Es curioso que le llamen "plaza", pues más bien se trata de un bulevar de 650 metros de longitud. Nosotros llegamos a la plaza por su extremo más alto, el que da al Museo Nacional. Nos hicimos las fotos de rigor con la enorme estatua ecuestre de San Wenceslao y luego empezamos a recorrer su extensión, recreándonos entre sus parterres de flores y los establecimientos que la rodean (tiendas, bares, restaurantes e incluso algún casino).

Salimos de la plaza de Wenceslao, por la otra punta, y nos dirigimos a nuestra derecha, hasta desembocar en la Plaza de la República. Esta plaza encierra dos monumentos históricos: la Casa Municipal (Obecni dum) y la Torre de la Pólvora.

La Torre de la Pólvora marca el inicio del Camino Real, la vía que conduce desde el centro de la ciudad hasta el Castillo. Aunque realmente no es la original, si no que fue restaurada, es la única que queda en pie de las torres defensivas que perlaban la antigua muralla medieval de Praga.

La Casa Municipal es un edificio de estilo Art Noveau (o eso al menos ponía en la guía, que yo de historia del arte ni idea), que si tengo que destacar por algo es por el enorme y bellísimo mosaico semicircular que se extiende sobre la fachada principal.

Desde allí seguimos en línea recta la calle Celetná hasta acabar en la segunda plaza en rivalizar en importancia con la de Wenceslao, la Plaza de la Ciudad Vieja (Staromestke namesti). Si la plaza Wenceslao es el centro neurálgico de la actividad comercial de la ciudad, en ésta es donde se agolpan la mayoría de grandes monumentos del casco antiguo.

Sin duda alguna lo que más destaca en la Plaza de la Ciudad Vieja son las torres gemelas de la Iglesia de Nuestra Señora de Tyn. La fachada de esta iglesia se esconde detrás de unos edificios y se accede a ella a través de un túnel que cruza uno de éstos.

Lo primero que hicimos fue visitar esta iglesia, bonita pero algo oscura. Nada del otro mundo habiendo visitado las impresionantes catedrales españolas. Además no permiten hacer fotos en el interior de la iglesia, ni tan siquiera sin flash, por lo que no pudimos inmortalizarla.

Al salir de la iglesia continuamos bordeando la plaza, deleitándonos con algunas casas de fachadas bellamente decoradas, como la casa en la que vivió Kafka o la casa Storch, con sus bellos frescos que representan a San Wenceslao, para acabar finalmente en el edificio del ayuntamiento.

Si algo destaca del edificio del Ayuntamiento es su torre gótica, en la que se emplaza el famoso reloj astronómico de la ciudad, en el cual se representa no sólo la luna si no también la posición del Sol, la Luna y Venus. Allí alargamos un poco la estancia, hasta que se cumplió la hora en punto, ya que en ese momento la figura del esqueleto que representa la muerte tira de la cuerda y hace sonar la campana, para justo después aparecer las estatuas de los 12 apóstoles con San Pedro a la cabeza. Como podéis comprender el lugar estaba lleno de turistas esperando el espectáculo de la hora en punto. A mi personalmente me decepcionó un  poco, supongo que porque llevaba unas expectativas demasiado altas de lo que había leído en la guía.

Nuestro siguiente destino fue el Josefov, el barrio judío. Allí compramos un pase que permitía ver el museo judío, con su famoso cementerio y varias de las más importantes sinagogas de la ciudad.

La visita en su conjunto, sin resultar espectacular sí que resulta más que interesante destacando, bajo mi humilde opinión, por encima del resto dos puntos de interés: el cementerio judío y la sinagoga española.

El barrio judío siempre estuvo confinado físicamente en un espacio pequeño y las autoridades praguesas nunca lo dejaron crecer, por lo que, con una población creciente, el espacio era muy valorado en este barrio. Eso se demuestra en el cementerio, donde las lápidas se amontonan unas encima de las otras sin pudor, haciendo de éste un lugar especial, extraña mezcla de belleza y espiritualidad.

De entre todas las sinagogas que visitamos, sin duda la que más nos gustó fue la que llaman sinagoga española. Ha adoptado este nombre porque su estilo arquitectónico y decorativo tiene ciertas semejanzas con el estilo arabesco de monumentos españoles como la Alhambra o la Mezquita de Córdoba. Realmente impresionante, hay que reconocerlo.

Interior de la bella Sinagoga Española

Fue a las puertas de la sinagoga española donde comimos, ya tarde, cerca de las cuatro. Unos bocadillos rápidos, tal y como habíamos planeado.

Nuestra siguiente visita fue el famosísimo puente de Carlos, no sin antes dejarnos caer por el Clementinum, por eso de estar justo al lado. Se trata de un enorme complejo religioso que contiene varias iglesias. Nosotros sólo visitamos el interior de la iglesia de San Salvador (de visita gratuita), sin entrar a visitar el resto del complejo, que ya es de pago.

El puente de Carlos es simplemente maravilloso, como sacado de un cuento de hadas. Su estructura de piedra cruzando las amplias aguas del Moldava, festoneado con preciosas estatuas barrocas. Resulta difícil explicar lo que se siente sobre ese puente, es en cierta forma especial e inexplicable.

Sin embargo no cruzamos el puente. Volvimos a la orilla este del moldava y la bordeamos en dirección sur, cruzando todo el Nove Mesto hasta empezar, con la caída de la tarde, la subida a la colina de Vysehrad.

El Vysehrad es el primer asentamiento de la ciudad, donde al principio de la edad media se emplazó el primer castillo defensivo. Sin tener la espectacularidad del Castillo que se sitúa en la otra ribera del río, esta zona me sorprendió más que gratamente. Principalmente por ser una zona con muy poca afluencia turística en comparación con el resto de la ciudad, lo que nos permitió pasear tranquilamente por sus jardines. Unos jardines que tienen unos impresionantes miradores desde los que vislumbrar toda la ciudad desde las alturas y en los que pudimos disfrutar de una magnífica puesta de sol.

El hecho de llegar tarde, por contra, nos impidió visitar por dentro la otra joya de esta zona, la Iglesia de San Pedro y San Pablo. Aunque sólo por ver su impresionante exterior, de altos capiteles ennegrecidos por el paso de los años, ya merecía la pena la visita.

Tras ver ponerse el sol, bajamos poco a poco de nuevo la ladera, buscando un lugar donde cenar antes de retirarnos a descansar al hotel. Al final una pequeña pizzería cercana al mismo hotel fue la elegida. Un lugar sin demasiadas aspiraciones, pero económico y que cumplió magníficamente con su cometido.

El día siguiente era nuestro último día en la ciudad, ya que cogíamos el tren hacia Viena a última hora de la tarde. Así que decidimos levantarnos pronto para aprovechar el día, en el que nos quedaba lo que sin duda era el plato fuerte del viaje. Nos dirigimos de nuevo hacia el centro de la ciudad, cruzamos el Moldava por el puente de Carlos y ascendimos a la colina en la que se alza el castillo por las estrechas callejas perladas de escaleras del barrio de Mala Strana. Hay que reconocer que la propia subida es un placer por sí misma.

Llegamos después del ascenso por fin al recinto del castillo. Y es mejor llamarle así, recinto, porque el Hrad, no es un simple castillo medieval como todos lo entendemos, si no un amplísimo recinto fortificado (el más grande de Europa) dentro del cuál se pueden encontrar palacios, basílicas y una catedral, todas de diferentes épocas y estilos arquitectónicos.

Huelga redundar que nos pasamos toda la mañana visitando cada uno de los rincones que aparecían en nuestra guía, desde el Callejón del Oro hasta la basílica de San Jorge. Pero si hay algo que merece una especial atención es sin duda la Catedral de San Vito. Es simplemente IM-PRE-SIO-NAN-TE. Empezando por el exterior, con la llamada Puerta Dorada, decorada con un impresionante mosaico que representa el Juicio Final, hasta el interior de la catedral dominada por las bellísimas y peculiares vidrieras realizadas por Alphonse Mucha.

Saliendo de la Catedral de San Vito y aprovechando que era casi mediodía, nos dirigimos a las puertas del palacio presidencial, para asistir al cambio de guardia que se realiza allí diariamente a las 12:00. La verdad es que había muchísima gente para verlo, aunque personalmente tengo mis dudas de si realmente merece la pena. Aún así no me hagáis mucho caso, pues debo reconocer que a mí me dejó bastante frío hasta el cambio de guardia en Buckingham Palace, así que debe ser tan simple como que a mí, estas ceremonias de cambio de guardia no me van demasiado. A Maria, sin embargo, le gustó bastante.

Tras esto visitamos los jardines reales, que se encuentran justo detrás del complejo y que nos parecieron sumamente tranquilos y sorprendentemente poco poblados de turistas. Así que aprovechamos la tranquilidad reinante para sacar los bocadillos y comérnoslos a la sombra de los árboles, con unas preciosas vistas de las torres de San Vito todas para nosotros.

Después de comer nos dirigimos a visitar el Monasterio de Strahov, famoso por su pinacoteca y sobretodo por su biblioteca, con miles de libros, manuscritos de la Edad Media, ilustraciones y globos terráqueos. De nuevo un sitio poco visitado por turistas y que nos sorprendió gratamente.

Biblioteca del Monasterio de Strahov

Lo que nos quedaba de tarde lo utilizamos para visitar los jardines que ocupan la mayoría de la ladera de la colina de Petrin. El monte Petrin es quizás el lugar de esparcimiento más querido por los habitantes de la capital checa y no es de extrañar. La ladera está surcada por infinidad de estrechos senderos zigzagueantes, que recorren las terrazas que antaño acogieron los viñedos del castillo. Los árboles proyectan una agradable sombra sobre los paseantes y de vez en cuando se abren pequeños claros que permiten tener unas bonitas vistas sobre la ciudad.

Hablando de vistas, nuestro paseo terminó en la cumbre de la colina, allá donde se alza la Torre de Petrin, que parece una réplica en miniatura de la Torre Eiffel parisina. Como despedida a esta bonita ciudad, decidimos subirnos al mirador y deleitarnos una última vez con la panorámica de esta ciudad de cuento de hadas, con sus torres, iglesias y puentes y el serpenteante brillo azulado del Moldava siempre presente.

Desde Petrin ya nos encaminamos de nuevo directamente al hotel, a recoger las cosas y de allí a la estación central de Praga, donde cogeríamos un tren que nos llevaría a Viena. Pero eso ya se explicará en la próxima entrada.

Valoraciones

Praga es una de las ciudades que más nos ha gustado de cuantas hemos visitado. Es increíblemente turística y aún así tiene una cualidad mágica, que consigue transportarte en el tiempo sin darte esa sensación de impostura, de feria medieval mal recreada. Una preciosidad de ciudad y un viaje que vale mucho la pena

Lo mejor del viaje

- La maravillosa, en todos los sentidos, Catedral de San Vito
- Los tranquilos paseos por el Monte Petrin o la zona del Vysehrad
- La bella decoración de la Sinagoga Española, en el barrio judío

Lo peor del viaje

- No disponer de más tiempo para visitar la ciudad. Creo que un día más es necesario como mínimo para no perderse cosas.
- Coger el hotel tan alejado del centro. Realmente perdíamos bastante tiempo caminando hasta las zonas turísticas.
- La verdad es que no me salen muchas pegas a este viaje, lo cual dice mucho y bueno en honor de esta ciudad.

Galería de fotos

Praga