Carcassone - Francia

Rampa de acceso a la ciudadela medieval de Carcassone. La ciudad fue uno de los bastiones de los cátaros durante la infausta cruzada albigense.

Venecia - Italia

Si algo caracteriza a Venecia a parte de sus canales son los Carnavales y sus gentes escondidas detrás de las míticas y enigmáticas máscaras.

Borneo - Indonesia

Borneo es una de las islas más salvajes del archipiélago de Indonesia. Sus caudalosos ríos remontan sepenteantes las densas junglas y remontarlos para ver orangutanes salvajes es una experiencia imborrable.

Lisboa - Portugal

Maravilloso interior de estilo manuelino del Monasterio de los Jerónimos de Santa María de Belém, en la capital del Reino de Portugal.

Sevilla - Andalucía

Puesta de sol sobre las tranquilas aguas del río Guadalquivir, con la preciosa Torre del Oro ya iluminada en el extremo derecho de la foto.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Croacia. La perla del Adriático 2/2

La costa croata más allá de Dubrovnik sigue estando repleta de lugares maravillosos que visitar, desde la Split de esplendoroso legado romano, nacida alrededor del palacio de retiro del Emperador Diocleciano, hasta las estrechas y serpenteantes callejuelas medievales del enclave isleño de Korcula. Desde las impresionantes murallas de la población de Ston, hasta la bella Trogir, que se remonta a un antiguo asentamiento del período helenístico y ha sido embellecida por los sucesivos gobernantes, añadiendo desde fortalezas a iglesias románicas o palacios barrocos de estilo veneciano. 

Nota: El viaje a Croacia, por su longitud, está descrito en dos entradas. Puedes leer la entrada previa a ésta en el siguiente link.

Día 3 – Ston y Orebic

El tercer día levantábamos el campamento, dejando atrás el hotel que nos había acogido las dos últimas noches. Nuestro primer destino del día fue la pequeña población de Ston. Lo más llamativo de este pequeño pueblo son sus impresionantes murallas. Fueron construidas en 1333 cuando Ston pertenecía a la República de Dubrovnik para proteger este enclave de enorme importancia económica por sus importantes salinas. Se trata de la fortificación más larga de Europa con 5 kilómetros y medio de longitud y en maravilloso estado de conservación.

La verdad es que no disponíamos del tiempo, ni el calzado adecuado para recorrer los más de 5 kilómetros de la muralla (ya que la guía nos había comentado que cogiéramos ropa de playa e íbamos con chancletas), así que nos tuvimos que contentar con recorrer la muralla interior de apenas 1 kilómetro (eso sí, todo de empinada subida). Pero hay que reconocer que valió la pena, porque desde lo alto de sus murallas se tienen unas vistas espectaculares de la península de Peljesac, y en concreto de las famosas salinas de la población que brillan cual espejos bajo los rayos del astro rey.

Tras abandonar Ston continuamos hasta Orebic, una población de costa que sería nuestro centro de operaciones en los siguientes días. Comimos allí en el mismo buffet del hotel para dirigirnos por la tarde al embarcadero de la población para esa “sorpresa playera” que nos había prometido nuestra guía.
La verdad es que la sorpresa superó con creces nuestras expectativas ya que el grupo entero nos montamos en un pequeño velero que nos dio un paseo por entre las islas que salpican la costa dálmata, la mayoría diminutas y deshabitadas, pero de una belleza paisajística alucinante. Al final del trayecto, el barco lanzó el ancla en medio del mar, relativamente cerca de dos pequeñas islas deshabitadas y los viajeros pudimos pasar la tarde nadando y jugando en las aguas azul turquesa de la costa dálmata. ¡Una experiencia única!

Día 4 – Korcula

A la mañana siguiente, tras desayunar, nos dirigimos de nuevo hacia el pequeño embarcadero del hotel. Allí nos estaba esperando una pequeña barca local que nos llevaría a la cercana isla de Korcula y en concreto a su población más importante, que precisamente es la que da el nombre a la isla.

Bajamos en el pequeño puerto pesquero de Korcula a media mañana e iniciamos la visita, que esta vez no era guiada por nuestra cuenta.

Korcula es una pequeña ciudad famosa por su centro histórico, vestigio de la antigua dominación veneciana de la isla. El centro histórico está rodeado por una recia muralla, a cuyo interior se puede acceder por la Puerta de Tierra, enclavada en un achaparrado bastión defensivo.


La ciudad de Korcula vista desde el mar
El casco antiguo de Korcula conforma un abigarrado laberinto de callejas con edificios de piedra, arcos y escalones medievales, que en verano rebosan de turistas. Los estrechos callejones que confluyen en las calles principales están diseñados de tal manera que el impacto del molesto viento que azota la isla queda reducido a su mínima expresión.

El conjunto está perlado de edificios históricos de influencia veneciana. El principal edificio de Korcula es la Catedral de San Marcos, un precioso edificio de obligada visita, cerca del cual se encuentran muchos otros arquitectónicamente interesantes, como el Palacio Episcopal, o Casa del Abad, y otras iglesias como la de Todos los Santos, San Miguel o de Nuestra Señora.

A parte de todo ello Korcula es conocida por ser, se supone, la ciudad natal del explorador Marco Polo, aunque hay dudas al respecto. Parece ser que Marco Polo, igual que Cristóbal Colón, son personajes tan sumamente importantes que todo el mundo quiere apuntarse como su ciudad de nacimiento.

De acuerdo a una tradición local, Marco Polo nació en Korcula en 1254 en una familia establecida de mercaderes, aunque no hay pruebas de esa historia. El caso es que aprovechando la cuestión se ha restaurado la casa en la que se supone que nació el explorador, y se ha creado un museo dedicado a su vida. Estuvimos con María valorando si merecía la pena entrar o no, ya que realmente las pocas casas-museo dedicadas a un personaje en concreto que habíamos visitado no nos habían convencido. Al final descartamos la visita y lo cambiamos por un paseo al pie de las murallas con las olas rompiendo a nuestros pies. El paseo fue romántico y precioso, aunque no sabremos nunca si mejor o peor que el dichoso museo. Quizás algún día alguien lo visite y nos saque de dudas.

Después de comer continuamos la visita por los barrios más modernos de la población. Bonitos, con jardines cuidados y preciosas vistas al mar, pero sin nada reseñable que destacar.

A media tarde la misma barca nos recogió de nuevo en el puerto para llevarnos de nuevo a Orebic. Hacía viento y la mar estaba picada, con lo que el retorno fue una experiencia un tanto mareante.

Aún así, llegamos sin problemas a destino donde aún disponíamos de un par de horas de sol, que gastamos como auténticos guiris en las tumbonas de la playa. María pegándose chapuzones y yo disfrutando de un buen libro de ciencia ficción.

Día 5 – Split y Trogir

Amaneció nuestro quinto día en Croacia y, después de un buen desayuno, continuamos por carretera en dirección a Split.

Llegamos a esta preciosa ciudad y aparcamos en el puerto deportivo de la ciudad, justo en frente de la Puerta de Bronce, una de las cuatro puertas que dan acceso al recinto amurallado que forma el casco histórico.

La Puerta de Bronce te lleva de cabeza hacia las bodegas del antiguo Palacio de Diocleciano, ya que en época romana esta puerta en sí no era un acceso al palacio, si no una entrada de mercancías que se dejaban aquí directamente desde los barcos atracados en el puerto. Se trata de un conjunto subterráneo de arcadas románicas que definen un amplio espacio sobre el cual se situaba la residencia del emperador. Actualmente no es más que un lugar en el que se agolpan los tenderetes de souvenirs.

Una vez cruzada la subestructura se suben unas escaleras que llevan de pleno al antiguo corazón de la ciudad de Split, donde se empiezan a desplegar los verdaderos tesoros de esta ciudad.

En muy poco espacio puede visitarse la Catedral, elevada sobre lo que era el mausoleo del propio emperador Diocleciano, el peristilo (o patio columnado) y el antiguo Templo de Júpiter (hoy en día también reconvertido en una iglesia cristiana). Pero no sólo eso, es que este casco antiguo es una auténtica delicia para los sentidos y probablemente de lo más bonito que vimos en Croacia. Personalmente, quitando el emplazamiento natural, me pareció más atractivo que Dubrovnik, pero claro está eso son gustos personales.


Paseo marítimo de Split
Perdimos toda la mañana en el casco antiguo sólo saliendo un momento por la Puerta Áurea para hacer una pequeña excursión a la famosa y colosal estatua de Grgur Ninski (un obispo del siglo X) de la que dicen que si le tocas el pie te trae buena suerte e incluso puede cumplir un deseo. ¡Resulta curioso ver lo pulido que está ese pie respecto al resto de la estatua de tanto sobarlo!

Comimos bastante bien en una pizzería dentro del propio casco antiguo y posteriormente nos encaminamos hacia la Puerta de Hierro, la salida oeste del recinto amurallado. Pasamos por el camino por la que según el libro Guiness de los récords es la calle más estrecha del mundo. Curiosa como poco, ya que pese a ser muy cortita hay que reconocer que no puede pasar más de una persona a la vez.

Tras salir del casco histórico dimos una vuelta por los barrios cercanos, hasta acabar en la bonita Plaza de la República. Una plaza adoquinada y abierta al mar, rodeada por coloristas edificios con amplias arcadas frente a las cuales se sitúan numerosas terracitas donde poder tomar algo. Un lugar precioso.

Tras esto de vuelta al puerto, un pequeño paseo y de nuevo al autobús para dirigirnos a nuestro último destino: Trogir.

Trogir es una pequeña isla unida al continente por un puente y la extensión completa de la isla está ocupada por la población homónima. La población es patrimonio mundial de la UNESCO y remonta su historia al periodo helénico, embelleciéndose después con aportes de un montón de épocas y estilos.

El autobús nos dejó en un parking y tuvimos que caminar un poquito hasta la puerta de entrada de la ciudad, que es de estilo renacentista y contiene en lo más alto una escultura de san Ivan Orsini, que es el protector de la ciudad.

Continuamos la visita siguiendo la muralla, visitando la Fortaleza del Camerlengo y la Torre de San Marcos, dos fortificaciones defensivas una al lado de la otra, la primera medieval y la segunda renacentista. Ya en las almenas de esta última nos cayó la noche, así que tuvimos que dejar el turismo y dedicarnos simplemente a pasear por el puerto, cenar e ir a dormir.

Día 6 – De vuelta a casa

Nuestro último día en Croacia básicamente era para volver a casa, coger el autobús hasta Dubrovnik y de allí el vuelo de vuelta hasta Barcelona. Aún así, el autobús no salía hasta media mañana, así que aprovechamos para despertarnos pronto, desayunar frugalmente y continuar con la visita turística que la caída de la noche nos había interrumpido el día anterior.

En el poco tiempo del que disponíamos nos dio tiempo a visitar el ayuntamiento, la Catedral de St. Lovro o la iglesia de San Sebastián y sus plazoletas adyacentes. Fue algo con prisas y sin poder disfrutarlo con detenimiento, pero menos da una piedra, como mínimo no nos fuimos sin haberlos visto.

El viaje de retorno no tuvo mucha historia. Foto grupal, despedida de la guía, vuelo y a la hora de cenar en casita. Unas nuevas vacaciones que se evaporaban dejando sitio a la monotonía laboral, no sin antes dejarnos un buen sabor de boca y bonitos recuerdos.

Valoraciones

Buen viaje. Experiencia muy satisfactoria pese a ser un viaje organizado, cosa a la que no estábamos acostumbrados y nos daba algo de respeto. En todas las ciudades disponíamos de mucho tiempo libre para nosotros con lo que no tenías la sensación de ser uno más del rebaño del guía. Como país Croacia es precioso, aunque empieza a estar en ese límite en que el turismo ya se está imponiendo tanto que muchas partes del país están perdiendo parte de su encanto.

Lo mejor del viaje

- La tarde de recreo en las cascadas de Kravice
- Los cascos históricos en Split, Trogir y Dubrovnik. Para alguien enamorado de “lo medieval” no tienen precio.
- El chapuzón en medio del Adriático cuando nuestro barco particular tiró allí el ancla y nos permitió pasar un rato nadando libremente en medio de la nada.

Lo peor del viaje

- Hacer el recorrido de las murallas de Dubrovnik bajo el ajusticiante sol del mediodía
- La sensación de que la guía siempre nos paraba en los restaurantes de sus amigos y/o conocidos. Me dio la sensación que se podría haber mejorado considerablemente la selección gastronómica. Por suerte normalmente podíamos escoger libremente el sitio donde comer porque caía en los ratos de “tiempo libre”.

Galería de fotos


Croacia2

martes, 17 de diciembre de 2013

Croacia. La perla del Adriático 1/2

Dubrovnik, la perla de Croacia es una ciudad del todo imprescindible de la costa mediterránea. Dentro de sus poderosas murallas se palpa el poso de una historia de más de mil años que la ha adornado con palacios, cúpulas, conventos y callejas con mucho sabor que, tras una minuciosa restauración después de la guerra de los Balcanes, vuelven a lucir en todo su esplendor. Muy cerca, en la vecina Bosnia, el puente de Móstar se erige como testigo bipolar de la unión entre culturas y de las barbaries de la guerra.

Nota: El viaje a Croacia, por su longitud, está descrito en dos entradas. Puedes leer la segunda en este link.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 6 días
Fecha: Agosto de 2008
Destinos visitados: Sur de Croacia (Dubrovnik, Ston, Orebic, Korcula, Split y Trogir) y Bosnia-Herzegovina (Pocitelj, Mostar, Cascadas de Kravice)
Transporte: Avión y autobús

Descripción del viaje

Se acercaban peligrosamente las vacaciones de aquel verano del 2008 y no teníamos por desgracia aún idea de a dónde encaminar nuestros pasos de turistas intrépidos. Así pues, a última hora tocó hacer una búsqueda intensiva por Internet de posibles destinos. Muchos fueron los que miramos (Egipto, Turquía, Rusia…) pero los precios, por estar en plena temporada alta, estaban por las nubes. Al menos hasta que me encontré con una oferta last minute en una agencia que sólo opera por Internet de un corto viaje a Croacia con una precio más que competitivo. No nos lo pensamos dos veces, nos liamos la manta a la cabeza y cogimos ese pack sin pensárnoslo.

En menos de una semana (sí, como os dije ese año nos columpiamos mucho para cerrar las vacaciones) nos encontrábamos en el aeropuerto de El Prat cogiendo un vuelo hacia la capital de la costa dálmata, Dubrovnik.

Día 1 – Dubrovnik

Nuestro avión aterrizó en el aeropuerto de Dubrovnik a media mañana y allí teníamos esperando con el típico cartelito de la agencia de viajes a la que sería nuestra guía durante todo el viaje, una chica andaluza que se había sacado un novio croata y llevaba ya 6 años viviendo en la zona. Poco a poco nos fuimos juntando todos los que nos habíamos apuntado al viaje organizado y cuando estuvimos todos procedimos a montarnos en el autobús que nos conduciría a las distintas visitas que haríamos a lo largo de nuestro viaje. Como mínimo ya de inicio pudimos constatar que el grupo no era excesivamente numeroso, lo cual era sin duda una gran noticia.

El desplazamiento del aeropuerto a la ciudad de Dubrovnik era bastante corto y enseguida el autobús nos descargó en las postrimerías de la Puerta de Pile, donde nos reunimos con una historiadora local que nos haría una visita guiada por la ciudad, o al menos por el casco antiguo de la misma y que nos había fascinado desde las ventanillas del autobús mientras nos acercábamos a la ciudad. Una ciudad completamente amurallada, con todas las construcciones de estilo medieval y en un estado de conservación sublime (principalmente como supimos luego, por el esfuerzo restaurador del gobierno croata tras la reciente guerra), enclavada en un idílico saliente entre las cristalinas aguas del Adriático. Se entendía perfectamente por qué Lord Byron la definió como “la perla del Adriático”.

La visita guiada no fue muy larga, pero suficiente para ver lo más importante de la ciudad como la Fuente de Onofrio, la Torre del Reloj, la Columna de Roland, el Palacio del Rector y la Catedral mientras nuestra guía nos iba desgranando poco a poco la historia local, desde la más remota, la creación de la ciudad y su influencia en las travesías comerciales por el Mediterráneo, hasta la más reciente, con los efectos de la Guerra de los Balcanes sobre la ciudad. Sin duda apasionante y muy ilustrativo.

Tras una hora más o menos de esta visita guiada, disponíamos de 4 o 5 más para realizar la visita a nuestro aire por la ciudad. Así pues nos separamos del resto de compañeros de viaje y empezamos nuestra visita particular.

Dado que acabábamos de visitar los lugares más emblemáticos decidimos callejear un poco para impregnarnos del ambiente de la ciudad. Las calles tenían ese aroma medieval tan típico: empedradas, estrechas y sinuosas, y resultaban un excelente refugio contra la acuciante calor. Sin duda eran bonitas y merecía la pena pasearse por allí, pero resultaba imposible empaparse del aroma local, porque prácticamente todo el casco antiguo se había convertido en mercadillo gigante y casi todo el mundo que por allí pululaba eran turistas como nosotros (la mayoría provenientes de los numerosos cruceros atracados en el puerto de la ciudad).

Continuamos la visita en el puerto de la ciudad, entre las pequeñas barcas de recreo y tras ello nos decidimos por acercarnos a la que probablemente sea la mayor atracción de la ciudad, la visita a las murallas de la misma. Se accede a la murallas que circunvalan la ciudad medieval a través de unas escaleras situadas al lado de la Puerta de Pile y te permiten recorrer los dos kilómetros y medio de murallas y ver toda la ciudad y sus alrededores desde allí. Sin duda el pago de la entrada merece la pena.

Casco antiguo de Dubrovnik desde una aspillera de las murallas
Nosotros cometimos el error de hacer la visita a las murallas a pleno mediodía. El sol caía como una losa sobre nuestras cabezas, recalentando la piedra bajo nuestros pies y haciendo que el trayecto, que encima hicimos apenas sin agua, se hiciera en ciertos puntos algo agobiante. En contraprestación, éramos prácticamente los únicos locos que nos atrevimos a hacer el trayecto a esas horas, con lo que pudimos disfrutar en las murallas de una intimidad difícil de encontrar en la atiborrada Dubrovnik.

Al acabar el paseo por las murallas ya eran pasadas las tres de la tarde, así que nos afanamos en buscar un sitio donde comer. Nos decantamos por un pequeño local situado en un callejón no excesivamente transitado y pudimos disfrutar de un buen arroz negro que para nuestra sorpresa no nos salió excesivamente caro.

Al acabar de comer nos quedaba poco más de una hora antes de que tuviéramos que reunirnos con el resto de compañeros de viaje para partir de Dubrovnik. Una opción que teníamos era la de salir del casco antiguo y pasear por los barrios modernos de la ciudad, pero éstos según la información que teníamos no parecían tener excesivo encanto, así que optamos por pasar esa horita en una de las playas locales. Llamarle playa es quizás algo temerario, pues no dejan de ser calas rocosas al mismo pie de las murallas. Sin embargo el ambiente en el lugar era maravilloso. La brisa llegaba refrescante desde las aguas y el lugar estaba repleto de lugareños, que se zambullían en el agua, nadaban y jugaban a waterpolo, mientras en la orilla sonaba la música de un chiringuito donde cocían unas brochetas de carne de olor delicioso. Hay que reconocer que esa horita se nos pasó volando.

A la hora pactada nos reunimos todos de nuevo en la fuente de Onofrio y nos volvimos a montar en el autobús que nos llevaría a nuestro hotel, en una población cercana sin ningún interés particular (excepto probablemente ser más económica que la propia Dubrovnik), pero que como mínimo disponía de unas playas de arena bastante decentes en las que nos remojamos un poco antes de cenar y un bonito paseo marítimo para pasear tras la misma.

Día 2 – Bosnia-Herzegovina

El segundo día nos levantamos pronto y cogimos de nuevo el autobús, que cruzaría la frontera para internarse en el vecino país de Bosnia-Herzegovina. Nuestro principal destino del día era la ciudad de Mostar, pero de camino hicimos una parada en el pequeño pueblo de Pocitelj, en el valle del río Neretva, un pequeño pueblo declarado patrimonio de la Humanidad por la UNESCO debido a sus bien conservadas construcciones islámicas del siglo XVI.

En un reducido espacio puede visitarse la Mezquita de Hadzi Alija, que contiene una madraza, y que destaca por su estilizado minarete, los baños públicos (Haman) o la Torre del Reloj. Pero sin duda la visita estrella, a la que María y yo nos lanzamos como locos en el poco tiempo que teníamos en el pueblo, era la subida a la fortaleza ya cristiana que domina el pueblo desde las alturas y que permite unas vistas sobre el pueblo y su entorno natural que quitan el hipo.

Tomamos las preceptivas fotos y cogimos de nuevo el bus para llegar al poco rato a Mostar, donde aparcamos cerca de la Iglesia de los Franciscanos, en el lado cristiano de la ciudad donde nos encontramos con nuestra guía local. La cual empezó a contarnos un poco la historia de la ciudad mientras íbamos caminando hacia el famoso puente de Mostar. Sin embargo resultaba algo difícil seguir las explicaciones de la guía, ya que sin querer se te desviaba la mirada hacia varias casas que no habían sido reconstruidas y que aún se encontraban en el mismo estado en que acabaron la guerra. Las paredes estaban perforadas por los agujeros de bala y los impactos de obuses, dejando una visión dantesca que te revolvía un poco el estómago de pensar qué pasó allí realmente.

Al poco llegamos a la calle principal de la ciudad, una calle peatonal adoquinada que parte del lado cristiano, cruza el famoso puente de Mostar (el Stari Most) y acaba un poco más allá, ya en el lado musulmán. La calle está plagada de tenderetes de recuerdos para turistas y abarrotada de gente, resultando en parte agobiante. Sin embargo el puente en sí es una maravilla arquitectónica, y el hecho de que lo sepas una reconstrucción reciente (del 2004), debido a que las milicias croatas lo volaron durante la guerra, no le quita el mínimo interés a este puente originario del siglo XVI de 30 metros de longitud que cuelga orgulloso sobre el Neretva.

El famoso puente de Mostar
Al poco de internarnos en el barrio musulmán, y tras visitar la mezquita más importante de la ciudad, nuestra guía local terminó su explicación y por tanto nos separamos del grupo para iniciar la visita por nuestra cuenta. Nos alejamos de las multitudes para caminar por la parte menos turística del barrio musulmán. Si algo nos chocó fue sin duda el ver como en la ciudad, cada uno de los parques había sido convertido en un improvisado cementerio durante la guerra. La visión de las lápidas blancas amontonándose en un espacio que debería estar destinado a temas lúdicos (jardines o parques) resultaba como poco espantosa.

Por último nos encaminamos a la orilla del río, justo debajo del puente, para disfrutar del frescor de sus aguas. La verdad es que estaban heladas. María tuvo el arrojo de refrescarse los pies en ellas, yo he de reconocer que no encontré el valor para hacerlo pese al calor que hacía. Además desde allí pudimos entretenernos viendo como los jóvenes de Mostar se lanzaban desde el puente a las frías aguas del río (cosa que sólo hacían cuando un turista era lo suficientemente generoso para darles una propina por ello). Algo espectacular y digno de ver, porque del puente a las aguas del río hay 27 metros de altura.

Cerca de la hora de comer, pero aún sin haberlo hecho cogimos de nuevo el autocar, para que nos llevara a un paraje natural idílico, las cascadas de Kravice. Se trata de un conjunto de varias cascadas alimentadas con el agua del río Trebizat que desciende por la zona y a cuyo pie se encuentra una especie de enorme remanso del río de poca profundidad. Este remanso lo aprovechan los locales en verano como una especie de piscina natural, e incluso han abierto varios chiringuitos a su alrededor. En uno de ellos fue donde comimos y pude degustar por primera vez un Cevapcice que quitaba el aliento (aunque se me quedó un poco corto, la verdad, creo que debería haberme comido dos). Pasamos la tarde disfrutando de las cascadas, bañándonos y riéndonos, para poco después coger el autobús de nuevo hasta el hotel para pasar la noche.

Galería de fotos


Croacia1

sábado, 12 de octubre de 2013

Portugal. Lisboa y Sintra

Lisboa es la capital de Portugal y el centro de una región polifacética.  Todavía hoy se siente un ambiente rústico en cada uno de sus barrios históricos. Podemos recorrer la cuadrícula de calles de la Baixa pombalina que se abre al Tajo o, siguiendo el río, conocer la zona monumental de Belém, barrios medievales y, también, zonas de ocio más recientes o contemporáneas, como el Parque de las Naciones. Y cerca de allí, en un paraje idílico sobre las pequeñas colinas prelitorales se alza el complejo de Sintra, complemento ideal a nuestra visita.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 4 días
Fecha: Agosto de 2009
Destinos visitados: Lisboa y Sintra
Transporte: Avión

Descripción del viaje

En verano del 2009, en vez de realizar un viaje largo, optamos por encadenar un par de viajes cortos a capitales europeas. Primero fuimos a París y, unos pocos días después nos dirigimos a Lisboa, la capital del Reino de Portugal.

Cogimos un vuelo desde El Prat por la mañana lo que nos permitía llegar a Lisboa no demasiado tarde y poder aprovechar así todo ese primer día de viaje. Como casi siempre, lo primero a hacer era buscar el hotel en el que nos habíamos de alojar. Aunque en este caso fue fácil ya que el hotel se encontraba prácticamente al lado de una de las estaciones de tren más grandes de Lisboa (Roma-Areeiro) y con conexión directa con el aeropuerto.

Como el check-in no era hasta las 14:00 y aún era pronto, no podíamos acceder a la habitación, así que dejamos las maletas en la recepción del hotel y nos fuimos a visitar la ciudad. El hotel era bueno y no excesivamente caro, pero en contraprestación se encontraba bastante alejado de las zonas más turísticas de Lisboa, así que nuestro primer contacto con la ciudad fue la de patearnos de punta a punta la Avenida Almirante Reis, una larguísima avenida que cruza de norte a sur la urbe, desembocando en el barrio de la Baixa.

Las dos primeras impresiones que nos llevamos de la ciudad mientras paseábamos por los barrios más normales (o menos turísticos por decirlo de forma más acertada) fueron como mínimo curiosas. Por un lado, que Lisboa parecía una ciudad española, pero no actual, si no de unos 10 o 15 años atrás. Por otro lado, que allí Cristiano Ronaldo es lo más parecido a Dios que pueda haber. Nunca he visto una figura monopolizar de tal forma los anuncios en una ciudad. Parecía que si en Portugal no te anunciara Cristiano, tu empresa no fuera nadie.

Llegamos al barrio de la Baixa y sus calles peatonales casi al mediodía, así que decidimos pasear tranquilamente por sus calles atestadas de comercios hasta encontrar un restaurante que nos llamara la atención y pararnos a comer allí. El ambiente era maravilloso y aunque sabíamos que estábamos haciendo “la del guiri” (comer allí es como pararse a comer en las Ramblas en Barcelona) lo aceptamos tranquilamente y disfrutamos de la experiencia.


Calle peatonal de la Baixa con el Arco de Augusta al fondo
Ya con las fuerzas renovadas iniciamos realmente la visita turística, empezando por las atracciones más cercanas como la Plaza del Rossio, con sus enormes fuentes y su maravilloso ambiente bohemio o la Estación de trenes de Rossio, un rincón de esos maravillosos e inesperados, con sus maravillosos arcos de entrada en forma de herradura decorados con una impresionante filigrana. Continuamos luego dirigiéndonos hacia el Elevador de Santa Justa, una de esas cosas que tienen una cualidad casi mágica derivada de su propio anacronismo. Y es que el elevador, cuya función es conectar la Baixa con el elevado Barrio Alto evitando las empinadas cuestas, fue construido por un discípulo de Eiffel hace más de cien años y aún continúa en funcionamiento sin apenas ninguna restauración.

Sin embargo no nos subimos al elevador, ya que había una larga cola y nuestra intención era continuar en otra dirección, hacia el mar.  Pasamos por debajo del Arco de Augusta para llegar a la Plaza del Comercio, aunque en nuestra visita esta plaza, una de las más turísticas de la ciudad, estaba completamente levantada por obras y vallada, por lo que no pudimos disfrutarla como Dios manda. Así que nos dedicamos a andar un poco por la zona, acercándonos hasta orillas del Tajo y disfrutando de la brisa y de las vistas que desde allí teníamos, con los dos grandes puentes que cruzan el Tajo (el Vasco da Gama y el 25 de abril) uno a cada lado. Tras esto era ya tarde, así que decidimos recogernos hacia el hotel y descansar un poco. Como siempre he dicho los vuelos, parece que no, pero cansan, y el primer día de un viaje siempre resulta interesante reservar algo de fuerzas para lo que está por venir.

El segundo día se despertó algo perezoso y nos costó arrancarnos de la cama. Tras el desayuno, de nuevo la larga caminata Avenida Almirante Reis abajo hasta alcanzar la Baixa. Las visitas matutinas empezaron por la Catedral, nada del otro mundo la verdad, para continuar callejeando por el barrio de la Alfama, siempre subiendo, hasta llegar a la cumbre para visitar el Castillo de San Jorge y disfrutar de las maravillosas vistas que de la ciudad desde allí se tienen. Ya hacia el mediodía bajamos de nuevo, parándonos para comer en uno de los pequeños bares de la parte baja de la Alfama. Oscuro, no excesivamente limpio, pero ¡qué comida! Aún recuerdo la enorme bandeja de bacalao au bras que me trajeron. ¡Cómo la disfruté!

Resultaba difícil moverse tras tal hartazgo de comida, pero el planning para la tarde era bastante denso y debíamos empezar a movernos si queríamos hacerlo todo. Abandonamos la Alfama y pasando de nuevo por la Plaza del Comercio nos dirigimos hacia el lado opuesto de la Baixa, empezando a subir las empinadas cuestas del Barrio Alto. El primer sitio por el que pasamos fue por las ruinas del Convento do Carmo, con su estilizado esqueleto de arquería gótica brillando bajo el sol. Debía tratarse sin duda de una iglesia preciosa cuando aún estaba en pie antes del gran terremoto de 1755. Continuamos nuestra ascensión, tomando aire y gozando de las vistas en el Mirador de San Pedro.

Tras el parón continuamos hacia arriba, hasta llegar a la Plaza del Príncipe Real y los exteriores del Jardín Botánico, aunque optamos por no entrar en el mismo. Continuamos pues con la visita, remontando hasta el Palacio de Sao Bento, un antiguo y majestuoso convento Benedictino donde ahora se ha instalado la sede del Parlamento Portugués. Nos hicimos las fotos de rigor justo delante de los militares que hacían guardia a las puertas del mismo y continuamos posteriormente hacia el Barrio de la Estrella. Allí empezamos visitando el jardín homónimo, un buen lugar donde buscar algo de sombra y refugiarse del asfixiante calor, para acabar desembocando en la colindante Basílica de la Estrella. La recuerdo sin apenas turistas, no especialmente bonita pero de una espiritualidad que te llenaba de alguna forma incomprensible. La verdad es que estuvimos allí bastante rato, dejando descansar nuestros doloridos pies y respirando su aire de tranquilidad.


Jardines de la Estrella
Ya era avanzada la tarde cuando salimos de la Basílica, así que decidimos volver de nuevo hacia el hotel, aunque esta vez lo haríamos siguiendo un trayecto diferente que nos permitiría ver alguna que otra zona aún no visitada, como la Plaza del Marqués de Pombal o la plaza de toros de Campo Pequeno.

El tercer día decidimos coger un tren e ir a la cercana población de Sintra. Nada más llegar allí nos cautivó lo verde de sus parajes y ese aire de montaña fresco incluso en un día de pleno agosto. Casi al lado de la estación se levanta el Palacio Nacional de Sintra, la primera de nuestras paradas del día. Antigua residencia de los reyes portugueses presenta una amplia variedad de estilos dentro de sus tres pisos. Sin embargo tampoco me pareció nada del otro mundo, quizás fuera porque hacía unos días habíamos estado visitando Versalles y, como palacio real, éste de Sintra no le llegaba ni a la suela de los zapatos.

Desde el pueblo de Sintra, cogimos un pequeño autobús que nos acercó hasta la que probablemente es la mayor atracción del lugar, el impresionante y surrealista Palacio de Pena. Todo lo que nos había decepcionado el Palacio Nacional (bueno, me corrijo, lo que me había decepcionado, porque a María sí que le gustó) nos enamoró el Palacio de Pena. Una maravilla arquitectónica, mezcla de ciento un estilos y profusamente decorado (en ciertos aspectos me recordaba al modernismo catalán de Gaudí) rodeada por unos bonitos jardines, la visita es simplemente para deleitarse en ella cada segundo que estás allí.

Repusimos fuerzas con un bocadillo en la terraza que hay en el propio Palacio y tras ello empezamos un descenso andando hasta nuestro siguiente destino, el Castelo dos Mouros (Castillo de los Moros), las ruinas de un impresionante castillo que se alzan sobre una colina rocosa. Paseamos por sus 500 metros de murallas, ascendiendo a cada una de sus cinco torres, gozando de las vistas que desde allí se tiene del Palacio de Pena, Sintra, sus montañas e incluso el Océano Atlántico.

Salimos de allí que ya era tarde y teniendo en cuenta que debíamos coger el tren de vuelta, no nos pareció demasiado acertado intentar apurar más nuestra visita, aunque aún quedasen cosas por ver como el Palacio de Montserrate o la Quinta da Regaleira. Bueno, otra vez será.

El cuarto y último día amaneció también radiante y caluroso. Para esta última jornada habíamos reservado un plato fuerte. Cogimos un autobús que nos dejó en la zona de Belem y nada más llegar nos situamos en la cola para entrar al espectacular Monasterio de los Jerónimos. Erigido donde antaño se emplazaba una diminuta capilla en honor a la Virgen de Belem, este gran complejo de estilo manuelino, se hizo para honrar los logros de los viajes marítimos de los exploradores portugueses y para ofrecer consuelo espiritual a los marinos que partían allende los mares a las órdenes del Rey Manuel I. Una auténtica maravilla, su claustro realmente excelso. Sin duda lo mejor de la capital portuguesa.

Interior del Monasterio de los Jerónimos
Al salir tomamos un desayuno que no nos podíamos saltar, ya que justo al lado del Monasterio se encuentra la famosa Pastelería de Belem, cuyos pastelitos de hojaldre y crema fueron una recomendación expresa de una compañera de trabajo portuguesa de María. Hay que reconocer que la recomendación no fue en balde y que los pastelitos tenían ganada su más que merecida fama.

El siguiente punto a visitar fue la Torre de Belem, enclavada allí donde el Tajo pierde su nombre para abrirse al océano. Esta pequeña torre-fortaleza es otra preciosidad, aunque la verdad es que lo reducido de sus dimensiones, acompañado de la gran cantidad de turistas que allí nos agolpábamos hacía bastante agobiante la visita. Al salir de allí nos dirigimos al enorme Monumento a los Descubridores con sus 52 metros de altura, disfrutando de las bonitas estatuas que representan a los grandes exploradores de la época dorada portuguesa (Vasco da Gama, Fernando de Magallanes, etc) y del enorme mosaico que forma una rosa de los vientos que se encuentra a sus pies.

Tras eso nos movimos a la zona del Parque de las Naciones, la zona reformada ex profeso para la Expo del 98, que ha pasado de ser uno de los peores arrabales de Lisboa a ser actualmente es una zona de recreo para sus ciudadanos, con su importantes centros comerciales, parques y paseos. Comimos en uno de los centros comerciales, visitamos algunas tiendas y paseamos relajadamente por la zona, disfrutando tranquilamente de nuestra última tarde en la ciudad. A última hora salía el vuelo que nos debía dejar pasada la medianoche de nuevo en Barcelona.

Valoraciones

Lisboa es una ciudad de contrastes. Algo pobre, algo sucia, pero llena de barrios y rincones con encanto en los que apetece perderse. A eso puedes añadirle una buena comida y hace que no te arrepientas de ir allí. Si a eso le añades lo espectacular de lo que puedes encontrar en Belem o Cintra ya hacen un viaje más que redondo.

Lo mejor del viaje

- El Palacio de Pena de Cintra y su singular y rocambolesca belleza.
- El Monasterio de los Jerónimos en Belem. Una auténtica obra de arte.
- Los pastelitos de Belem y el bacalao au bras. ¡Madre mía qué delicia!


Lo peor del viaje

- Tener el hotel emplazado tan lejos de la zona turística. Sobretodo la larga caminata de vuelta al hotel cuando ya llevabas todo el día visitando cosas se hacía eterna y agónica.

Galería de fotos

Lisboa

jueves, 1 de agosto de 2013

Sevilla, perfume andaluz

Dice el refrán que Sevilla tiene un color especial y efectivamente una vez visitada nadie duda que lo tenga. Probablemente sea el color de su historia, marcada principalmente por la dominación árabe y, tras la Reconquista, por ser el centro del comercio del Imperio con las indias. Quizás sea también el color de su benigno clima y del precioso Guadalquivir que la cruza. Sin duda se trata también del color de sus gentes, de las plazas llenas de terrazas con gente riendo y disfrutando de la vida. Supongo que esta mezcla cromática es la que hace tener a la capital andaluza un color especial.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 3 días
Fecha: Septiembre de 2010
Destinos visitados: Sevilla
Transporte: Avión

Descripción del viaje

Este viaje, como tantos otros, tiene su propia y peculiar historia. A principios del 2010, Mary, una vieja amiga de María de sus épocas de Universidad nos comunicó que se casaba en Septiembre en la ciudad de Sevilla. Aquellos meses se planteaban ya densos de trabajo en el Banco, pero aún así pudimos estirar un poco el fin de semana, cogiéndonos el viernes anterior de vacaciones, lo que nos permitiría asistir a la boda e incluso ver algo de la ciudad antes de volver a Barcelona. Sin embargo, apenas un par de meses antes de la fecha señalada, ya con los vuelos y el hotel reservados Mary nos comunicó que la boda se cancelaba por motivos que no vienen ahora al caso. En consecuencia teníamos por delante un fin de semana largo, dos billetes de avión a Sevilla y un hotel allí donde hospedarnos, un viaje relámpago en toda regla.

Cogimos un vuelo de ClickAir el mismo viernes por la mañana a primera hora, con lo que nuestro vuelo llegó por lo tanto a media mañana a Sevilla. Cogimos un autobús que nos había de llevar hasta el hotel que habíamos reservado, muy cerca del Estadio Sánchez Pijuán. Dejamos nuestras cosas en la habitación del hotel, cogimos un mapa de la ciudad en la recepción y ya pasadas las 12 empezamos nuestro periplo turístico por la capital hispalense.

Nuestro primer destino fue el Barrio de la Santa Cruz, con sus estrechas callejuelas, sus balcones llenos de claveles y ese sabor a barrio histórico y pintoresco que tanto apreciamos los viajeros al llegar a una ciudad (será porque los barrios más modernos son prácticamente iguales en casi cualquier ciudad del mundo). Allí nos perdimos un buen rato por sus calles y plazoletas. El Barrio de Santa Cruz era en tiempos medievales la antigua judería de la ciudad y resultó estupendo pasear por su trazado laberíntico de estrechas calles, buscando un buen lugar entre sus bares y bodegas para comer, ya que, al menos personalmente, los viajes en avión tienen la virtud de abrirme el apetito.

La tarde decidimos empezarla a lo grande. Si hay algo que marca la ciudad de Sevilla de ésa es la Plaza del Triunfo, rodeada de la Catedral, el Alcázar y el Archivo de Indias, así que decidimos empezar por allí. Al llegar nos sentamos en sus escalones, cerca de una fuente que refrescaba el ambiente en su enredador y perdimos el tiempo haciendo las primeras fotos de la Catedral y la Giralda. Tras ello, nos decidimos por entrar a visitar la Catedral. La Catedral, una de las mayores de la cristiandad, es magnificente y esplendorosa. Sus vidrieras son hermosas, la Capilla Mayor una auténtica obra de arte y la excelsamente decorada tumba de Cristóbal Colón, un vívido recuerdo del que fuera uno de los mayores Imperios que la historia del hombre ha visto. Mucho podría escribir sobre ella y poca justicia le haría.

Con la entrada a la Catedral, puedes ver también el Museo del Tesoro de la misma, pero sin duda la mayor atracción es subir a la mismísima Giralda. Esta torre, que ahora ejerce de campanario y mirador de la Catedral era originalmente el mayor de los minaretes que el Califa de Sevilla había hecho construir para la Mezquita que se erigía donde ahora se levanta la Catedral. Los cristianos al reconquistar Sevilla decidieron tirar abajo la mezquita y construir en su lugar la Catedral pero, sin duda embriagados por su belleza, tuvieron la sensatez de mantener la Giralda como parte de la nueva Catedral. La ascensión a la cúspide de la Giralda es costosa, con numerosos y empinados escalones, pero sin duda el esfuerzo merece la pena, pues las vistas de la ciudad que se tienen desde allí arriba son simplemente espectaculares.

Sevilla desde el mirador de la Giralda
Salimos por fin de la Catedral ya avanzada la tarde y nos dirigimos hacia los Reales Alcázares, pero nuestra desilusión fue mayúscula, ya que quedaba poco para el cierre e incluso el propio personal de taquillas nos recomendó que si teníamos tiempo lo dejáramos para el día siguiente. Así que cambiamos la visita por un paseo tranquilo por las calles de Sevilla, por aquellas más comerciales y llenas de restaurantes. Un paseo tranquilo que nos permitiera disfrutar del ambiente de la ciudad sin prisas, ya que nos habíamos propuesto tomarnos esta vez con calma el viaje, aunque eso supusiera dejar de ver algunas cosas. Así pues paseamos y cenamos, charlamos y reímos y pronto estuvimos en el hotel, dispuestos a dormir para al día siguiente levantarnos pronto y visitar ese Alcázar que se nos había resistido en nuestro primer día.

A la mañana siguiente, de sol radiante, nos encaminamos de nuevo a primera hora hacia los Reales Alcázares donde nos cogimos la visita guiada. Para mí el Alcázar fue sin duda lo más bonito de toda la ciudad. Desde la Puerta del León, la entrada principal enclavada en la primitiva muralla almohade, pasando por el palacio del Rey Pedro I, núcleo de los Alcázares de brillante arte mudéjar, con su Patio de las Doncellas, pasando por el Salón de los Embajadores o el Palacio Gótico con sus azulejos y tapices, la sublime mezcla de estilos y épocas convierten a este recinto en lo más bello de toda la capital andaluza. No sólo eso, si no a parte unos jardines enormes y bellamente cuidados, con el impresionante uso del agua tan típico de los jardines musulmanes. Toda una mañana que estuvimos allí y aún nos supo a poco, pero con el calor del día en su pleno auge y el hambre empezando a acuciar tomamos la decisión de abandonar tan exquisito sitio.

Nos encaminamos hacia la Plaza de España. Buscábamos pararnos a medio camino para comer en un restaurante, alguno bonito enclavado en un parquecito, a la sombra de unos árboles que nos protegieran del inclemente Lorenzo, pero no lo encontramos, parece que justo por donde pasábamos no había muchos y los pocos que encontramos estaban ya cerrados por ser un poco tarde. Así, cuando ya lo peor del calor estaba pasando y aún si haber comido, llegamos a la Plaza de España. Visita obligada, no sólo por la belleza de este lugar construido para la Exposición Universal del 29, si no que para alguien tan friki como yo, el hecho de que allí se hubieran grabado varias escenas de Star Wars I: La Amenaza Fantasma, le daba un plus sentimental a la visita. ¡Lástima no encontrarse por allí con Padmé Amidala!

Anocheciendo sobre un Guadalquivir vigilado por la Torre del Oro
Tras las fotos de rigor continuamos con la caminata, en este caso cruzando y admirando el enorme Parque de María Luisa hasta llegar de nuevo a orillas del Guadalquivir, que fuimos bordeando hasta llegar de nuevo al mismo centro de la ciudad, a los pies de la Torre del Oro. La verdad es que la misma nos decepcionó un poco y es que a parte de quedar muy bien en las fotos (especialmente las nocturnas) allí sita a orillas del río, no nos pareció nada del otro mundo. Eso sí, prácticamente a sus pies, un infecto McDonalds nos proporcionó el alimento que hasta ese momento (y rondaban ya las 17:30) se nos había escapado.

Con las fuerzas renovadas tras el ágape y los pies descansados después de un buen rato por fin sentados, continuamos remontando el Guadalquivir. Parada obligatoria para unas fotos a las puertas de la Maestranza y por fin cruzamos el río para visitar, ya con la caída del sol el Barrio de Triana. Nada muy especial a destacar allí, pero el paseo sosegado nos sentó bien y volvió a abrir el apetito para poder sentarnos a tomar la cena en uno de los establecimientos de la calle Betis, con el río a nuestros pies. Tras la cena, paseo chino-chano hasta el hotel, dejando morir nuestro segundo día en la ciudad.

El tercer y último día amaneció de nuevo con calor y buen tiempo. Empezamos nuestro caminar ya tarde (el sueño tras la cansada jornada anterior fue reparador) hacia la zona de murallas que se elevan en la zona oeste de la ciudad, vivo recuerdo de lo que fueran las defensas medievales de la ciudad. La visita a las murallas la acabamos llegando a la Basílica de la Macarena. Era domingo y la iglesia estaba llena. Incluso para un agnóstico como yo, era difícil no dejarse acongojar por la espiritualidad del sitio y la devoción de los feligreses allí congregados.

Al salir de allí nos dirigimos callejeando hasta la Alameda de Hércules y nos sedujo el ambiente festivo y familiar que se respiraba, así que decidimos quedarnos allí un buen rato y comer allí tranquilamente. Ya por la tarde bajamos de nuevo hacia el río. Nuestra intención era cruzarlo y caminar hacia la zona de la Expo’92, pero pronto nos dimos cuenta de que el tiempo se nos echaba encima (se acercaba peligrosamente la hora del vuelo) y que quizás no mereciera la pena coger un autobús y plantarse allí para verlo todo corriendo y sin poder disfrutarlo. Así que decidimos dejarlo para una segunda visita a la ciudad y simplemente disfrutar del par de horitas que nos quedaban tranquilamente haciendo algunas compras antes de ir a recoger el equipaje y encaminarnos de nuevo hacia el aeropuerto. Con lo que dejamos atrás de nuevo la tranquilidad y el sosiego sevillanos para volver a la marabunta barcelonesa y con ello al trabajo y la rutina diaria.

 Valoraciones

Sevilla es una ciudad muy bonita que sin duda merece la pena visitar. Estuvimos tres días y no vimos ni mucho menos todo lo importante de la ciudad, dejándonos cosas importantes en el tintero, aunque hay que reconocer que tampoco queríamos estresarnos demasiado en este viaje. Un destino más que recomendable para un viaje de 4 o 5 días.


 Lo mejor del viaje

- Los Reales Alcázares. Simplemente breathtaking como dirían los ingleses.
- El barrio de Santa Cruz, sus callejuelas y su ambiente y sobre todo sus bares donde desayunar, comer y cenar.
- El ambiente en la Alameda de Hércules el domingo por la mañana, capaz de hacer que unos turistas se olviden de visitar y se sienten simplemente a disfrutar de una mañana de domingo.


Lo peor del viaje
- La Torre del Oro. Probablemente esté haciendo mal al ponerla en este apartado, porque está claro que no fue lo peor del viaje, pero quizás sí lo más decepcionante.
- Alguna zona colindante al Guadalquivir por la que empezamos a caminar el último día y que daba bastante “mal fario”. Todas las ciudades tienen sus barrios o zonas “menos recomendables”, pero la sensación de perderse en una de ellas sólo con tu novia no se la deseo a nadie.

Galería de fotos

 

Sevilla

sábado, 8 de junio de 2013

Zaragoza. La ciudad a orillas del Ebro

Zaragoza, a orillas del Ebro, es cruce de caminos, lugar de encuentro. Zaragoza ofrece un rico patrimonio histórico-artístico, fruto de sus más de dos mil años de historia. Iberos, romanos, musulmanes, judíos y cristianos han dejado huella de su paso por la capital, haciéndola merecedora del título de Ciudad de las Cuatro Culturas. En ella podemos degustar como en ningún sitio el arte mudéjar y deleitarnos con la Aljafería, la Seo o la Basílica del Pilar.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 1 día
Fecha: Agosto de 2011
Destinos visitados: Zaragoza.
Transporte: Coche

Descripción del viaje


Más que un viaje, la visita a Zaragoza fue una parada obligatoria que nos marcamos Maria y yo, aprovechando que nos caía de paso en nuestro desplazamiento al pueblo de mi madre (Palanquilla, cerca de Calatayud). ¿Por qué? Pues porque muchas veces habíamos estado en esta ciudad, normal si se tiene en cuenta que tengo allí familia cercana, pero siempre íbamos con algún motivo concreto: a celebrar el puente del Pilar, a una boda, de visita por Navidades, etc. Habíamos estado muchas veces, pero nos dimos cuenta de que nunca habíamos aprovechado para hacer turismo en esta ciudad y había muchos de los grandes atractivos de la ciudad que aún no habíamos visitado.

Así pues decidimos que ya era hora de pararnos en la capital aragonesa un día, sin otros quehaceres que el de visitar tranquilamente sus rincones más emblemáticos y disfrutar de un día de turismo.

La jornada había empezado a primera hora en Sant Cugat. Al final entre que nos levantamos, adecentamos un poco el piso, cargamos las maletas, cortamos el agua, etc. no pudimos salir de allí antes de las 10 de la mañana. Hasta Zaragoza, yendo por autovía y atravesando los Monegros, las 3 horas de conducción no nos las quitó nadie. Así que llegamos a la capital maña un poco pasadas la una del mediodía. Salimos de la autopista y fuimos siguiendo los carteles indicadores que marcaban la “Basílica del Pilar”. Al final tuvimos suerte y encontramos un lugar para aparcar cerca del casco histórico. Era zona azul y teníamos que pagar, pero estando tan cerca de todo lo que queríamos visitar no era cuestión de racanear. A media tarde teníamos que salir para llegar a cenar a Palanquilla, con lo que el tiempo era oro y no podíamos desaprovecharlo.

Nos encaminamos hacia la Plaza del Pilar, pero antes de llegar allí decidimos pararnos en una pizpireta placita detrás de una iglesia, en la que varios restaurantes servían sus viandas en sus terrazas, bajo la agradecida sombra de unos árboles. Parecía un rinconcito agradable y debíamos pararnos a comer en algún momento. Éste, antes de empezar a visitar nada, era tan bueno como otro cualquiera, así que nos sentamos y nos dispusimos a disfrutar de la comida.

Comimos bien, unas tapas, nada demasiado copioso para que luego no nos diera pereza el movernos e ir de visita. Acabamos de comer, pagamos y esta vez sí, definitivamente, nos encaminamos hacia la Plaza del Pilar. La plaza es un espacio enorme, peatonal y muy cuidado en el que dan ganas de pasear o sentarse en un banco a tomarse un helado bajo el tórrido sol estival. Pese a ello, nos sobrepusimos a la tentación y empezamos la visita turística. Nuestro primer objetivo era la Seo, pero la primera en la frente, ésta estaba cerrada a esas horas (no recuerdo el motivo) y no la abrían hasta la tarde. Bueno, tampoco era un gran contratiempo, era cuestión de replanificar la visita y volver allí mediada la tarde.

La plaza del Pilar, con la Basílica a la izquierda y la Seo al fondo

Así pues, pasando por enfrente del edificio de la Lonja, nos encaminamos a la segunda catedral de la plaza (es curiosísimo que haya dos catedrales a apenas 100 metros de distancia una de otra), la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. La basílica es enorme, profusamente decorada en su estilo barroco y perdimos un buen tiempo en sus rincones, admirando desde el altar mayor hasta las pinturas de Goya que salpican aquí y allí la catedral. No pudimos irnos de la basílica sin antes postrarnos unos minutos a orar frente a la pequeña estatua de la Virgen. Incluso para los que como yo no somos creyentes, hay que reconocer que el lugar desprende un aura especial de tranquilidad que parece invitar a ello.

Salimos de nuevo al calor de la plaza y nos dirigimos hacia el otro extremo, hacia la Fuente de la Hispanidad. De cerca, su peculiar estructura granítica, resulta bonita pero extraña. Te preguntas por qué habrán construido una fuente con tan extrañas formas. Luego te lo explican y lo entiendes todo, y la fuente alcanza una nueva dimensión, alcanza el nivel de arte.

La fuente de la Hispanidad vista desde el cielo, con la forma de América Latina

Igualmente no nos detuvimos demasiado allí y nos encaminamos hacia el Torreón de la Zuda, en cuyo interior se encuentra una de las oficinas de turismo de la ciudad. Pudimos recabar allí información importante, especialmente la ubicación de la Aljafería que iba a ser nuestro siguiente destino. Lo bueno del Torreón es que puedes ascender sus empinados escalones hasta la terraza del mismo y disponer desde allí de unas buenas vistas de la Plaza y de los restos de las antiguas murallas romanas de César Augusto.

Al salir del Torreón de la Zuda, ya disponíamos de un mapa de la ciudad, así que nos encaminamos hacia el Palacio de la Aljafería, bordeando el río Ebro hasta la Plaza de Europa y de allí al recinto de la Aljafería en el barrio de la Almozara, actual sede del Parlamento de las Cortes de Aragón. Lo primero que me llamó la atención es la enormidad del palacio fortificado, no me esperaba algo así allí en medio de la ciudad, la verdad. Paseamos un poco por sus jardines aledaños y luego nos dirigimos a la entrada para comprar nuestros tickets. Tuvimos suerte y había una visita guiada que empezaba en breve, así que decidimos apuntarnos al ya numeroso grupo que había para la misma. Fue una sabia decisión.

La visita guiada fue espectacular. Contar con un historiador que te va desgranando con maestría las historias y leyendas dentro de la amplia trayectoria del recinto, no tiene precio. Realmente el Palacio de la Aljafería es lo que más nos gustó de Zaragoza, más incluso que las mucho más conocidas Seo y Basílica del Pilar. Este castillo-palacio fue construido originalmente por los árabes, durante el esplendor de los Reinos de Taifas, aunque tras la Reconquista pasó a manos cristianas que, dada su belleza, en vez de destruirlo lo adoptaron como residencia real y emplearon grandes esfuerzos en su remodelación y ampliación.

Al final la visita acabó llevándonos por patios y salas de estilos árabe, mudéjar y renacentista, cada una con sus peculiaridades, encantos y su propia historia o leyenda detrás. Cuando salimos del palacio, nos dimos cuenta de lo tarde que era ya. El tiempo había volado entre las estancias de la Aljafería, comiéndose prácticamente todo el rato del que disponíamos para visitar la ciudad. En cualquier caso no estábamos ni un ápice de arrepentidos de cómo habíamos acabado invirtiendo ese tiempo.

Patio de Santa Isabel en el Palacio de la Alfajería

Volvimos apresurados y a grandes zancadas hacia la Plaza del Pilar, deshaciendo camino. Teníamos pendiente la visita a la Seo. Llegamos allí y nos encontramos a un hombre en la puerta que, serio como un palo nos dice un “No se puede entrar, se está oficiando misa y están prohibidas las visitas mientras dura la ceremonia”. Mis pensamientos se redujeron a un simple “¡No puede ser verdad!” lleno de frustración, por suerte Maria es mucho más rápida y viva que yo para estas cosas y le espetó casi de inmediato un “No, si nosotros venimos a la misa”. La cara del hombre era un poema, allí estábamos nosotros, con las gafas de sol, los pantalones cortos y el mapa turístico de Zaragoza en la mano, más pinta de turistas imposible, pero ¿qué iba a hacer el hombre? ¿Llamarnos mentirosos a la cara? Así que no tuvo más remedio que apartarse y flanquearnos el acceso al interior de la Seo.

Igualmente tampoco pudimos visitar la catedral con el tiempo y la dedicación que se merecían. Sabía mal molestar a los creyentes allí congregados en el momento de la misa, no somos tan descastados. Nuestra movilidad era reducida para no molestar y, por desgracia, durante el oficio se apagan las luces que alumbran la mayoría del interior, dejando iluminada sólo la parte donde se celebra la misa, con lo que tampoco podíamos deleitarnos en exceso en los detalles ornamentales de las capillas.

En definitiva, acabamos abandonando rápido la catedral. La visita nos había servido para hacernos una idea global de la misma, pero dadas las circunstancias no habíamos podido gozarla como era debido. Bueno, con todo teníamos un buen motivo para poder pararnos en la capital aragonesa en alguna otra ocasión.

Salimos de la Seo y nos desplazamos de nuevo hasta donde el coche se encontraba aparcado para iniciar de nuevo lo que quedaba de viaje hasta Malanquilla.

Valoraciones

La verdad es que no sabía si escribir esta entrada o no, pues al final más que un viaje, fue una escala para hacer turismo en una ciudad que nos caía de camino cuando íbamos al pueblo de mi madre. Sin embargo, creo que pese a la necesaria brevedad de la visita, pudimos disfrutar de una experiencia magnífica. Cualquier rincón del mundo es digno de ser visitado desde el punto de vista del turista, dejando de lado si ya has estado allí otras veces, disfrutando de descubrir los pequeños detalles, y si lo haces acabas redescubriendo ese sitio y viéndolo de nuevo con ojos encandilados.

Lo mejor del viaje

- Sacar un poco de tiempo para hacer turismo en una ciudad en la que has estado varias veces pero con otros objetivos, un ejercicio la mar de sano y entretenido
- La visita guiada al Palacio de la Aljafería

Lo peor del viaje

- Haber perdido todas las fotos del viaje. De verdad que no sabemos dónde las hemos metido y eso en mí es normal, pero en Maria…
- No haber podido visitar el interior de la Seo con tranquilidad, nos daba algo de corte hacerlo mientras hacían misa