Carcassone - Francia

Rampa de acceso a la ciudadela medieval de Carcassone. La ciudad fue uno de los bastiones de los cátaros durante la infausta cruzada albigense.

Venecia - Italia

Si algo caracteriza a Venecia a parte de sus canales son los Carnavales y sus gentes escondidas detrás de las míticas y enigmáticas máscaras.

Borneo - Indonesia

Borneo es una de las islas más salvajes del archipiélago de Indonesia. Sus caudalosos ríos remontan sepenteantes las densas junglas y remontarlos para ver orangutanes salvajes es una experiencia imborrable.

Lisboa - Portugal

Maravilloso interior de estilo manuelino del Monasterio de los Jerónimos de Santa María de Belém, en la capital del Reino de Portugal.

Sevilla - Andalucía

Puesta de sol sobre las tranquilas aguas del río Guadalquivir, con la preciosa Torre del Oro ya iluminada en el extremo derecho de la foto.

viernes, 13 de marzo de 2020

El Tirol. Un bello jardín entre cumbres nevadas

Nuestros últimos viajes familiares se han caracterizado por ser todos de un mismo corte, regiones montañosas con mucha naturaleza y clima suave. El Tirol entraba dentro de este patrón y si repetimos por algo será. Recorrer los montañosos paisajes de esta región austríaca es estar permanentemente dentro de la más idílica de las postales. El verde de la hierba, el azul del cielo, el blanco de las cumbres nevadas y el marrón de la madera de sus casas componen una policromía que ningunos ojos deberían perderse.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén, Maria de la Roca, Alba y Abril
Duración del viaje: 8 días
Fecha: Septiembre de 2019

Destinos visitados: Munich y el Tirol austríaco
Transporte: Avión y coche de alquiler

Descripción del viaje

Sábado 31-08-2019 - Llegada a Munich


Iniciamos el viaje familiar al Tirol con algo de miedo en el cuerpo. Por un lado era el primer viaje de Abril, nuestra hija pequeña, y no sabíamos cómo reaccionaría a los largos desplazamientos en coche, jornadas largas de visitas, etc. Por otro lado, la predicción meteorológica era nefasta. Poco antes de salir marcaba lluvia en 6 de los 8 días del viaje.

Aún así, cogimos el avión con los ánimos altos, nos lo pasaríamos bien, con lluvia o sin ella. Nuestro avión salí pronto de El Prat, en dirección a la ciudad alemana de Múnich, que acaba siendo el aeropuerto más económico de los que quedan cerca del Tirol. Nuestra idea era aprovechar ese primer día para visitar algo de la capital bávara, pues varias personas nos habían recomendado su visita.

Llegamos a Múnich sin incidencias y pasamos a recoger nuestro coche de alquiler. Aquí tuvimos nuestra primera sorpresa, que sorprendentemente (¡toma redundancia!) resultó ser positiva. Nos asignaron un coche más grande del que traíamos alquilado desde casa, un Ford Focus C-Max que tenía un enorme maletero que nos fue de perlas para llevar el cochecito y los enormes maletones con la ropa de las niñas.

Con un coche en nuestro poder, nos encaminamos hacia el centro de la ciudad de Múnich. Dejamos el coche en el aparcamiento de un centro comercial, el EatItaly. La ubicación era buena y resultaba imposible dejar el coche en la calle, ya que en las zonas céntricas el estacionamiento está limitado a un máximo de 2 horas. 

El EatItaly está situado al lado de una de las atracciones turísticas de la ciudad, el Viktualienmarkt. Éste era originalmente el mercado de los agricultores locales pero se ha convertido ahora en un enorme mercado de frutas, verduras, comida artesanal, flores y restaurantes, que se venden desde más de 140 puestecillos desperdigados de forma permanente por una enorme plaza. El sitio es bastante animado y muy concurrido, pero no tiene nada más de especial a parte de su enorme ambiente. Decidimos volver allí para comer y encaminarnos a nuestro siguiente y cercano destino, la Marienplatz.

La plaza de Santa Maria, que es la traducción al castizo de su nombre, es la plaza principal de la ciudad y congrega el mayor número de monumentos por metro cuadrado de la urbe. Como nosotros llegábamos desde el sur, lo primero que nos encontramos fue el Ayuntamiento Viejo (Altes Rathaus) con su alta torre y su fachada de techo escalonado al estilo flamenco. Aunque el original data del s.XIV fue totalmente destruido en los bombardeos de la 2ª Guerra Mundial y el actual es una reconstrucción del original.

Obviamente, si se especifica que es el ayuntamiento viejo es porque también está el nuevo (Neues Rathaus) que es sin duda el edificio más llamativo de la plaza, y probablemente de la ciudad. Llama mucho la atención con su larga fachada de casi 100 metros, profusamente decorada con estatuas, torretas, arcos y balconcillos decorados con flores. Visualmente parece un edificio medieval, pero curiosamente no lo es ni mucho menos, pues no fue construido hasta finales del siglo XIX.

En la torre del ayuntamiento hay uno de esos relojes tan espectaculares con autómatas que se mueven mientras dan las horas. Por lo que habíamos leído el show del reloj sólo se activa a las 11:00 y a las 12:00. Nosotros ya llegamos demasiado tarde, así que nos quedamos sin ver el espectáculo.

También en la plaza hay una preciosa fuente y un pilar con una imagen de la Virgen y obviamente gran cantidad de restaurantes y bares con terrazas invadiendo la plaza. El ambiente es espectacular a cualquier hora. Vista la plaza, decidimos ir a comer, nuestra idea era ir al Viktualienmarkt pero a esas horas resultó virtualmente imposible encontrar un hueco en las mesas que allí se disponen para los que compran algo de comer en alguno de los puestecillos. Dado que queríamos sentarnos acabamos comiendo unos trozos de pizza dentro del EatItaly.

Nuestro principal objetivo después de comer era ir a visitar la Munich Residenz. Decidimos ir dando un poco de vuelta hasta allí, para así poder ver, aunque sólo fuera por fuera algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad como la Frauenkirsche (la catedral) o el Teatro Nacional. En cualquier caso nos plantamos en la Odeonplatz, la plaza donde se encuentra la entrada al complejo palaciego de la Residenz, bastante rápido.

La Residenz fue la residencia oficial de los duques y monarcas bávaros desde finales del siglo XIV hasta los primeros años del XX. Lo que empezó como un modesto castillo, acabó siendo el palacio urbano más grande de la actual Alemania. Tienes dos modalidades de entrada, la general, que cuesta unos 7€ y la que incluye también el acceso al Tesoro y al Teatro que asciende hasta los 13€. Preguntando, nos dijeron que la visita general llevaba tranquilamente unas 2 horas completarla, mientras que la completa podría llevarte alrededor de unas 4 horas. Dado que nosotros aún debíamos hacer más de dos horas de coche hasta el Tirol esa misma tarde y no queríamos llegar muy tarde nos decidimos por la entrada general, que es la que da acceso a lo que era el complejo residencial. Fue una visita que me encantó y que Roca y yo disfrutamos como enanos, aunque he de reconocer que a Alba se le hizo bastante larga la visita. Me parece una visita imprescindible en la capital bávara.

Al salir de la Residenz fuimos a buscar de nuevo el coche y esta vez sí ya partimos hacia el destino principal de nuestro viaje, el Tirol austríaco. El viaje dura aproximadamente unas dos horas y media, teniendo que parar en alguna de las gasolineras cercanas a la frontera para poder comprar la viñeta que te permite circular por las autopistas austriacas. Al final, llegamos a nuestro destino en la pequeña población de Hart im Zillertal cuando empezaba a oscurecer. Nos hospedábamos en Hauser's Ferienhof, unos pequeños apartamentos que se alquilan allí durante todo el año, ya que la población está muy cerca de los remontes que llevan a las estaciones de esquí. La suerte nos sonrió y la ocupación que tenían era tan baja que el dueño decidió que nos daba un apartamento más grande ya que así estaríamos más cómodos con las niñas. La verdad es que no sé cómo era el original que llevábamos contratado, pero con el upgrade acabamos en un apartamento enorme y muy nuevo que cubría con creces cualquier necesidad que pudiéramos tener.



Domingo 01-09-2019 -  Wolfsklamm y Achensee

Nuestro primer día en el Tirol coincidía en domingo, así que seleccionamos nuestro destino en base a eso, buscando lugares que abrieran en el día del Señor. Además nos había salido un día de sol radiante, pese a las pésimas predicciones meteorológicas que habíamos visto antes de salir de Sant Cugat, así que preferimos hacer una actividad outdoors, las cuales con lluvia siempre dan mucha más pereza.

Empezamos pues nuestro día con la visita a Wolfsklamm, la garganta del lobo, un bonito paraje que se encuentra en la población de Stans. Según tengo entendido el parking que hay justo al lado de la entrada a la garganta es de pago, sin embargo nosotros tuvimos la "suerte" de que éste estuviera lleno, así que tuvimos que irnos a otro que está más alejado (a unos 7 u 8 minutos a pie) pero que en este caso era gratuito.

El acceso a la garganta se paga en una pequeña garita de madera y si no recuerdo mal costaba unos 5 euros. Los primeros pasos son bastante engañosos. Empiezas a caminar por un sendero de montaña, ascendiendo, pero bastante alejado del río, que siempre escuchas de fondo, pero no acabas de ver. El rato que pasas así andando, sin ni tan siquiera ver el río no es pequeño.

Aún así, es un peaje que hay pagar para llegar a la parte interesante. Al cabo de un rato, el sendero y el río acaban confluyendo y ahí empieza realmente lo bueno. El recorrido sobre el río se hace mediante un sistema de pasarelas que cuelgan de las paredes de la garganta, puentes que cruzan el río y algún pequeño túnel que atraviesa la propia montaña. El algunas zonas la garganta se va estrechando hasta el punto de que las parece que las paredes se abalancen sobre los excursionistas. El río, dependiendo de la zona, baja en sonoros rápidos o se remansa en pequeñas pozas de aguas turquesa.

Conforme vas avanzando, el camino empieza a subir en una sucesión interminable de escalones. En esta zona más empinada, el agua empieza a caer en pequeñas cascadas. El lugar es precioso, tanto como otras experiencias similares como la de las gargantas del río Aare en Suiza.

Después de mucho subir llegas al final de lo que es la garganta en sí. Desde allí si sigues el camino puedes acercarte hasta el convento de St. Georgenberg, que había leído era pintoresco. Sin embargo, al haber hecho todo el trayecto a ritmo de las niñas, a nosotros se nos hubiera hecho muy tarde si nos acercábamos al convento, así que decidimos dar marcha atrás en ese punto después de descansar un poco. Aún sin llegar al convento, la experiencia es plenamente satisfactoria, lo importante lo habíamos visto todo.

Desandamos el camino y al salir de las gargantas nos fuimos directos a buscar un restaurante. Comimos en el propio Stans, en el Gasthof Das Marschall. Un lugar precioso con un amplio parque de juegos para niños y comida muy rica. Plenamente recomendable.

Por la tarde nos acercamos al Lago Achensee, el mayor lago natural del Tirol. Llegamos al lago ya tarde, lo cual tuvo dos ventajas: primero, que el aparcamiento nos salió ya gratis (deja de pagarse a partir de las 18.00) y segundo que la mayoría de autóctonos, que normalmente plagan sus orillas que utilizan como nosotros la playa, se habían recogido ya para sus casas. Así pues pudimos disfrutar tranquilamente del enclave, un lago que al estar entre enormes montañas y ser alargado parece un fiordo.


El idílico lago Achensee

Jugamos en su orilla e incluso intenté meterme en el agua, un intento abortado a la altura del ombligo ya que pese a la época del año, el agua que proviene directamente del deshielo de los cercanos glaciares no pasa de los 19 grados. Hubiéramos alargado más, pero de repente el cielo se empezó a encapotar y un viento húmedo empezó a rizar las hasta ese momento calmadas aguas del lago. Eran las primeras señales que presagiaban la lluvia, así que nos pusimos de nuevo la ropa y nos acercamos hasta el coche para volver de nuevo hacia el apartamento, hacer unas compras y cenar.

Lunes 02-09-2019 - Swarovski Kristallwelten y Hall in Tirol

Si el día anterior había terminado con los primeros indicios de lluvia, éstos se habían consolidado por completo durante la noche. El cielo era una capota gris sin fin y la lluvia caía copiosa sobre los cristales del apartamento. Buscamos si en alguno de los destinos más alejados, como Salzburgo, la previsión meteorológica era algo mejor. Nada más lejos de la realidad, parecía que toda Austria estuviera bajo una enorme nube.

Así pues tiramos de nuestro primer plan de emergencia para días inclementes (siempre va bien tener alguno en la recámara cuando viajas) y nos dirigimos al Swarovski Kristallwelten en el pueblo de Wattens. Suerte que está bien indicado, porque realmente si no hubiera costado creer al navegador, pues este turístico destino se encuentra en medio de un polígono industrial.

Aparcamos en el parking propio, que es gratuito y nos acercamos a las taquillas, donde nos llevamos el primer susto. El ticket de entrada para ver el museo y tener acceso a todo el complejo costaba 19 euros por cabeza. Las niñas entraban gratis por tener menos de 6 años. Estuvimos debatiendo si entrar o no, pues nos parecía extremadamente caro y siempre estaba la alternativa de visitar exclusivamente la tienda que es gratuito, pero ya que estábamos allí y lloviendo no teníamos muchas alternativas, decidimos adquirir las entradas.

Accedimos pues a la zona del museo. Yo no sabía muy bien qué esperar del mismo. Realmente se trata de una sucesión de instalaciones de arte contemporáneo que tienen cierta relación con los cristales de la marca austriaca, algunos muy central, otros sin duda más tangencial. La visita se hace en una hora y media, dos a lo sumo, en función de lo que cada uno le guste recrearse en las instalaciones. Al terminar, el museo acaba desembocando en la inevitable tienda. Increíblemente Roca aguantó la tentación y no nos trajimos ningún cristalito de recuerdo para Sant Cugat.

Al salir de la tienda comprobamos con alegría que la lluvia había remitido bastante. Seguía cayendo alguna gota suelta, pero con un impermeable apenas se notaba. Así que aprovechamos para hacernos las fotos de rigor con la cabeza del gigante que echa agua por la boca y que se ha convertido en el símbolo del lugar y luego nos dirigimos a la parte de los jardines que está cerrada en exclusiva para los que han comprado la entrada al museo.

Esta zona es un pequeño paraíso para los niños, con zonas de juegos, un laberinto, un tiovivo gratuito y un edificio entero lleno de enormes toboganes, cuerdas y cualquier cosa que un niño pueda soñar. Allí Alba pasó probablemente los mejores momentos de todo el viaje. Cuando conseguimos arrancarla de allí ya se había hecho tarde, así que comimos directamente en el restaurante que hay dentro del Swarovski Kristallwelten. Como el resto del lugar caro para lo que ofrecía.

Bien, terminado el ágape y la visita a los mundos de Swarovski, y aprovechando que definitivamente la lluvia había cesado, nos dirigimos a nuestro siguiente destino, la pequeña población medieval de Hall in Tirol.

Aparcamos el coche en la parte baja del pueblo, cerca del castillo, y nos dirigimos caminando hacia la plaza principal de la villa, la Oberer Stadplatz, una zona adoquinada donde se concentran la mayoría de los lugares de interés de la población. Nos sorprendió que no hubiera apenas turistas, supongo que por la combinación de ser ya tarde y que había llovido prácticamente todo el día. En la plaza se encuentra el ayuntamiento de la población, con sus pequeñas almenas decoradas con escudos de armas pintados. Justo frente al ayuntamiento se alza la Iglesia de St. Nikolaus, ésta estaba abierta y pudimos ver su interior, bastante interesante  con sus ornamentaciones barrocas.

Nuestro siguiente destino fue la Capilla de Santa Magdalena, que está justo al lado de la iglesia que acabábamos de visitar, pero algo escondida (es relativamente fácil obviarla). Además la puerta estaba cerrada y fue sólo por casualidad que se me antojó empujar y descubrimos que podía accederse sin problemas. Y hubiera sido una pena no entrar, porque para mí es uno de los rincones más bellos del pueblo. Es minúscula y como punto central del pequeño espacio se levanta un altar de mármol sobre el que descansa un pequeño tríptico en madera del periodo gótico. Pero sin duda lo que más llama la atención del lugar son los preciosos frescos pintados sobre una de las paredes que representan escenas de la Resurrección por un lado y del día del juicio final por otro. Una auténtica maravilla, sobretodo la segunda.


Frescos de la capilla de Santa Magdalena
Continuamos caminando por las lindas calles de Hall in Tirol. Nuestro siguiente destino era la iglesia de los jesuitas, que habíamos visto en algún blog que tenía un interior igual de interesante que la de San Nicolás. Aunque aquí no tuvimos suerte, la iglesia ya estaba cerrada. Tras eso bajamos de nuevo a la parte baja del pueblo, a visitar el castillo, al que también se le conoce como la Casa de la Moneda, ya que allí durante la Edad Media se acuñaron monedas. Pero de nuevo lo encontramos cerrado por el horario (en Austria es difícil encontrar nada abierto pasadas las 17:00 o 18:00 como mucho) así que no pudimos visitar el pequeño museo que hay allí sobre el tema.

Como otros días, al ver que ya no encontraríamos cosas abiertas, decidimos ir a comprar cuatro cosas y retirarnos al apartamento a recobrar fuerzas.

Martes 03-09-2019 - Innsbruck


Todo viaje que se precie a la zona del Tirol no está completo sin una visita a la bonita capital de la región, Innsbruck. y ése era nuestro plan para ese martes, que en principio se anunciaba lluvioso pero que se acabó convirtiendo en un bonito día de sol radiante.

Aparcamos en el parking que se encuentra bajo el casino de la ciudad, lo que nos dejaba prácticamente al lado de la famosa Maria-Theresien-Strasse, la arteria comercial principal de la ciudad, llena de bullicio y gente paseando entre esos comercios que, por desgracia y mediante la terrible globalización, no se diferencian en nada de los que podemos encontrar en cualquier otra ciudad europea. Entre tienda y tienda ya puedes ir degustando los primeros edificios de estilo barroco y pequeñas perlas como la columna de Santa Ana. En cualquier caso el premio gordo te lo encuentras al final de la calle, cuando ya has llegado al Altstadt, la ciudad vieja de Innsbruck.
Allí en una pequeña intersección en forma de T, te encuentras con el famosísimo Tejadillo Dorado, que sin duda es el símbolo de la ciudad. El tejadillo cubre un amplio balcón en la Neuer Hof, un palacio del siglo XV. Algunos lo llaman el Tejadillo de Oro, pero el término Dorado es más adecuado, porque las tejas son de cobre dorado al fuego no de oro (aunque eso no exime que cada de las más de 2600 que hay esté tasada casi en 1500€).

Ese rincón al lado del Tejadillo Dorado es mágico, pues en apenas unos metros se encuentran el antiguo ayuntamiento, la torre de la ciudad, o las bellamente decoradas Helblinghaus y Katzunghaus, Perder allí unos buenos minutos, intentando captar los pequeños detalles de esos edificios es poco menos que obligatorio.

Desde allí nos dirigimos hacia el río Inn y el puente que lo cruza. Sobre el puente se tiene una bonita vista de las cadenas montañosas circundantes, pero más allá del mismo tampoco hay nada de especial interés, así que dimos la vuelta y nos dirigimos al Hofburg, el palacio imperial construido en el siglo XVI por Maximilano I, aunque su actual estado depende más de las reformas al estilo rococó vienés que se hicieron durante el reinado de la emperatriz Maria Teresa. El palacio es muy bonito, quizás no llegue a la excelencia de la Residenz munichesa, pero es sin duda una visita muy recomendable.

Salimos bastante tarde del Hofburg y nos fuimos de inmediato a comer, en la terraza de un pequeño restaurante italiano muy cerca del Tejadillo y cuyos precios no eran para nada exagerados, la verdad nos esperábamos que cobraran más aunque sólo fuera por la ubicación.

Después de comer tuvimos que decidir qué visitaríamos después. Nos quedaban varios puntos de interés como la Hofkirche y su impresionante monumento fúnebre o el mítico trampolín de saltos de esquí de Bergisel. Pero desestimamos ambos opciones en favor de la visita al Castillo de Ambras. Se trata de un castillo del siglo X, reformado por el archiduque Fernando II para exponer su colección de obras de arte, lo que convierte en uno de los museos más antiguos de Europa.


Panorámica del Castillo de Ambras

La visita al castillo fue algo agridulce. Habían tenido un apagón que hacía que las partes más recomendables del castillo, como la Cámara del Arte y las Maravillas, no se pudieran visitar. Obviamente nos hicieron un precio especial que nos permitió visitar el resto de partes funcionales del castillo, básicamente la enorme pinacoteca especializada en retratos que allí se expone. La colección es impresionante, aunque tuvimos que visitarla con enormes prisas ya que, como no, el castillo cerraba pronto. Como mínimo, después pudimos disfrutar de sus bonitos jardines de estilo inglés, que se mantienen abiertos mucho después de que cierre el castillo.


Desde allí, directos a reponer algunos suministros al supermercado y de vuelta al apartamento, dando fin a otro día maravilloso.

Miércoles 04-09-2019 - Cascadas Krimml

Desde Sant Cugat veníamos con un plan marcado en rojo en el calendario del viaje, la visita a las exuberantes Cascadas Krimml en el parque nacional de Hohe Tahuern y el hecho de que amaneciera un día de sol radiante nos reafirmó en que era el día ideal para acercarnos hasta allí.

Es curioso que, cuando vas a acceder al Parque nacional en coche, has de pasar por un peaje y pagar por acceder al mismo. Este acceso no está incluido en la viñeta que permite circular por el resto de autopistas y no deja de ser un impuesto encubierto para sufragar los costes de mantenimiento del parque. Una vez pasado acabas llegando al pueblo de Krimml donde al lado de la misma carretera se despliegan los diferentes parkings donde puedes dejar el coche (previo pago of course) durante todo el día mientras visitas las cascadas.

De justo al lado de los aparcamientos, sale un camino asfaltado que lleva propiamente a las cascadas, pero para acceder a ellas de nuevo hay que pagar entrada en una garita. Por fin estábamos dentro del complejo, aunque yo ya andaba algo mosqueado por haber tenido que pagar 3 veces antes de ver nada en absoluto, aunque desde la taquilla ya se escuche el fuerte rumor del agua golpeando contra las rocas del suelo. El camino que lleva hasta la base de la cascada es corto, plano, ancho y asfaltado y hay mucha gente con problemas de movilidad (sillas de ruedas, jubilados, madres con cochecitos...) que hace sólo este parte de la visita.

Una vez en la base, la vista de este espectáculo de la naturaleza es sobrecogedora. Te encuentras en la base del último de los tres saltos que conforman estas cascadas y que entre todos hacen 380 metros de caída, las más altas de Europa y las quintas del mundo. El agua golpea con fuerza las piedras de la base con un ruido ensordecedor y el aire está lleno de minúsculas partículas de aire que hacen que el paseo sea muy agradable, sobretodo en un día de verano en el que el sol picaba de lo lindo como aquel.

Pero claro, nosotros pese a ir con dos niñas no íbamos a quedarnos sólo en la base, así que retrocedimos un poco y enfilamos el camino panorámico que conduce desde allí hacia el valle de Krimmler Achental y que asciende casi 400 metros de desnivel bordeando las caídas de agua. A lo largo del trayecto han construido varias plataformas de observación desde las que se puede ver (y fotografiar) las cascadas de muy cerca. Y en un día soleado como aquel, las partículas de agua en suspensión dispersaban la luz del sol, formando preciosos arcoíris que ponían una maravillosa guinda a las ya espectaculares vistas.

Comimos por el camino, unos bocadillos y fruta que habíamos traído y es que aunque hay un par de restaurantes por el camino, hacer un picnic para nosotros era parte de una experiencia integral, sin ello un hubiera sido lo mismo.

Eso sí, debo avisar que la dificultad de la excursión va in-crescendo. Empieza suavecita pero cada vez las pendientes se hacen más pronunciadas y claro, los niños se cansan de subir y encima hay que llevarlos encima. Nosotros subimos arriba del todo, hasta el nacimiento de la primera cascada y debo reconocer que, con Alba a hombros, fue extenuante. Visto en perspectiva yo recomendaría no subir hasta arriba del todo, pues desde allí las vistas no son nada del otro mundo, con llegar a la base de la cascada superior (que no es poco) ya sería suficiente para ver las cascadas desde todos los ángulos más fotogénicos.

Después de descansar un rato en la cima, iniciamos el retorno. En este caso es todo bajada y muy divertido para los niños. Retorno al coche y a casa de lleno. No había ánimos para nada que no fuera una bañera relajante. Nos la habíamos ganado a pulso.

Jueves 05-09-2019 - Salzburgo

El jueves decidimos dirigirnos a Salzburg, la ciudad natal de Mozart. El viaje es largo y llegamos allí ya avanzada la mañana. Dejamos el coche en un parking subterráneo al lado del Pferdeschwemme. En un enclave impresionante, a los pies de las escarpadas paredes del Monte Mönchsberg, se erige esta bonita y decorada fuente donde antaño se encontraban los baños para los caballos de las caballerizas reales. Lo bueno de la ubicación es que estábamos al lado del pleno centro de la ciudad.

Desde la fuente nos dirigimos a la cercanísima Plaza de la universidad, presidida por la imponente silueta de color blanco de la Kollegienkirche, una iglesia de estilo barroco erigida para la universidad benedictina local. En esta plaza depende del día puede encontrarse un interesante mercado, pero nosotros no tuvimos suerte y ese jueves no había nada.

Desde allí, a través de una estrecha calleja acabamos accediendo a la Plaza de la catedral. La catedral de Salzburgo data del siglo XVII y es de estilo barroco. Seguramente no tenga uno de los exteriores más atrayentes que hayas visto, su fachada es bastante sobria, pero el interior es bastante interesante de visitar, más si se tiene en cuenta que el acceso es gratuito. El interior de la cúpula central es uno de los elementos más bonitos de esta construcción.

Una de las fachadas de la propia catedral da a la espectacular Residenzplatz, sin duda la plaza más importante y concurrida de la ciudad. Esta enorme plaza está rodeada de impresionantes edificios, desde la propia catedral a la vieja y la nueva residencia, majestuosos edificios que acogen ahora museos de diferentes tipos. Pero está claro que si hay dos cosas que destacan en esta coqueta plaza son la impresionante fuente central, con sus complejas esculturas de caballos y delfines, y por otro los fiakers, nombre local de los carruajes de caballos típicos para turistas que te pasean por toda la ciudad. Mucha piedra tuvimos que picar para convencer a las niñas que montarnos no era una opción y evitarnos el pertinente sablazo.

Desde la Residenzplatz enfilamos hacia la calle más famosa de Salzburgo, la Getreidagasse, famosa por su aire medieval y por los carteles de los diferentes comercios, todos con ese trabajo de herrería recreando los que históricamente había por toda la ciudad. Es más, en esta calle están prohibidos los carteles modernos como los neones, así que hasta tiendas como Zara o McDonalds tienen su propio cartel "medieval". 

Comimos en un restaurante especializado en pescado en la propia Getreidagasse, justo al lado del Museo de la casa natal de Mozart, que fue nuestra primera visita después del ágape. En esta casa nació el famoso compositor y se ha convertido en un museo dedicado a su persona, donde te enseñan cómo vivía y objetos de su infancia y adolescencia. Personalmente no me gustan especialmente este tipo de museos y a mi se me hizo algo larga la visita, pero Roca salió encantada, así que atribuiré mi percepción negativa a mis prejuicios, no a la calidad intrínseca del museo.

La visita nos tomó una hora larga. Al salir deshicimos algo de camino y nos fuimos a coger el pequeño funicular que sortea el enorme desnivel que hay desde esta zona de Salzburgo hasta la cima del risco en el que se eleva la Fortaleza de Hohensalzburg, la fortaleza más grande y mejor conservada de Europa y seguramente el edificio más emblemático de la ciudad. En las propias taquillas del funicular puedes entrar una especie de pack incluye la subida y bajada en el mismo y la entrada a la fortaleza. El propio funicular es una experiencia, aunque corta, bastante interesante en sí misma, sobretodo si vais con niños.

La fortaleza es tan grande que en su interior alberga una especie de mini-ciudad, con su plaza, su iglesia y otros edificios varios. Aunque quizás los más impresionante ya lo ves cuando llegas, y son las espectaculares vistas que se pueden disfrutar desde sus almenas: toda la ciudad y el río Salzach al norte, y la línea de los Alpes al sur. Tras deleitarnos con las vistas, accedimos al interior del castillo, ocupado actualmente por un museo de historia militar. Nos sorprendió que a Alba le fascinó todo aquello. Estaba encantada con mis explicaciones sobre armas, armaduras, bardas para caballos, mosquetes, granadas o ametralladoras, ya que el museo es muy amplio y completo y recorre todas las épocas en las que la fortaleza jugó un papel importante, es decir desde el medievo hasta la Primera Guerra Mundial. Una visita que a mí me gustó tanto como a Alba, así que ambos le damos nuestra entera recomendación.

Al salir de la fortaleza de nuevo al exterior nos dimos cuenta que en el largo tiempo que habíamos estado en el museo, había empezado a llover con ganas. Eran las seis de la tarde, las niñas estaban cansadas y estaba diluviando, así que aunque personalmente tenía ganas de acercarme a ver el palacio de Mirabell y sus famosos jardines, decidimos excluir éstos de nuestra visita. Nos despedimos de Salzburgo y retomamos el largo trayecto en coche de vuelta a Hart im Zillertal. Las niñas roncaban apaciblemente antes de dejar atrás la propia ciudad.

Viernes 06-09-2019 - Tratzberg y Alpbach


Este día lo teníamos guardado para ir a visitar los castillos del Rey Loco en Alemania. Sin embargo, cuando la noche anterior fuimos a comprar por anticipado las entradas (que íbamos sobre aviso que era mejor hacerlo así) nos topamos con que estas entradas anticipadas no se podían comprar de un día para otro. Así que la única opción que nos quedaba era presentarnos allí sin entradas y mirar de adquirirlas en las taquillas. Pero habíamos leído en varios blogs que las entradas que se venden allí suelen acabarse muy pronto y que mejor ir a primerísima hora ya que si no hay muchas posibilidades de que el viaje sea en vano. Con dos niñas pequeñas, el estar a primerísima hora allí parecía un imposible, más que nada porque estábamos a dos horas en coche y no íbamos a levantarnos a las seis de la mañana para llegar allí bien pronto. Obviamente, la expectativa de chuparse dos horas de coche para llegar allí y encontrarse que no había entradas aún apetecía menos. Así que con el mayor de nuestros pesares decidimos aparcar el plan y buscar una alternativa.

La alternativa escogida fue la visita al Castillo de Tratzberg, una pequeña joya del renacimiento que teníamos justo al lado del apartamento y que estuvimos a punto de perdernos por que, extrañamente, no parece estar en las rutas más usuales que visitan el Tirol. Y recalco lo de extrañamente porque se trata de una auténtica maravilla de castillo.

Llegamos a la población de Stans, donde se erige el castillo y conducimos hasta sus afueras, hasta localizar el parking del mismo. Desde el parking al castillo en sí hay un trecho de subida pronunciada. Parece que allí hay una especie de trenecito que debe hacer más liviano ese trayecto, pero cuando fuimos nosotros no estaba operativo. En cualquier caso, aunque empinado, el trayecto tampoco es muy largo y en seguida nos encontramos a las puertas del castillo. Tuvimos que esperar un poco para entrar, porque las visitas se hacen en grupos cerrados de unas 30 personas como máximo. Lo haces acompañado de una inseparable audioguía, que la verdad es que es bastante amena y completa.

Aunque allí se erigía un castillo anterior (que fue devorado por un incendio), el actual castillo Tratzberg es de inicios del siglo XVI y debe su esplendor a que el Emperador Maximilano I lo utilizó como su pabellón de caza. La visita dura algo más de una hora y te lleva por unos preciosos interiores que en la que la mayoría de las salas aún conservan su mobiliario original. Desde la Sala de Caza, el Cuarto de Damas o el maravilloso Salón de los Habsburgo con el impresionante fresco del árbol genealógico de tan augusta familia, cada rincón del castillo es impresionante. La visita se adereza con la entrada a la antigua capilla y a las armerías, donde se agolpa una buena colección de armas y armaduras del medievo tardío y el renacimiento y termina con la posibilidad de sacar unas bonitas fotografías del precioso patio interior con sus fachadas decoradas.


Armería del castillo Tratzberg

La verdad es que pese a no ser tan conocido como otras visitas de la zona, me pareció altamente recomendable y yo personalmente lo incluyo en mis recomendaciones de visitas en el Tirol.

Desde allí partimos hacia Alpbach, comiendo por el camino en un restaurante de carretera. Alpbach fue nombrado hace unos años el pueblo más bonito del Tirol y es conocido como "el pueblo de las flores" ya que su característica principal es que cada una de sus tradicionales casas de madera tiene los balcones ornamentados con preciosistas combinaciones de flores.  Supongo que la etiqueta de "pueblo más bonito" había elevado notablemente mis expectativas, pero debo reconocer que la visita me decepcionó un tanto. El pueblo es demasiado turístico y aunque los balcones están más ornamentados que en otras poblaciones, no me parecieron sustancialmente mejores. Vamos, que me pareció una parada interesante si te pilla por la zona, pero que no merecía la pena para ir allí ex-profeso como hicimos nosotros.

Para quitarnos un poco la decepción decidimos acercarnos a un tobogán alpino que habíamos visto de subida a Alpbach. Pero de nuevo nos dimos de bruces con la realidad austriaca, eran aproximadamente las seis de la tarde y el tobogán ya llevaba una hora cerrado. Así que nada, al final de vuelta anticipada al hotel a cenar y acabar de preparar las maletas.

Sábado 07-09-2019 - Palacio de Nymphenburg

Éste era el último día de nuestro viaje, aunque el vuelo salía bastante entrada la tarde y aún podíamos aprovechar esas últimas horas en tierras extranjeras. Dado que nuestro vuelo de vuelta salía también desde el aeropuerto de Múnich, nuestra idea fue la de encaminarnos cuanto antes hacia esa ciudad y asegurarnos que estábamos a pocos minutos del aeropuerto, más que nada por si encontrábamos algún imprevisto en el camino.

La idea resultó más que buena, porque la combinación de la lluvia que empezó a caer esa mañana y el exceso de celo de unos controles policiales a la salida por la frontera del país con Alemania, hizo que tuviéramos que soportar un largo atasco en las autopistas austriacas.

Nuestro objetivo del día era visitar el Palacio de Nymphenburg, que nos había quedado pendiente del primer día que estuvimos en la ciudad. Para nuestra desgracia, entre las tareas a realizar antes de dejar el apartamento y la larga caravana, llegamos al enorme parking que se encuentra frente al propio Palacio que ya era la hora de comer.

Construido a finales del siglo XVII como residencia veraniega de la familia real de Baviera, este Palacio de la Ninfas, que es lo que significa su nombre alemán, es a día de hoy uno de los complejos palaciegos más grandes de Europa, principalmente por la extensión de sus jardines. Construido en estilo barroco afrancesado, se ha ido ampliando a lo largo de su historia, gracias a lo cual ha acabado adquiriendo tintes de otros estilos, como el rococó.

Teníamos pues ante nosotros un palacio enorme que visitar, poco tiempo y mucha hambre. Y como no puede ser de otra forma cuando viajas con niños, ganó la opción del hambre y tuvimos que buscar un sitio para comer. No hay ninguno en el edificio principal del palacio, pero sí hay uno cerca, en el callejón que sale a espaldas del museo de las caballerizas y que recomiendo encarecidamente porque comimos como auténticos reyes.

Una vez comidos, poco tiempo nos quedaba libre, así que, pese a que la entrada al palacio es relativamente económica (7 euros) decidimos no visitarlo y dedicar el poco tiempo que teníamos a visitar sus enormes jardines, que son de acceso público y gratuito. Los jardines están muy cuidados y son tan enormes que ni tan siquiera dedicándonos en exclusiva a su visita, pudimos verlos enteros. Por lo poco que vimos es un lugar al que merece la pena dedicarle prácticamente un día entero y nos supo bastante mal tener que irnos, pero obviamente era prioritario el llegar con tiempo suficiente al aeropuerto.

Pensándolo bien, por varios motivos nos tuvimos que ir sin visitar Nymphenburg así como los Castillos del Rey Loco. Todas las señales parecían indicar que sin quererlo nos estuviéramos dejando buen material para un futuro viaje al sur de Alemania.


Valoraciones

El Tirol me parece un gran destino para las típicas vacaciones de naturaleza en familia. Mucho más accesible y fácil para el turista que la desconocida Eslovenia, bastante más asequible que la carísima Suiza. Sus ciudades son muy bellas, sobretodo Salzburgo y a esto se le añade el majestuoso despliegue de las Cascadas Krimml, el espectáculo natural más increíble que mis ojos hayan visto hasta el momento.

Lo mejor del viaje

- Que la suerte (y la amabilidad local) nos acompañaran todo el viaje, lo que hizo que disfrutáramos de un coche más grande del que habíamos alquilado y de un apartamento también mucho más amplio.

- La excursión a las cascadas Krimml. Una explosión de la fuerza de la naturaleza.
- El sorprendente castillo Tratzberg, del que no esperábamos ni mucho menos tanto.

Lo peor del viaje

- De nuevo que los lugares turísticos cierren tan temprano (queja mía recurrente). Que algunos a las 17:00 estén cerrando en verano me parece excesivo.
- El Swarovski Kristallwelten. No me malinterpretéis, es una visita interesante (y gran alternativa para uno de los asiduos días de lluvia tiroleses), pero el precio de la entrada es realmente un atraco.
-  Alpbach, que me decepcionó muchísimo. Supongo que el hecho que cargara con la etiqueta de pueblo más bonito de la región había elevado demasiado mis expectativas.

Galería de fotos

Tirol

lunes, 30 de diciembre de 2019

Londres - Trabajo y familia en la pérfida Albión

Era éste un viaje peculiar a Londres, la enorme capital del Imperio Británico, la cosmopolita, una ciudad donde a día de hoy te puedes encontrar cualquier cosa y a gente venida de cada rincón del mundo. Y era un viaje especial por ser una ciudad donde ambos habíamos estado ya por separado en diversas ocasiones, donde deberíamos mezclar nuestros compromisos laborales con el turismo en familia. Por suerte Londres nunca decepciona y siempre hay rincones nuevos que descubrir en esta preciosa ciudad.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén, Maria de la Roca y Alba
Duración del viaje: 10 días
Fecha: Diciembre de 2016

Destinos visitados: Londres
Transporte: Avión y metro

Descripción del viaje

Sábado 3-12-2016 - Llegada a Londres


Cuando a Roca le comunicaron que debía desplazarse y trabajar semana y media coordinando unos workshops en Londres se le cayó un poco el mundo encima. Alba contaba con dos años y medio y separarse de mamá durante diez días no entraba en los parámetros de nadie. Luego me comunicaron a mí que también debía participar en ese mismo workshop, tenía que hacer una presentación justo el último día. La ocasión la pintaban calva, hablé con mi jefe y conseguí que aceptaran que me pillara los días previos a mi presentación de vacaciones. Iríamos toda la familia a Londres (con aviones y el hotel de Roca a cargo de la empresa) y, mientras Roca trabajaba, Alba y yo visitaríamos cosas, juntándonos luego con ella al finalizar su jornada laboral. No era el viaje de nuestro sueños, pero solucionaba el hecho de la separación madre e hija y acabábamos con un viaje por "cuatro chavos".

Para aprovechar y hacer convenientemente el guiri, adelantamos el vuelo al sábado 3. Pese a eso, una calamitosa sucesión de infortunios incluyendo retrasos en el vuelo y problemas con el Gatwick Express, se comieron toda la mañana del sábado e hicieron que llegáramos al hotel pasadas las tres de la tarde.

El hotel no era nada del otro mundo, pero estaba bien ubicado, de tal forma que si Roca quería podía ir andando a trabajar desde allí. El hotel estaba situado en la orilla sur del Támesis, prácticamente al lado del Tate Modern Museum. La situación era más que correcta, porque además, nos dejaba relativamente cerca de los principales monumentos.

Comimos en uno de los pocos lugares abiertos a esas horas, un restaurante de una franquicia especializada en ramen y bordeando las 17:00, con la barriga llena, el check-in hecho y sin equipaje, decidimos partir para nuestro primer destino turístico. Queríamos llevar a Alba a ver el Winter Wonderland, una especie de feria que erigen cada época navideña en Hyde Park.

Íbamos en metro y ya al acercarnos, algo empezó a llamarnos la atención. Varios avisos por el sistema de megafonía nos indicaban que la parada de metro estaba cerrada y que debíamos bajarnos en la parada anterior. Cuando descendimos en Green Park pudimos comprobar de forma efectiva qué pasaba: medio Londres había decidido que pasar la tarde en el Winter Wonderland era un buena idea. Riadas de gente iban y venían hacia Hyde Park Corner. Tuvimos la moral de llegar hasta las puertas de acceso al Winter Wonderland. Las colas eran enormes pues, pese a que el acceso al recinto es gratuito, sí que controlan férreamente el aforo al mismo. Preguntando un poco a alguno de los controladores nos dijeron que había más de una hora de cola.

OK. Misión abortada gentlemen. Lección aprendida, no ir en hora punta en fin de semana a sitios así. Le prometí a Alba que la llevaría un día entre semana y con eso cerramos la fallida visita de la tarde. Al volver para la zona del hotel, el tiempo extra nos permitiría buscar un buen sitio para cenar relajadamente y también podríamos irnos a descansar pronto, que quieras que no, los viajes en avión siempre te dejan cansado.


Winter Wonderland. La atracción que no pudimos visitar ese primer día.

Domingo 4-12-2016 - Saint Paul, Tower of London


El objetivo de la mañana del domingo era localizar las oficinas en las que iba a trabajar Maria a partir del día siguiente. Tras desayunar empezamos a caminar por la ribera del río, encaminándonos hacia el Millenium Bridge. Allí nos encontramos con una peculiar visión, pues varios centenares de Santa Claus cruzaban corriendo el puente. Se trataba de una carrera popular en que todos los participantes iban disfrazados como Papá Noel y, como no, el espectáculo tenía maravillada a la vez que intrigada a Alba.

Cuando la miríada de corredores nos dejó expedito el puente, pudimos cruzar el río y acabamos desembocando frente a la Catedral de Saint Paul. Aprovechamos para echarnos algunas fotos en el exterior de tan magnífico edificio. No pudimos visitar el interior, pues la iglesia está cerrada para visitas los domingos. Tampoco era un gran problema pues ambos ya la habíamos visitado en anteriores visitas a la ciudad (yo era la tercera vez que visitaba la ciudad y Roca había estado incluso más veces).

De allí encaminamos nuestros pasos hacia Gresham Street, donde se situaban las primeras de las dos oficinas en la que iba a trabajar Roca. Una vez localizada, vimos que ésta se encontraba prácticamente en frente del Guildhall, un imponente edificio medieval que era el centro administrativo de la City of London. Desde allí fuimos paseando tranquilamente por toda la City, degustando su moderna arquitectura. El distrito financiero de Londres parece otro en domingo, casi desértico y poco a poco acabamos llegando a Leadenhall, donde se ubicaban las oficinas que deberíamos visitar ambos la segunda semana de nuestra estancia en Londres.

Comimos allí cerca, en un restaurante de comida vegana situado bajo la enorme sombra de un rascacielos corporativo (extraño contraste). Era pronto, pero mejor empezar a acostumbrarse cuanto antes a los horarios ingleses. Así, a las 14:00 ya estábamos más que comidos y en las puertas de la Tower of London, preparados para visitarla. Curiosamente yo no la había visitado en ninguna de mis dos estancias previas en la ciudad.

Aunque se le conozca como Tower of London, en realidad es un castillo completo con doble muralla y cuyo complejo se tarda bastante en visitar (de 2 a 3 horas tranquilamente). Lo ideal es apuntarse a alguno de los tours guiados que son explicados por uno de los míticos Beefeaters, el cuerpo honorífico cuya función es cuidar del castillo y proteger las joyas de la Corona. Obviamente el tour es en el más pulcro de los ingleses, pero si dominas el idioma yo lo consideraría imprescindible, pues te cuentan un montón de anécdotas históricas y de forma bastante amena.

Pasamos toda la tarde allí y la verdad es que no se nos hizo para nada largo, el castillo tiene multitud de cosas interesantes y no llega a aburrir en ningún momento. Cuando salíamos el sol ya estaba poniéndose y las primeras sombras de la noche empezaban a ganar terreno. Como debíamos volver a la bancada sur del río, decidimos cruzar por el Tower Bridge que a esas horas ya empezaban a iluminar. El puente en sí es un espectáculo estético, siempre vale la pena acercarse a éste.

Caminamos por la ribera sur, siempre con el río a nuestra derecha, ya que ahí hay un pequeño paseo peatonal que permite avanzar con tranquilidad y buenas vistas (y también algo de frío porque la humedad del río te cala profundo allí). Buscamos por allí un lugar donde cenar, acabando en un italiano algo caro pero en el que se comía de lujo.

Lunes 5-12-2016 - Winter Wonderland, Buckingham, Trafalgar y Westminster

Llegó el lunes y con Roca dejándonos por primera vez para ir a trabajar, yo decidí cumplir con mi promesa y llevar a Alba al Winter Wonderland. Repetimos el trayecto del sábado, cogiendo el metro hasta alcanzar la parada de Green Park. Allí nos adentramos en el parque, donde pudimos perseguir a varias ardillas, que en los parques de Londres son tan comunes como aquí las palomas, pero que no por eso dejaban de ser menos atrayentes para Alba, ya que en Cataluña apenas se pueden ver.

Avanzamos por el parque, siempre en paralelo a Piccadilly, aprovechando para echar una corta visita a los monumentos que se erigen en éste, desde el Bomber Command Memorial al Arco de Wellington. Tras esto nos dirigimos a la entrada al recinto ferial, que se encuentra prácticamente al lado de la bocana de metro de Hyde Park Corner.

Todo lo que era gentío el sábado noche, era tranquilidad el lunes por la mañana. Winter Wonderland es tan grande y había tan poca gente que parecía que Alba y yo estuviéramos solos en el recinto. La visita me resultó un tanto contradictoria, pues como feria temporal que es no podía más que asombrarme por el tamaño y la espectacularidad de aquello. Por el contrario, visitar una feria de día y que está prácticamente vacía deja una extraña sensación de oportunidad perdida. Supongo que lo ideal allí es ir de tarde (alrededor de las 17:00) y quedarse a cenar en uno de sus innumerables puestos de comida un día entre semana, que seguro que hay ambiente pero sin llegar al nivel de agobio que vimos en fin de semana. Lección aprendida por si vamos otro año.

Aún así, Alba estaba encantada, encandilada por las luces y musiquitas de las atracciones. Ella se hubiera querido subir a todos lados, algo que dudo que mi economía hubiera aguantado. Suerte que con su edad aún se la podía "camelar" uno, pero si alguien va con niños algo mayores preparad la billetera.

Desde Hyde Park decidimos volver andando hasta el centro, haciendo paradas estratégicas para ver algunos de los monumentos que había por el camino, aunque sólo fuera sin entrar en ellos. Empezamos cruzando de nuevo Green Park, esta vez en diagonal hasta alcanzar la plazoleta que se erige a la entrada de Buckinham Palace. Alba estaba encantada con los guardias de palacio y con la explicación de que allí realmente vivía una reina.

Desde allí remontamos The Mall hasta llegar a Trafalgar Square. Mientras Alba se entretenía con un enorme belén que había allí expuesto, pude disfrutar una vez más de la bella arquitectura de la plaza. La obvia columna de Nelson, la National Gallery o el pórtico columnado de la iglesia de St. Martin-in-the-Fields. Y como no, el Admiralty Arch, que sin tener nada especial siempre que lo he visto me ha producido una atrayente fascinación difícil de explicar.

Desde Trafalgar bajamos hasta el río, a la zona donde se encuentra el Big Ben, el Parlamento y la Abadía de Westminster. Precisamente esta última era mi objetivo, pues era una cuenta pendiente que tenía de otras visitas previas a la ciudad. Tuve la mala suerte de que Alba se durmió cuando ya había comprado las entradas y yo no llevaba cochecito. Así que tuve que hacer toda la visita llevando a mi hija dormida en brazos. Os puedo asegurar que acabé reventado y con un dolor de brazos que me duraría varios días, pues la visita a Westminster es larga, puedes estarte entre hora y media y dos horas tranquilamente, perdiéndote en cada uno de sus maravillosos rincones. Westminster es preciosa y si vais a Londres no os la podéis perder.

Una vez finalizada la visita ya había oscurecido y decidimos ir a buscar a Roca a la salida del trabajo. Salió algo tarde, con lo que poco tiempo nos quedaba ya para hacer algo juntos. Básicamente fuimos a cenar a un buen restaurante y después fuimos paseando relajadamente para el hotel a descansar.

Martes 6-12-2016 - Museo de historia natural, Kensington Gardens y Forbidden Planet


Una típica mañana inglesa nos despertó ese día, cielo gris plomizo, pesado y lluvia muy ligera, apenas cuatro gotas, pero que no nos abandonaron en todo el día. Con esta climatología la verdad es que no apetecía en demasía la opción de hacer visitas outdoors, así que el plan familiar rápidamente mudó a visitar el Museo de Historia Natural, que parecía un lugar interesante para Alba.

Pese a ser un día entre semana, nadie nos libró de una pequeña cola para entrar, pero cuando estuvimos vi rápidamente que había sido una buena elección. En el primer hall de la entrada un enorme esqueleto de dinosaurio nos daba la bienvenida, dejando ya con la boca abierta a mi pequeña. El tiempo que puedes dedicarle a visitar este museo, como casi todos los grandes museos de Londres, es prácticamente infinito, no te lo acabas en un día ni aún queriendo, menos éste en concreto que es muy interactivo y didáctico, muy enfocado a niños. Aún así, la capacidad de una niña de dos años de mantener la atención es bastante reducida y pese a que empezó con mucha fuerza, probándolo todo, al cabo de un par de horas ya estaba revolcándose por el suelo y gritando que quería irse de allí. Quedaban muchas cosas por ver (desde el punto de vista de un adulto), pero cuando uno viaja con niños debe saber que una retirada a tiempo es una victoria.

Salimos del museo y comenzamos a remontar Exhibition Road hasta llegar al difuso límite que separa Hyde Park de los Kensington Gardens. Allí ya empecé a notar cuál había sido el motivo de las pataletas de Alba en el museo, empezó a posar su cabeza en mi hombro con la intención de dormirse. Aprovechando que la fina lluvia nos había dado una tregua, aprovechamos para sentarnos en un banco, a los pies de The Albert Memorial y con vistas al Royal Albert Hall. Después de la experiencia del día anterior, no pensaba moverme con la niña en brazos, así que nos abrigué bien y saqué el ebook para leer tranquilamente mientas Alba descansaba.

Cuando despertó, nos internamos en los Kensington Gardens, un parque bonito festoneado por Kensington Palace, una visita que no me llamaba para nada la atención. Nuestro objetivo estaba más allá, en la punta más alejada del parque desde donde veníamos, el Diana Memorial Playground, que como su nombre indica se trata de un parque infantil, como el que tu o yo podemos tener debajo de casa, pero muy cuidado, con un enorme barco pirata de madera, tiendas de indios, etc. Un auténtico paraíso para mi hija que no podía privarla de disfrutar.

Cuando se cansó de jugar, o más bien cuando el hambre fue más fuerte que sus ganas de jugar, buscamos un lugar donde comer, acabando en un restaurante "español" (porque así rezaba el cartel, pero realmente lo regentaban unos portugueses) que había al lado de la parada de metro de Queensway. El sitio era oscuro y algo deprimente, pero debo reconocer que la comida estaba muy buena.

Por la tarde me di un capricho personal. Como amante de los juegos de rol y de todo lo friki en general, no quería irme de Londres sin visitar una de sus catedrales del vicio, la tienda Forbidden Planet. Así que pillamos un metro y nos plantamos en Shaftesbury Avenue donde se ubica su megastore de Londres. Esa tarde lo pasé en grande, pero la verdad es que me esperaba algo aún más espectacular, debo reconocer que en estos temas en Barcelona estamos muy bien servidos y con nada que envidiar a la mega-urbe inglesa.

Desde allí volvimos para Gresham Street a reencontrarnos con Roca y algunos de los compañeros de trabajo, con los que fuimos a tomarnos la típica afterworks pint of beer. Dado que yo soy abstemio, tuve que pasar una afterworks diet coke, que tiene menos glamour pero hacía las funciones.

Miércoles 7-12-2016 - Downing Street, Big Ben, Houses of Parliament y London Eye


El miércoles fue uno de esos días que visto en retrospectiva, no entiendes muy bien cómo, pero se te escurre de los dedos sin hacer nada muy trascendente. Ya nos levantamos tarde con Alba y los días que una niña pequeña te deja dormir se han de aprovechar como el tesoro escaso que son. El almuerzo se alargó y aprovechamos las primeras horas para ir a hacer algunas compras (agua, algo de fruta y frutos secos para la niña, etc). Sin darnos cuenta nos habíamos comido ya media mañana cuando nos montamos en el vagón del metro que nos llevaría a la plaza Trafalgar.

Desde allí bajamos caminando a un ritmo pausado todo Parliament Street. Paramos primero en The Household Cavalry Museum. No entramos al museo en sí, que había leído que no vale demasiado la pena, pero a Alba le gustaba ver a la guardia montada con sus caballos engalanados y perdimos allí un buen rato.

Continuamos bajando la calle, sin saltarnos los típicos lugares que ningún guiri que se precie puede perderse, como el mítico número 10 de Downing Street, más gracioso por su significado y por haberlo visto en tantas series, películas y telediarios que por lo que ofrece su vista en sí.

Acabamos al final en la esquina más concurrida de Londres, allí donde se alza el legendario Big Ben. Vimos toda la zona por fuera, el mítico reloj, las Houses of the Parliament, paseando tranquilamente pero sin entrar a visitarlos (yo ya los había visto y Alba no estaba especialmente interesada).


Cuando acabamos cruzamos el Westminster Bridge y nos dirigimos hacia el London Eye, la enorme noria situada a orillas del Támesis. Hicimos una larga cola, pero que realmente avanzaba bastante rápido y al poco estábamos subidos a la gigantesca noria. He de reconocer que las vistas son buenas y que hace mucha gracia ver todo Londres a tus pies. Además la noria es lo suficientemente alta y gira lo suficientemente lenta para que la experiencia no se haga excesivamente corta. Aún así, se me antoja bastante caro para lo que obtienes en realidad. Supongo que es una experiencia de una sola vez y ya está.

Comimos allí, a los pies del Eye, unas ricas empanadas argentinas compradas en un puesto callejero y perdimos bastante tiempo escuchando a alguno de los muchos artistas callejeros que llenaban con su música la ribera del río. Alba bailaba contenta y poco más le pide un padre a la vida.

Roca nos encontró allí al salir del trabajo, que aquel día fue antes de lo previsto. Desde allí toda la familia volvimos andando a nuestro hotel, una larga caminata que nos ocupó lo que restaba de tarde, pero de ésas que te permiten mezclarte un poco con en Londres menos turístico (si es que hay alguna zona del centro de Londres que puedas considerar así).

Jueves 8-12-2016 - HMS Belfast y Shakespeare Globe

La visita que nos ocupó toda la mañana del jueves fue una de esas que te acaban resultando inesperadamente gratas dadas las bajas expectativas que llevas de inicio. Nos dirigimos después de desayunar a visitar el HMS Belfast, un crucero ligero de la Royal Navy que se encuentra varado en pleno Támesis, entre el London Bridge y el Tower Bridge.

El barco, botado en 1938 y partícipe en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra de Corea, fue retirado del servicio y convertido en un museo naval en el año 1971. La verdad es que el barco está muy bien conservado, y muchas partes se han restaurado y se les ha añadido unos cuidados maniquíes que recrean lo que era la vida cotidiana en un barco de esas características. La verdad es que es una visita ideal para niños, que se lo pasan en grande recorriendo sus laberínticos y angostos vericuetos, pero a mi también me gustó muchísimo, así que sería una visita que recomendaría a cualquier visitante de la ciudad.


Recreaciones con maniquíes dentro del HMS Belfast

Salimos de allí ya tarde y comimos en una pizzería cercana. Al poco nos reunimos con Roca y gastamos la tarde paseando por el paseo que discurre en paralelo al río, en su orilla sur. Es una zona que está repleta de pequeñas tiendas, restaurantes y bares y que la verdad es que tiene un ambiente muy agradable, que se complementa en navidades con varios puestecillos callejeros donde se vende todo tipo de comidas y accesorios.

En nuestro paseo acabamos llegando al Shakespeare Globe, una reconstrucción de lo que fuera el original teatro isabelino en el que el mayor dramaturgo de la historia estrenaba sus obras. Ya era tarde cuando llegamos y estaba cerrado para visitas, pero en un edificio anexo se representan hoy en día obras de todo tipo, con lo que es una zona concurrida y a su alrededor se agolpan muchos restaurantes. Escogimos uno de comida turca en el que tocaban música en directo. La comida era abundante y rica, aunque los precios eran más londinenses que turcos, creo que me entendéis.

Viernes 9-12-2016 - Crystal Palace Park


Dado que estaba tantos días solo con Alba, había buscado en diversas webs actividades para hacer en Londres con niños y una de las que había encontrado y que llamaron mi atención era la visita a Crystal Palace Park.

La verdad es que el lugar está donde Cristo perdió la alpargata. Después de un par de transbordos ý de innumerables paradas de metro, llegamos al parque en sí. La mañana era fría y poca gente parecía haber por la zona, y menos parecería aún cuando empezamos a internarnos en el parque en sí, dada la enormidad de éste.

El parque fue diseñado y construido por Sir Joseph Paxton para reubicar el famoso Crystal Palace que había construido para la Gran Exposición de 1851 y que era considerado uno de los elementos arquitectónicos más importantes de su época. Paxton trasladó su palacio a la cima de una colina y a su alrededor construyó un enorme parque. Muchos cambios ha sufrido el parque desde entonces, un incendio acabó con el enorme edificio que da nombre al parque, en su interior se construyó un circuito de carreras, un complejo multideportivo, etc.

Lo que queda ahora es un enorme parque a las afueras de Londres, que supongo que estará concurrido en fin de semana pero que estaba prácticamente vacío en ese frío día laborable de invierno. El parque nos brindaba diferentes actividades que aprovechamos con Alba. Empezamos por la visita al enorme lago y la búsqueda de las enormes estatuas de dinosaurios que se agolpan camufladas entre el follaje alrededor de éste.

Visitamos una pequeña granja escuela que hay dentro del propio parque, muy pequeña la verdad, pero cumplía con su objetivo. También hay un enorme laberinto, pero pasamos de él, porque era difícil que Alba lo disfrutara con su edad.

Por último nos acercamos también a un gran "playground" que hay cerca del lago, donde aprovechamos para comer unos bocadillos que habíamos preparado en el hotel. A esas horas, ya la afluencia de gente se notaba que iba aumentando. Supongo que, como aquí en España, mucha gente termina de trabajar el viernes al mediodía y querían aprovechar las pocas horas que quedaban de sol para ir al parque con los chiquillos.

Cuando la luz solar empezaba a desvanecerse, enfilamos de nuevo la retahíla de estaciones de metro de vuelta hacia la City. Nos juntábamos allí con Roca y con varios compañeros de trabajo, tanto españoles como ingleses, para hacer una nueva sesión de pub, cerveza, charla y algo de baile (lo del baile iba sobretodo a cargo de Alba, que encontró un hueco entre la muchedumbre y movía las caderas con jolgorio ante la música del bar). Después nos fuimos a cenar todos juntos en un restaurante de moda desde el que se disfrutaban de unas vistas maravillosas y que debía costar un buen pico, nunca lo supimos porque fuimos invitados por un proveedor.


La cena de empresa que hicimos los que fuimos a trabajar a Londres esa semana.

Sábado 10-12-2016 - Chinatown, Regent Street, Soho y Covent Garden


El sábado habíamos quedado para comer con una amiga de Roca de la Universidad, que se mudó a Londres por motivos laborales. Para hacer tiempo hasta la hora de comer, decidimos darnos una vuelta toda la familia por el centro.

Nuestro primer destino era la zona comercial de Regent Street con su espectacular alumbrado navideño y sus riadas de gente. Para haceros una idea es el equivalente londinense al Portal de l'Àngel barcelonés. Hay tiendas muy interesantes, como la mítica juguetería Hamleys, un auténtico paraíso para los niños. Pero mi conocida aversión a las grandes aglomeraciones hizo que consiguiera que tras un rato, nos saliéramos de esa arteria principal para adentrarnos en el Chinatown de la capital inglesa.

Habiendo visto previamente el barrio chino de algunas ciudades americanas, éste de Londres se te queda bastante pequeño, pero sigue siendo pintoresco encontrarse ese pequeño trozo de Asia como aislado en medio de la gran metrópolis. Allí se puede ver la Chinatown Gate, una puerta ornamental al estilo de la Dinastía Qing que resulta poco menos que pintoresca.

Desde Chinatown continuamos hacia el norte para adentrarnos en el Soho, el barrio bohemio por antonomasia de la ciudad. Lleno de cafés, restaurantes, bares, locales de ambiente, tiendas de discos, ropa de segunda mano y otras cosas tan bizarras como peluquerías que por la noche abren como un bar más y sirven copas. Por la mañana es obvio que no te encuentras tanto ambiente, pero si el suficiente, el Soho en fin de semana está concurrido todo el día. Es uno de esos barrios que no tiene nada muy especial que ver, pero en los que siempre resulta gratificante perderse y pasear tranquilamente.

Terminamos nuestro paseo en el Covent Garden Apple Market, un pintoresco mercado donde muchos pequeños productores tienen puestecillos donde venden productos de artesanía, joyería, etc. El lugar tiene un encanto mágico, además de que suele haber siempre músicos callejeros amenizando el paseo por sus alrededores. Un lugar bastante recomendable si estás el suficiente tiempo en la ciudad como para salirte de los atractivos más típicos.

Al salir de allí ya no nos quedaba demasiado tiempo. Cogimos de nuevo el metro hasta la parada de Canada House donde hicimos trasbordo a la línea de cercanías que nos llevaría hasta casa de Nagore y Engel, en uno de los típico suburbs ingleses de pequeñas casas apareadas. Ellos serían nuestros anfitriones en la comida y la larga sobremesa que se alargó prácticamente toda la tarde, ya que después de comer se nos unieron algunos compañeros de trabajo de Nagore. Enlazando las conversaciones apenas nos dimos cuenta de que la noche se nos había echado encima. Supongo que el tiempo pasa rápido en buena compañía.

A la vuelta, aunque era un poco tarde, quisimos acercarnos a visitar el British Museum y sobretodo so colección arqueológica del Antiguo Egipto, una temática que me encanta. Pero al poco nos dimos cuenta que no había sido demasiado buena idea. Allí hay muchísimas piezas que no están en vitrinas y Alba no paraba de querer tocarlas, encaramarse a ellas, etc. Teníamos que estar todo el rato vigilándola y prohibiéndole hacer cosas que le apetecían, con lo que veíamos como su mosqueo iba in crescendo. Decidimos abortar la misión antes de que el problema fuera a mayores y volvernos para el hotel.

Londres aún me debe una visita en condiciones al British.

Domingo 11-12-2016 - Tate Modern y ribera del Támesis


Ya que nuestro hotel estaba justo al lado, decidimos pasar la mañana del domingo visitando el Tate Modern, el museo de arte contemporáneo de la ciudad. La verdad es que yo no soy un gran amante del arte contemporáneo, pero aún así hay que reconocer que el museo es espectacular.

El museo se ha erigido en el interior de lo que había sido la Bankside Power Station, una antigua estación de generación eléctrica a partir de combustión térmica que estuvo funcionando y proveyendo electricidad a la ciudad durante unos 100 años. La enorme sala central de la antigua planta le da un aire de enormidad al museo que impresiona al visitante nada más entrar.

Lo bueno es que la entrada a la exposición fija es gratuita y sólo se debe pagar para visitar las exposiciones temporales. Además como casi todos los museos modernos, tiene espacios destinados a los más pequeños y actividades organizadas que llenan de forma muy fácil una "mañana tonta".

Salimos de allí un poco antes de la hora de comer, pues habíamos quedado con Enric y Núria. Enric había sido el antiguo jefe de Roca cuando ella trabajaba en Accenture y mantienen todavía una gran relación pese a la distancia, ya que Enric se fue a trabajar también a Londres. Buscamos un lugar bastante "fashion" a orillas del río, famoso por su fish and chips y a eso que nos dedicamos. La verdad es que si el fish and chips es lo más famoso de la cocina inglesa, eso no habla excesivamente bien de la misma.

Tras comer fuimos paseando por la ribera del río Támesis, acabando en el interior del National Theater, donde paramos a hacer un café que se alargó casi toda la tarde. Lo mejor fue que Núria se ofreció a hacernos de canguro para el día siguiente, que era en el que los dos debíamos trabajar. Alba no iba a estar en mejor compañía, así que aceptamos encantados.

Al salir de allí y despedirnos de la pareja, ya había anochecido, así que decidimos dirigirnos a Sommerset House, donde en épocas navideñas instalan una pista de hielo para patinar. El ambiente allí es maravilloso, pero la verdad es que resulta prácticamente imposible encontrar un hueco si no llevas los tickets comprados con antelación. Teníamos que esperar una hora y media para encontrar el primer hueco, así que desistimos y abandonamos el lugar.

Volvimos sobre nuestros pasos, cruzando de nuevo el Waterloo Bridge pues habíamos visto que frente al National Theater habían desplegado un mercado callejero de libros de segunda mano. Roca quería buscar algunos cuentos en inglés para Alba y yo nunca digo que no a rebuscar entre montañas de libros. Así que después de un buen rato, cada uno salió con un pequeño regalo acorde con sus intereses (yo aún atesoro con gran cariño el libro sobre la historia de Jack El Destripador que compré allí).

Tras eso, con la niña exhausta, decidimos volver al hotel. Esa noche cenamos unas pizzas "a domicilio" y vimos una serie en el portátil. Un plan que de vez en cuando siempre viene bien.

Lunes 12-12-2016 - Embankment y por fin a trabajar

Por fin llegó el día que debía hacer mi presentación ante los usuarios de TSB. No la tenía hasta después de comer, alrededor de las 14:00, así que por la mañana aprovechamos con Alba para ir a visitar la zona de Enbankment, en la ribera norte del Támesis.

Es un paseo tranquilo, festoneado por algunos restos del antiguo Egipto que se trajeron a Londres durante la época colonial, como el obelisco conocido como la Aguja de Cleopatra o alguna esfinges que descansan tranquilamente cerca de los pequeños embarcaderos de la zona.

Luego fuimos caminando poco a poco hacia el Museum of London, donde habíamos quedado con Núria. Comimos allí mismo, en el restaurante del museo. Núria es un ángel y a parte de hacerle de canguro, había traído un montón de regalitos para Alba: una muñeca, un disfraz de princesa... Mi hija estaba encantada y la verdad es que no tuvo ningún problema en separarse de papá. Núria sabía cómo ganarse su confianza.

Desde el Museum of London me dirigí caminando hasta Leadenhall, el edificio en el que debía hacer la presentación. Por si os lo preguntáis después de daros la tabarra con la presentación durante toda la entrada, sí, ésta fue muy bien y los usuarios de TSB salieron encantados. Al finalizar, Roca y yo nos juntamos con Núria, que nos había traído a Alba a la puerta de la propia oficina. Nos despedimos allí de ella, porque desde allí nos salía un Uber que nos llevaría al aeropuerto. Nuestras extrañas pseudo-vacaciones londinenses terminaban allí.


Valoraciones

Resulta extraño combinar el ocio vacacional con el trabajo. Para mí resulta extraño volver de vacaciones a una ciudad que ya he visitado varias veces (es algo que intento evitar en la medida de lo posible). Aún así, pese a lo extraño de la situación fue en viaje que disfruté mucho. Londres es una ciudad que siempre tiene alguna cosa nueva para ver y que nunca decepciona.

Lo mejor del viaje

- Poder pasar tanto tiempo junto a mi hija Alba. Realmente este viaje estrechó mucho nuestro vínculo.

- Las visitas a la Tower of London y el HMS Belfalst. 
- Poder encontrarse con viejos amigos en una ciudad tan distante.

Lo peor del viaje


- Las enormes aglomeraciones que te encontrabas los fines de semana para visitar cualquier cosa.
-  Tener tan poco tiempo para que Roca pudiera compartir con nosotros. Además cuando salía de trabajar ya todo estaba cerrado y no se podía visitar nada.
-  El Crystal Palace Park. Está bien, pero realmente no merece la pena irse allí donde Cristo perdió la alpargata para visitarlo.

Galería de fotos

Londres