Visitar la ciudad de Praga es como visitar un cuento de hadas, como viajar en el tiempo y pararse en épocas pasadas, con castillos, palacios, puentes... Capital de la región de Bohemia, está situada en el mismo corazón de Europa, lo que la ha convertido en fuente de disputa a lo largo de los siglos. Pero tras la Revolución de Terciopelo y la salida del comunismo, Praga se ha esforzado en recuperar a marchas forzadas el lustre de sus maravillosos tesoros, convirtiéndola en una de las capitales más líricas y embrujadoras de Europa Central.
Nota: La visita a Praga está englobada dentro del viaje que hicimos en el verano del 2006 para visitar varias capitales centroeuropeas: Praga, Viena y Budapest.
Puedes leer la entrada correspondiente a Viena en el siguiente link.
Puedes leer la entrada correspondiente a Budapest en el siguiente link.
Ficha Técnica
Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 3 días
Fecha: Agosto de 2006
Destinos visitados: Praga
Transporte: Avión y tren
Descripción del viaje
En verano del 2006, Maria y yo llevábamos saliendo juntos apenas unos pocos meses, pero aún así decidimos viajar juntos ese verano. Como primer destino escogimos un tour por varias de las más famosas capitales centroeuropeas, las grandes urbes de lo que fuera el antiguo Imperio Austro-Húngaro. Así nuestro viaje nos llevaría a visitar en unos pocos días Praga, Viena y Budapest.
Nuestro primer destino en el viaje era Praga, la capital de la República Checa. Cogimos un vuelo que nos llevó directamente desde El Prat hasta el aeropuerto principal de la capital checa, el Václav Havel. Nuestro afán por conseguir el vuelo más barato posible, nos había hecho que llegáramos a Praga ya bastante entrada la tarde, con lo que ese primer día ya estaba prácticamente perdido. Así que una vez nos desplazarnos hasta la ciudad (no muy lejana, a apenas 10 km), buscamos el hotel, que estaba ubicado en un barrio tranquilo pero algo alejado del centro, y nos instalamos allí, ya había prácticamente anochecido.
Aún así teníamos ganas de ver cosas y empaparnos del ambiente de la ciudad, así que decidimos salir a dar una vuelta. Las primeras impresiones fueron muy buenas, los barrios por los que caminábamos, pese a no ser los turísticos eran tranquilos, bonitos y nos transmitían sensación de seguridad, algo importante en viajeros primerizos como nosotros en aquel momento. Por otro lado, otra cosa que nos llamó la atención era lo bien indicado que estaba todo en esa ciudad, cosa que facilitaba enormemente la labor del turista.
Al final nos dirigimos hacia al centro, encaminándonos hacia orillas del río Moldava, el caudaloso río que cruza la ciudad, para pasear por su orilla. Desde el río se elevaba un aire ligeramente refrescante, siempre de agradecer en las calurosas noches veraniegas, pese a que en Praga no hacía tampoco mucho calor, al menos viniendo del sofocante bochorno de Barcelona.
Desde el paseo se podía ver casi toda la ciudad iluminada, a nuestra espalda el casco antiguo, al otro lado, sobre una colina el maravilloso complejo del castillo, que seguro iríamos a visitar en esos días. Entre ellos el río, discurriendo sinuoso como una oscura serpiente de agua, perlado de pequeñas embarcaciones iluminadas que daban pequeños tours turísticos o ejercían de restaurantes, sirviendo sus platos a los comensales mientras navegaban.
Poco más pudimos hacer antes de tenernos que retirar hacia el hotel. La idea era despertarnos bien pronto al día siguiente para poder aprovechar el día al máximo.
Despertó el día siguiente temprano y desayunamos bien fuerte en el buffet del hotel. Nos hicimos unos bocadillos para comer, pues pretendíamos ir por faena a lo largo del día, y parar en un restaurante nos restaría demasiado tiempo. Nos calzamos cómodos, llenamos las mochilas con los utensilios más necesarios (agua, mapas, guía, un jersey fino por si refrescaba...) e iniciamos camino.
Nuestro primer destino fue la mítica plaza de Wenceslao, quizá el centro neurálgico en cuanto actividad de la ciudad. Es curioso que le llamen "plaza", pues más bien se trata de un bulevar de 650 metros de longitud. Nosotros llegamos a la plaza por su extremo más alto, el que da al Museo Nacional. Nos hicimos las fotos de rigor con la enorme estatua ecuestre de San Wenceslao y luego empezamos a recorrer su extensión, recreándonos entre sus parterres de flores y los establecimientos que la rodean (tiendas, bares, restaurantes e incluso algún casino).
Salimos de la plaza de Wenceslao, por la otra punta, y nos dirigimos a nuestra derecha, hasta desembocar en la Plaza de la República. Esta plaza encierra dos monumentos históricos: la Casa Municipal (Obecni dum) y la Torre de la Pólvora.
La Torre de la Pólvora marca el inicio del Camino Real, la vía que conduce desde el centro de la ciudad hasta el Castillo. Aunque realmente no es la original, si no que fue restaurada, es la única que queda en pie de las torres defensivas que perlaban la antigua muralla medieval de Praga.
La Casa Municipal es un edificio de estilo Art Noveau (o eso al menos ponía en la guía, que yo de historia del arte ni idea), que si tengo que destacar por algo es por el enorme y bellísimo mosaico semicircular que se extiende sobre la fachada principal.
Desde allí seguimos en línea recta la calle Celetná hasta acabar en la segunda plaza en rivalizar en importancia con la de Wenceslao, la Plaza de la Ciudad Vieja (Staromestke namesti). Si la plaza Wenceslao es el centro neurálgico de la actividad comercial de la ciudad, en ésta es donde se agolpan la mayoría de grandes monumentos del casco antiguo.
Sin duda alguna lo que más destaca en la Plaza de la Ciudad Vieja son las torres gemelas de la Iglesia de Nuestra Señora de Tyn. La fachada de esta iglesia se esconde detrás de unos edificios y se accede a ella a través de un túnel que cruza uno de éstos.
Lo primero que hicimos fue visitar esta iglesia, bonita pero algo oscura. Nada del otro mundo habiendo visitado las impresionantes catedrales españolas. Además no permiten hacer fotos en el interior de la iglesia, ni tan siquiera sin flash, por lo que no pudimos inmortalizarla.
Al salir de la iglesia continuamos bordeando la plaza, deleitándonos con algunas casas de fachadas bellamente decoradas, como la casa en la que vivió Kafka o la casa Storch, con sus bellos frescos que representan a San Wenceslao, para acabar finalmente en el edificio del ayuntamiento.
Si algo destaca del edificio del Ayuntamiento es su torre gótica, en la que se emplaza el famoso reloj astronómico de la ciudad, en el cual se representa no sólo la luna si no también la posición del Sol, la Luna y Venus. Allí alargamos un poco la estancia, hasta que se cumplió la hora en punto, ya que en ese momento la figura del esqueleto que representa la muerte tira de la cuerda y hace sonar la campana, para justo después aparecer las estatuas de los 12 apóstoles con San Pedro a la cabeza. Como podéis comprender el lugar estaba lleno de turistas esperando el espectáculo de la hora en punto. A mi personalmente me decepcionó un poco, supongo que porque llevaba unas expectativas demasiado altas de lo que había leído en la guía.
Nuestro siguiente destino fue el Josefov, el barrio judío. Allí compramos un pase que permitía ver el museo judío, con su famoso cementerio y varias de las más importantes sinagogas de la ciudad.
La visita en su conjunto, sin resultar espectacular sí que resulta más que interesante destacando, bajo mi humilde opinión, por encima del resto dos puntos de interés: el cementerio judío y la sinagoga española.
El barrio judío siempre estuvo confinado físicamente en un espacio pequeño y las autoridades praguesas nunca lo dejaron crecer, por lo que, con una población creciente, el espacio era muy valorado en este barrio. Eso se demuestra en el cementerio, donde las lápidas se amontonan unas encima de las otras sin pudor, haciendo de éste un lugar especial, extraña mezcla de belleza y espiritualidad.
De entre todas las sinagogas que visitamos, sin duda la que más nos gustó fue la que llaman sinagoga española. Ha adoptado este nombre porque su estilo arquitectónico y decorativo tiene ciertas semejanzas con el estilo arabesco de monumentos españoles como la Alhambra o la Mezquita de Córdoba. Realmente impresionante, hay que reconocerlo.
Fue a las puertas de la sinagoga española donde comimos, ya tarde, cerca de las cuatro. Unos bocadillos rápidos, tal y como habíamos planeado.
Nuestra siguiente visita fue el famosísimo puente de Carlos, no sin antes dejarnos caer por el Clementinum, por eso de estar justo al lado. Se trata de un enorme complejo religioso que contiene varias iglesias. Nosotros sólo visitamos el interior de la iglesia de San Salvador (de visita gratuita), sin entrar a visitar el resto del complejo, que ya es de pago.
El puente de Carlos es simplemente maravilloso, como sacado de un cuento de hadas. Su estructura de piedra cruzando las amplias aguas del Moldava, festoneado con preciosas estatuas barrocas. Resulta difícil explicar lo que se siente sobre ese puente, es en cierta forma especial e inexplicable.
Sin embargo no cruzamos el puente. Volvimos a la orilla este del moldava y la bordeamos en dirección sur, cruzando todo el Nove Mesto hasta empezar, con la caída de la tarde, la subida a la colina de Vysehrad.
El Vysehrad es el primer asentamiento de la ciudad, donde al principio de la edad media se emplazó el primer castillo defensivo. Sin tener la espectacularidad del Castillo que se sitúa en la otra ribera del río, esta zona me sorprendió más que gratamente. Principalmente por ser una zona con muy poca afluencia turística en comparación con el resto de la ciudad, lo que nos permitió pasear tranquilamente por sus jardines. Unos jardines que tienen unos impresionantes miradores desde los que vislumbrar toda la ciudad desde las alturas y en los que pudimos disfrutar de una magnífica puesta de sol.
El hecho de llegar tarde, por contra, nos impidió visitar por dentro la otra joya de esta zona, la Iglesia de San Pedro y San Pablo. Aunque sólo por ver su impresionante exterior, de altos capiteles ennegrecidos por el paso de los años, ya merecía la pena la visita.
Tras ver ponerse el sol, bajamos poco a poco de nuevo la ladera, buscando un lugar donde cenar antes de retirarnos a descansar al hotel. Al final una pequeña pizzería cercana al mismo hotel fue la elegida. Un lugar sin demasiadas aspiraciones, pero económico y que cumplió magníficamente con su cometido.
El día siguiente era nuestro último día en la ciudad, ya que cogíamos el tren hacia Viena a última hora de la tarde. Así que decidimos levantarnos pronto para aprovechar el día, en el que nos quedaba lo que sin duda era el plato fuerte del viaje. Nos dirigimos de nuevo hacia el centro de la ciudad, cruzamos el Moldava por el puente de Carlos y ascendimos a la colina en la que se alza el castillo por las estrechas callejas perladas de escaleras del barrio de Mala Strana. Hay que reconocer que la propia subida es un placer por sí misma.
Llegamos después del ascenso por fin al recinto del castillo. Y es mejor llamarle así, recinto, porque el Hrad, no es un simple castillo medieval como todos lo entendemos, si no un amplísimo recinto fortificado (el más grande de Europa) dentro del cuál se pueden encontrar palacios, basílicas y una catedral, todas de diferentes épocas y estilos arquitectónicos.
Huelga redundar que nos pasamos toda la mañana visitando cada uno de los rincones que aparecían en nuestra guía, desde el Callejón del Oro hasta la basílica de San Jorge. Pero si hay algo que merece una especial atención es sin duda la Catedral de San Vito. Es simplemente IM-PRE-SIO-NAN-TE. Empezando por el exterior, con la llamada Puerta Dorada, decorada con un impresionante mosaico que representa el Juicio Final, hasta el interior de la catedral dominada por las bellísimas y peculiares vidrieras realizadas por Alphonse Mucha.
Saliendo de la Catedral de San Vito y aprovechando que era casi mediodía, nos dirigimos a las puertas del palacio presidencial, para asistir al cambio de guardia que se realiza allí diariamente a las 12:00. La verdad es que había muchísima gente para verlo, aunque personalmente tengo mis dudas de si realmente merece la pena. Aún así no me hagáis mucho caso, pues debo reconocer que a mí me dejó bastante frío hasta el cambio de guardia en Buckingham Palace, así que debe ser tan simple como que a mí, estas ceremonias de cambio de guardia no me van demasiado. A Maria, sin embargo, le gustó bastante.
Tras esto visitamos los jardines reales, que se encuentran justo detrás del complejo y que nos parecieron sumamente tranquilos y sorprendentemente poco poblados de turistas. Así que aprovechamos la tranquilidad reinante para sacar los bocadillos y comérnoslos a la sombra de los árboles, con unas preciosas vistas de las torres de San Vito todas para nosotros.
Después de comer nos dirigimos a visitar el Monasterio de Strahov, famoso por su pinacoteca y sobretodo por su biblioteca, con miles de libros, manuscritos de la Edad Media, ilustraciones y globos terráqueos. De nuevo un sitio poco visitado por turistas y que nos sorprendió gratamente.
Lo que nos quedaba de tarde lo utilizamos para visitar los jardines que ocupan la mayoría de la ladera de la colina de Petrin. El monte Petrin es quizás el lugar de esparcimiento más querido por los habitantes de la capital checa y no es de extrañar. La ladera está surcada por infinidad de estrechos senderos zigzagueantes, que recorren las terrazas que antaño acogieron los viñedos del castillo. Los árboles proyectan una agradable sombra sobre los paseantes y de vez en cuando se abren pequeños claros que permiten tener unas bonitas vistas sobre la ciudad.
Hablando de vistas, nuestro paseo terminó en la cumbre de la colina, allá donde se alza la Torre de Petrin, que parece una réplica en miniatura de la Torre Eiffel parisina. Como despedida a esta bonita ciudad, decidimos subirnos al mirador y deleitarnos una última vez con la panorámica de esta ciudad de cuento de hadas, con sus torres, iglesias y puentes y el serpenteante brillo azulado del Moldava siempre presente.
Desde Petrin ya nos encaminamos de nuevo directamente al hotel, a recoger las cosas y de allí a la estación central de Praga, donde cogeríamos un tren que nos llevaría a Viena. Pero eso ya se explicará en la próxima entrada.
Valoraciones
Praga es una de las ciudades que más nos ha gustado de cuantas hemos visitado. Es increíblemente turística y aún así tiene una cualidad mágica, que consigue transportarte en el tiempo sin darte esa sensación de impostura, de feria medieval mal recreada. Una preciosidad de ciudad y un viaje que vale mucho la pena
Lo mejor del viaje
- La maravillosa, en todos los sentidos, Catedral de San Vito
- Los tranquilos paseos por el Monte Petrin o la zona del Vysehrad
- La bella decoración de la Sinagoga Española, en el barrio judío
Lo peor del viaje
- No disponer de más tiempo para visitar la ciudad. Creo que un día más es necesario como mínimo para no perderse cosas.
- Coger el hotel tan alejado del centro. Realmente perdíamos bastante tiempo caminando hasta las zonas turísticas.
- La verdad es que no me salen muchas pegas a este viaje, lo cual dice mucho y bueno en honor de esta ciudad.
- La verdad es que no me salen muchas pegas a este viaje, lo cual dice mucho y bueno en honor de esta ciudad.
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