Carcassone - Francia

Rampa de acceso a la ciudadela medieval de Carcassone. La ciudad fue uno de los bastiones de los cátaros durante la infausta cruzada albigense.

Venecia - Italia

Si algo caracteriza a Venecia a parte de sus canales son los Carnavales y sus gentes escondidas detrás de las míticas y enigmáticas máscaras.

Borneo - Indonesia

Borneo es una de las islas más salvajes del archipiélago de Indonesia. Sus caudalosos ríos remontan sepenteantes las densas junglas y remontarlos para ver orangutanes salvajes es una experiencia imborrable.

Lisboa - Portugal

Maravilloso interior de estilo manuelino del Monasterio de los Jerónimos de Santa María de Belém, en la capital del Reino de Portugal.

Sevilla - Andalucía

Puesta de sol sobre las tranquilas aguas del río Guadalquivir, con la preciosa Torre del Oro ya iluminada en el extremo derecho de la foto.

miércoles, 28 de junio de 2017

Bélgica en tren

Bélgica es sin duda uno de los grandes olvidados del turismo europeo, quizás injustamente. Pocos la pondríamos entre nuestras primeras preferencias a priori, pero la verdad es que se trata de un país con bastantes atractivos, en la que es muy fácil y cómodo desplazarse en tren a lo largo del país y que para viajes de hasta una semana resulta más que recomendable. En Bélgica el sabor de la cerveza y el chocolate de sus famosas fábricas se mezcla con el sabor añejo de sus ciudades medievales salpicadas de castillos, abadías y catedrales.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén, Maria de la Roca y Alba
Duración del viaje: 8 días
Fecha: Agosto de 2015

Destinos visitados: Bruselas, Brujas, Gante, Amberes, Pairi Daiza y Villers-la-Ville
Transporte: Avión y tren

Descripción del viaje

Miércoles 5-8-2015 - Llegada a Bruselas


Nuestro viaje empezó con un vuelo "tempranero", seguido de un pequeño trayecto en autobús que nos dejaría en una parada cerca de la estación de tren (Gare du Midi). A partir de allí, el típico y cansado trayecto con las maletas a cuestas hasta encontrar nuestro alojamiento para esos días en la ciudad, los apartahoteles Citadines Sainte-Catherine.

La mañana la gastamos pues en temas de logística. Hacer el check-in, instalarnos, localizar restaurantes y tiendas cercanas, etc. Dado que habíamos pillado un apartahotel, tanto para reducir costes como para tener la comodidad de poder cocinar para nuestra hija a nuestro gusto, pasamos nuestro buen tiempo aprovisionando la pequeña nevera de la habitación. Lo bueno de la zona de Sainte-Catherine es que había muchas tiendas de comida ecológica, que es lo que principalmente damos a Alba, lo cual nos hizo la vida muy fácil.

Comimos pues en la misma zona, en una pequeña terraza en la misma plaza de Sainte-Catherine, con vistas a la iglesia homónima y un radiante sol sobre nuestras cabezas. Comimos bastante bien en un italiano y por la tarde ya pudimos hacer las primeras visitas. Dado que íbamos con tiempo, esa tarde fue relajada, simplemente dedicándonos a pasear por el casco histórico de Bruselas sin ningún destino concreto y empapándonos un poco de su ambiente. Para nuestra sorpresa, pronto descubrimos que había bastante más turista del que esperábamos en esa ciudad. El casco antiguo estaba directamente atestado de gente. Vimos que se organizaban visitas guiadas que salían desde la Grand Place, así que nos apuntamos los horarios ya que pretendíamos hacer ese tour el sábado.

Tampoco tuvimos tiempo de ver mucho más. El viaje y el madrugón rápidamente hicieron estragos sobre Alba, que en ese momento tenía poco más que un año. Nosotros no estábamos mucho mejor, tampoco nos engañemos, así que nos retiramos pronto al hotel, a hacer algo de cena y prepararnos para la mañana siguiente en la que ya empezaríamos con el meollo del viaje.

Jueves 6-8-2015 - Brujas

Brujas es considerada la ciudad más bella y romántica de Bélgica (aunque para mí Gante no le queda muy a la zaga) y tiene la ventaja de ser una excursión muy cómoda desde Bruselas. Coges un tren desde la estación central de Bruselas y te plantas en poco más de una hora en la estación de Brujas, que además está relativamente cerca del centro y te permite ir andando sin problemas a todos los sitios de interés (no es una ciudad especialmente grande además). Todos estos factores hacen por contra que la ciudad esté día sí y día también atestada de turistas tanto foráneos como belgas, cosa que pronto empezamos a descubrir. En algunos puntos de los más conocidos la muchedumbre era tal que le restaba bastante encanto a la visita.

En cualquier caso gastamos casi toda la mañana en caminar por sus calles empedradas y en fotografiarnos junto a sus kilométricos canales. Lo bueno de esta bucólica ciudad es que a parte de lo más conocido, el resto de la ciudad mantiene ese estilo medieval de cuento de hadas y puedes ir encontrando bellos y sorprendentes rincones en cualquier vericueto del camino. Poco a poco nos íbamos acercando al centro, pero antes de llegar al mismo decidimos pararnos a comer, que con una niña pequeña toca comer pronto. El lugar escogido era un terraza en una plaza por la que iban pasando los carruajes que paseaban a los turistas más desprendidos. El lugar era precioso, pero la comida cara, escasa y bastante deficiente.



Los bellos canales de Brujas

Después de comer seguimos para adelante, esta vez sí, ya buscando los lugares marcados en nuestra guía de viajes. Nuestro primer destino fue la Iglesia de Nuestra Señora, bastante bonita aunque estaba en rehabilitación y cubierta de andamios en la época en que fuimos a verla. Tras eso nos dirigimos a visitar la Grote Market o Plaza Mayor, una plaza enorme en la que sin duda destaca el campanario Belfort, cuya enorme silueta copa casi todas las instantáneas en esta zona de la ciudad. Pero esta plaza no sólo tiene el campanario, ya que las pintorescas casas gremiales que la rodean son también dignas de admirar.

A pocos pasos de allí desembocamos en la Plaza Burg, más pequeña pero para mi gusto más bonita que la anterior. En esta plaza se agolpan varios de los edificios más emblemáticos de la ciudad, el Ayuntamiento, el Palacio de Justicia y sobre todos ellos la Basílica de la Santa Sangre, llamada así porque en su interior reposa una reliquia de la que dicen que contiene la sangre de Cristo. Verdad o mentira es lo de menos, porque el edificio es especialmente bonito.

Desde allí pasamos por el mítico arco que lleva al Muelle del Rosario, que no tiene nada especial a parte de ser especialmente fotogénico, que no es poco. Eso sí, la estrecha calle del arco estaba atestada como un metro de Tokyo en hora punta, imposible pararse a hacer una foto.

Desde allí enfilamos ya el camino de vuelta, pero como no era demasiado tarde, lo hicimos tranquilamente, disfrutando de los idílicos rincones del Parque Minnewater, incluido el bonito Lago del Amor con sus cisnes blancos. Unas últimas fotografías aprovechando las vistas y de vuelta para Bruselas poco más allá de las 17:00, que una niña de un año te obliga a "estar recogido" bastante pronto. Bueno, ya sabíamos que en este viaje debíamos tomarnos las cosas a otro ritmo e incluso dejarnos de ver cosas (como los molinos o el beaterio) en ciudades tan pequeñas como esta. Como ya íbamos con ese "chip" desde casa, no nos supuso ningún trauma.

Viernes 7-8-2015 - Pairi Daiza

Cuando preparaba el viaje a Bélgica me topé con un blog que hablaba de Pairi Daiza. Me sorprendió ver templos budistas, jardines chinos, etc y pensé, ¿esto es Bélgica? La curiosidad pudo conmigo, y empecé a investigar, descubriendo que en Bélgica se encuentra uno de los mejores parques botánicos y zoológicos del continente, el mencionado Pairi Daiza. Dado que se trataba de un viaje familiar, decidimos darle este "caramelito" a Alba y plantarnos allí.

Cogimos pues un tren que nos acercó hasta Bruguelette a unos treinta kilómetros de Mons. Una vez allí el acceso al parque está algo oculto, pero no tiene mucho problema, simplemente sigue al resto de la gente, ya que todos los que allí se bajan es porque van a visitar el zoológico.

Pairi Daiza es un enorme parque amurallado situado en medio de los precioso campos de la zona. Cuando entras en el parque, el exterior deja de existir. Te encuentras en un mundo a parte compuesto por ocho áreas temáticas diferenciadas, ocho biotipos construidos con gran detalle y delicadeza que representan la arquitectura, flora y fauna del lugar que representan. Pero para mí lo más precioso de todo es que la mayoría de los animales conviven en semi-libertad en estas zonas.

Rápidamente empezamos a perdernos por estos ocho mundos. Empezamos por una preciosa granja-escuela que se encuentra emplazada en la antigua Abadía de Cambron, que en su momento fue vendida a los actuales dueños del parque y que es el núcleo original de éste. A partir de ahí empiezas a moverte de un lado a otro, desde un maravilloso jardín chino con su templo budista (que está realmente consagrado), hasta una zona que recrea las maravillosas construcciones de Indonesia, pasando por la recreación de unas aldeas africanas.

Lo maravilloso de cada una de estas zonas es que los decorados no son de cartón-piedra, si no que están construidos de la forma tradicional de cada una de esas zonas y con materiales auténticos. Así los templos de la zona de Bali, están hechos con roca negra volcánica o las chozas del poblado africano están realmente hechas de adobe.

Nuestra experiencia en este lugar no pudo ser mejor y si tuvimos que dejarlo fue porque a altas horas de la tarde Alba ya estaba destrozada de haberse pasado todo el día persiguiendo y señalando animales.

Hacedme caso, si hacéis un viaje en familia a Bélgica, este zoológico es una visita imprescindible. Y si viajáis sin niños, pensároslo también, porque personalmente me pareció de lo mejor del país. Yo no dudaría en "sacrificar" otras visitas más tradicionales como Amberes o la zona del Atomium para encajar una visita a este lugar.

Sábado 8-8-2015 - Recorriendo el centro de Bruselas

El sábado al fin lo reservamos para visitar la capital del país y la ciudad que nos iba a alojar durante todo el viaje: Bruselas. Nos dirigimos un poco antes del mediodía hacia la Grand Place, el centro neurálgico de la ciudad, desde la que sabíamos que salían tours guiados gratuitos con guías españoles (más que gratuitos es que cobran "la voluntad" para entendernos).

Empezamos pues con una amplia explicación tanto arquitectónica como histórica de esta preciosa plaza, que sin duda es lo más bonito de la ciudad. Nos extendimos bastante sobre la misma, deleitándonos en las filigranas del Ayuntamiento, la mansión de los Duques de Bravante o la Casa del Rey. Hay que reconocer que la plaza es bellísima la mires por donde la mires.

Desde allí empezamos un pequeño recorrido por las calles del casco antiguo de la ciudad, donde poco a poco se nos iban desvelando algunos de los pequeños tesoros de la ciudad. Empezamos viendo algunos de los murales con temática de cómic que hay pintados a gran escala en algunas fachadas de casas de la ciudad. Sólo vimos un par o tres de los más de 50 que se cuentan en la ciudad, pero entre ellos tuve la suerte de ver el de Tintín, probablemente el personaje de cómic que más buenos recuerdos me trae de mi infancia (tengo toda la colección en casa).

Al final acabamos en un cruce de calles que estaba infernalmente atestado de gente y pronto descubrimos que el motivo era que allí se encontraba la famosa estatua que se ha convertido en el símbolo de la ciudad, el Manneken Pis. Resulta curioso que una estatuilla tan pequeña, de no especial belleza y que no deja de representar a un niño meando se haya convertido en un símbolo. Pero oye, la vida está llena de cosas curiosas.

Continuamos con la visita, pasando por delante de la elegante Bolsa de Bruselas y visitando a la estatua de la Jeanneke Pis (la niña meona) en un oscuro callejón sin salida y con olor a meado.

Visitamos posteriormente las Galerías Reales de San Huberto, las que fueron las primeras galerías comerciales cubiertas de Europa y probablemente sigan siendo unas de las más elegantes, atestada de joyerías y chocolaterías del alto standing. Resulta curioso que pese a la gran cantidad de turistas que pasan por ellas, en estas galerías se siga respirando cierto ambiente de tranquilidad.

Saliendo de las galerías, la guía condujo nuestros pasos hacia la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula. Una impresionante catedral de estilo gótico con un interior bastante sobrio del que apenas hay que destacar el púlpito de madera y alguna de sus vidrieras.

Desde allí empezamos a subir hasta llegar al Parque de Bruselas, donde descansamos un poco mientras la guía tenía a bien explicarnos las barbaridades que cometieron los reyes belgas durante el periodo en que tenían al Congo como colonia. Las matanzas que se hicieron en aquellas épocas no tienen nombre y te dejaban un mal cuerpo sólo de escucharlo que no sabías cómo ponerte.

Justo cruzar el parque, acabas desembocando en el Palacio Real, residencia de la Casa Real Belga, un edificio impresionante pero que sólo se puede degustar desde el exterior. Justo al lado se despliega la Plaza Real, que no tiene nada muy especial más allá de ser una gran plaza empedrada donde se sitúan algunos de los más importantes museos de la ciudad, que ocupan edificios imponentes (antiguas mansiones señoriales).

Desde la Plaza Real bajamos la animada calle que pasa por el bonito Edificio Old England, hasta acabar nuestra visita guiada en las escaleras de los Jardines del Mont des Arts, desde los que se tiene una preciosa vista de la ciudad.

Allí nos separamos de nuestros compañeros de la visita guiada, aunque nosotros seguimos dando algunas vueltas más por la ciudad, por los barrios nobles donde residen la mayoría de las embajadas extranjeras y que se sitúan por encima del Parque de Bruselas. Conforme nos sentíamos más cansados nos acabamos retirando hacia el hotel, aunque antes nos paramos en una terracita a tomar algo mientras veíamos un espectáculo callejero. Uno de esos pequeños caprichos que sólo sueles darte cuando estás de vacaciones.

Domingo 9-8-2015 - Abadía cisterciense de Villers-la-Ville

El domingo, viendo la cantidad de gente que había allá donde íbamos, decidimos alejarnos un poco de los sitios más concurridos y acercarnos a uno de esos sitios que los turistas extranjeros solemos ignorar por no salir en los folletos turísticos de las agencias de viajes principales: la abadía cisterciense abandonada de Villers-la-Ville.

A esta podemos llegar en tren, mediante la línea Bruselas-Ottignies-Charleroi. Pese a que está apenas a unos 45 kilómetros al sur de Bruselas, la línea es una cercanías y toca aguantar una hora de viaje hasta llegar a la estación pertinente. Allí te encuentras con el siguiente impedimento, la ubicación de la abadía no está bien señalizada desde la estación y aquí apenas se bajan turistas (al menos con nosotros, en una mañana lluviosa de domingo, no se bajó nadie más). Lo más sensato es preguntar por allí a algún lugareño para que te pongan en la senda correcta y puedas empezar a ver los signos que indican la abadía (que sí existen pero sólo en la zona de la carretera).

Aquí decidimos entrar en una de las tiendas locales y aprovisionarnos para comer algo en modo picnic dentro de los confines de la propia abadía, que por cierto al final localizamos. Fue cuando entramos cuando por fin nos convencimos de que no nos habíamos equivocado en la elección de este destino.

Esta abadía cisterciense se fundó en 1146 y pasó por diferentes épocas de esplendor a lo largo de su longeva existencia, auspiciadas por los poderosos Duques de Bravante primero, y luego por los Duques de Borgoña o los archiduques de Austria. La desaparición de la abadía de Villers llegó con las revoluciones del siglo XVIII. El lugar fue devastado por el ejército imperial austriaco que llegó a esta zona para sofocar la revolución francesa de 1789. Posteriormente los saqueos y el pillaje la llevaron al abandono total.

La verdad es que al pasear entre sus ruinas te invade primero una extraña sensación de melancolía, como de pena por la belleza y esplendor perdidos. Luego todo se convirtió en paz y tranquilidad, como si todo estuviera envuelto en un halo mágico y las bóvedas, arcos y rosetones abandonados y cubiertos de hiedra, fueran un portal mágico a algún reino feérico. Estuvimos más de tres horas (comida incluida) deleitándonos con este mágico lugar, que no es especialmente grande, pero induce al visitante a paladearlo lentamente, como si el tener prisa estuviera allí fuera de lugar.

Tras eso volvimos hacia el tren y nos plantamos de nuevo en Bruselas para una cena tranquila y unas horas de relax en el ecuador de nuestro viaje.

Lunes 10-8-2015 - Gante

El lunes cogimos de nuevo el tren para acercarnos a la ciudad que yo recordaba con más cariño de mi visita previa a Bélgica con los compañeros de la universidad, la ciudad de Gante. De nuevo el trayecto desde Bruselas ronda la hora de duración y te deja en la estación de Gent Saint-Pieters, que la verdad es que te deja bastante lejos del centro turístico. Hay otra estación más cercana, donde la línea que te trae de Bruselas no para, pero os animo a buscar algún transbordo o bus y acercaros hasta ella, porque el paseo desde Saint-Pieters es largo y carente de excesivos atractivos.

Si hay algo que pueda resultar medio interesante en el camino entre la estación y el centro histórico, es pasearse por el Parque de la Ciudadela, uno de los pulmones de la ciudad. El parque alberga los museos de Bellas Artes y de Arte Contemporáneo, que no teníamos ni tiempo ni intención de visitar. Aún así, el parque es bonito, con amplios caminos de paseo y un lago con cascada plagado de patos que atrajo durante un buen tiempo la atención de nuestra hija.

Al final llegamos al centro cuando ya era casi la hora de comer. Acabos seleccionando un pequeño restaurante de "healthy-food" con encanto desde el que se tenían vistas del Castillo de Gerardo el Diablo. Comimos bien, aunque algo escaso, y en un ambiente la mar de agradable.

Así que realmente empezamos la visita como tal ya después de comer. Empezamos por la Catedral de San Bavon, que por desgracia tenía su torre principal en rehabilitación, lo que afeaba ligeramente la vista exterior de la misma. Sin embargo aquí sí que merece la pena entrar, pues en su interior se pueden ver desde una obra de Rubens hasta el famoso políptico de la Adoración del Cordero Místico. Yo no soy un gran amante de la Historia del Arte en general, pero considero que merece la pena ver esta obra.

Continuamos la visita por la Torre Belfort, o lo que es lo mismo, el campanario municipal. No deja de ser ésta una enorme torre que se erige impresionante desde sus más de 90 metros de altura. Puede subirse a la parte de arriba, previo pago, y utilizarla como privilegiado mirador, pero no creo que merezca la pena lo que cobran por ello. Al lado del Belfort se encuentra la Lonja del paño, con su fachada de estilo gótico brabantino, no os la perdáis.

A apenas un minuto a pie encontramos la Iglesia de San Nicolás, que junto al Belfort y San Bavón completa la famosa tríada de grandes edificios que preside el centro de la ciudad. Se trata ésta de la más antigua de las tres, pero para mi gusto la más bonita en cuanto a sus exteriores. Del interior son renombradas sus vidrieras, aunque no les vi nada que llamara especialmente mi atención.

Justo en frente de San Nicolás se encuentra la Casa Gremial de los Albañiles, un edificio que llama poderosamente la atención por su fachada escalonada festoneada con las estatuas de bufones danzarines. Una imagen curiosa y distintiva de la ciudad que todos los turistas no podíamos estarnos de fotografiar.

Muy cerca de allí también se encuentra otro edificio de obligada visita, el Stadhuis (vamos, el ayuntamiento) que posee una de las fachadas más bonitas que yo personalmente haya visto (y recuerde), con abundantes estatuas ornamentales. Dicen que el interior es también espectacular, aunque nosotros por tiempo no entramos a verlo. Si alguien lo visita, que confirme en los comentarios si realmente vale la pena.

Nuestra siguiente parada fue el Gravensteen o Castillo de los Condes de Flandes, una de las fortalezas mejor conservadas de Europa. El castillo se erige justo al lado del río Lys y para mi ofrece una de las estampas más fotogénicas de la ciudad. Justo cuando estábamos gozando de estas vistas, una malhadada avispa tuvo los santos bemoles de picarme en el cuello, con lo que acabamos malgastando el tiempo que teníamos para la visita al interior del castillo en buscar una farmacia y comprar un Afterbite, que no veas como duele una picadita si no te pones nada.

Descartada la visita al interior del Gravensteen y ya con la hinchazón de la picadura remitiendo, no podíamos irnos de la ciudad sin un muy relajado paseo por los Muelles de las Hierbas y de los Granos. El antiguo puerto fluvial de la ciudad es un rincón realmente apasionante, en que cada edificio compite en belleza con el contiguo, atestiguando de forma directa el florecimiento de la economía de la región durante la Edad Media que permitió a los comerciantes locales costearse tan suntuosos edificios. Además el lugar está plagado de terrazas en los que locales y turistas se agolpan por igual, dándole al lugar aún más encanto. Un imprescindible de cualquier visita a la ciudad.

Ya era tarde y el camino de vuelta a la estación largo, así que aquí terminó nuestra visita a la ciudad, con varias visitas que se nos habían quedado en el tintero y que quizás nos den la excusa para volver en otra ocasión a esta preciosa ciudad.

Martes 11-8-2015 - Amberes

El martes volvimos a coger el tren hacia la ciudad de Amberes. De nuevo un trayecto corto, que no llega a una hora y que te deja en la céntrica estación de esta ciudad conocida como el centro mundial del comercio de diamantes.

El primer punto de interés turístico en la ciudad, por extraño que parezca, es la propia estación de trenes. Construida en 1905 es considerada una de las más bonitas del mundo y muchos la llaman la Basílica Ferroviaria o la Catedral de los trenes. Realmente estos apodos están bien encontrados porque, por estilo arquitectónico, esta estación tanto por dentro como por fuera parece más una catedral o un palacio que cualquier otra cosa. Escalinatas, mármoles... realmente es suntuosa y preciosa.

Salimos de la estación para empezar a pasear por la arteria principal de la ciudad, el Bulevar Meir, un paseo peatonal donde se agolpan gran cantidad de tiendas y restaurantes. Me recordó al Portal de l'Àngel de Barcelona, pero con una extensión mucho mayor. Aquí puedes gastar todo el tiempo que quieras en función de lo que te gusten las compras, pero en cualquier caso esto ya te enseña que a diferencia de otras ciudades belgas, Amberes no vive esencialmente del turismo si no que es una ciudad mucho más activa y comercial.

Lo bueno es que encima siguiendo el Bulevar acabas desembocando en el casco antiguo de la ciudad, donde empezamos por visitar la Catedral, que se sitúa en la Groenplaats. La Catedral de Nuestra Señora de Amberes es un magnífico edificio de estilo gótico brabantino, en la que destaca su estilizada torre del campanario de 123 metros y que es el símbolo de la ciudad. Su interior es también precioso, y en él destacan las obras de Rubens, sobretodo "El descendimiento de la cruz", que es una obra maestra.

Al salir de la Catedral, enfilamos la Oude Koornmarkt, una calle muy turística repleta de terracitas y tiendas que acaba desembocando en la Grote Markt, el centro neurálgico de la ciudad, y una plaza preciosa con edificios de estilo renacentista entre los que destaca el Ayuntamiento de la ciudad. En el centro de la plaza se alza la preciosa estatua de Silvio Bravo, quien según la leyenda le cortó la mano al gigante Antigón para luego lanzarla a las aguas del río Escalda.

Desde allí nos movimos hasta la zona del puerto fluvial del Escalda, que no es especialmente bonita, y en la que sólo merece la pena visitar el Castillo de Steen. Es bastante bonito y data del siglo XIII, aunque reside en el mismo lugar del original erigido en el siglo IX y derruido hasta los cimientos en un ataque vikingo. Actualmente alberga el Museo de la Marina, una temática que no nos llamaba especialmente, con lo que sólo visitamos las escasas zonas que no requerían entrada.




Castillo de Steen en Amberes

Si vais por la zona del puerto, tened en cuenta que allí apenas hay restaurantes, que es lo que nos pasó a nosotros, con lo que tuvimos que regresar hacia el casco antiguo en busca de un lugar donde comer y al final acabamos en un McDonalds dado lo avanzado de la tarde.

Poco más nos cundió el día. Aprovechamos la tarde para volver al Bulevar Meir y darle un gustazo a María, permitiéndole entrar en algunas tiendas. Luego, de nuevo tren para Bruselas y a descansar antes de afrontar nuestro último día en Bélgica.

Miércoles 12-8-2015 - Atomium y Mini-Europe

El viaje llegaba a su fin. El miércoles era el día que salía nuestra avión de vuelta a Barcelona, pero dado que éste salía bien avanzada la tarde, aún nos quedaba una mañana que disfrutar en tierras belgas. Decidimos ir a la zona del Atomium para aprovechar estas horas.

Cogimos el metro y nos presentamos en las afueras, en la estación de Heysel, que desemboca a apenas 500 metros de este enorme edificio. El Atomium es una de las estructuras más famosas del país y fue creada para la exposición universal de 1958. Se levanta 102 metros desde el suelo, y sus esferas de acero se supone que representan a escala la estructura de una molécula de cristal de hierro.

Cinco de las esferas están abiertas al público y se pueden visitar, pero nosotros decidimos no hacerlo y nos conformamos con las fotos de rigor al pie de la misma. Tras ellas nos dirigimos hacia el parque Mini-Europe, que está justo allí al lado. Mini-Europe no deja de ser un parque temático donde se exponen miniaturas de los monumentos más emblemáticos de toda Europa. Es el más grande que hay en cuanto a miniaturas en nuestro continente (hay más de 350 maquetas que representan monumentos de más de 80 ciudades).

La visita es interesante, sin más. Curioso al principio, luego conforme te vas acercando al final del recorrido ya vas más rápido porque se te va haciendo un poco pesado. La calidad de las maquetas es indiscutible, la elección de los monumentos representativos de un país es en algunos casos discutible. Por ejemplo de Barcelona se enseña una maqueta del puerto, que no tiene realmente nada distintivo de Barcelona y podría ser el puerto de cualquier otra ciudad, en vez de mostrar la Sagrada Familia, la Pedrera o algo así.

Como "filler" para el último día no estuvo mal la experiencia, pero sin duda de lo más prescindible del viaje. Comimos en el mismo Mini-Land que tiene unos cuantos restaurantes justo en la salida y tras ello volvimos al hotel a recoger las maletas de la consigna y ya nos dirigimos hacia el aeropuerto. Un viaje más había llegado a su fin.


Valoraciones

Bélgica no es el mejor de los destinos turísticos que te puedes plantear en Europa. Pero para un viaje de no excesiva duración sí que tiene suficientes atractivos. Además reúne varias características que lo hacen ideal como destino turístico cuando tienes un niño pequeño, no quieres renunciar a tus vacaciones pero te da miedo meterle demasiado "tute" al pequeño: el vuelo hasta allí es muy cortito y sobretodo que puedes hacer base en Bruselas y visitar todo desde allí en tren (en hora y media como mucho te plantas en cualquiera de los destinos turísticos principales).

Lo mejor del viaje

- La visita a Pairi Daiza, que es la demostración viviente de que un estilo diferente de zoológicos son posibles.
- La mágica visita bajo la lluvia a la abadía abandonada de Villers-la-Ville.
- Gante, que habiendo estado dos veces en Bélgica, me reafirmo en mi sensación de que es la ciudad con más encanto del país.

Lo peor del viaje



- Para mi sorpresa la enorme cantidad de gente. La verdad es que en los cascos históricos de Brujas o Gante era prácticamente imposible moverse libremente. 
- La gastronomía local. De verdad, tendría que estar penado basar su gastronomía en patatas fritas, mejillones al vapor, chocolate, gofres y cerveza.

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