Lisboa es la capital de Portugal y el centro de una región polifacética. Todavía hoy se siente un ambiente rústico en cada uno de sus barrios históricos. Podemos recorrer la cuadrícula de calles de la Baixa pombalina que se abre al Tajo o, siguiendo el río, conocer la zona monumental de Belém, barrios medievales y, también, zonas de ocio más recientes o contemporáneas, como el Parque de las Naciones. Y cerca de allí, en un paraje idílico sobre las pequeñas colinas prelitorales se alza el complejo de Sintra, complemento ideal a nuestra visita.
Ficha Técnica
Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 4 días
Fecha: Agosto de 2009
Destinos visitados: Lisboa y Sintra
Transporte: Avión
Destinos visitados: Lisboa y Sintra
Transporte: Avión
Descripción del viaje
En verano del 2009, en vez de realizar un viaje largo, optamos por encadenar un par de viajes cortos a capitales europeas. Primero fuimos a París y, unos pocos días después nos dirigimos a Lisboa, la capital del Reino de Portugal.
Cogimos un vuelo desde El Prat por la mañana lo que nos permitía llegar a Lisboa no demasiado tarde y poder aprovechar así todo ese primer día de viaje. Como casi siempre, lo primero a hacer era buscar el hotel en el que nos habíamos de alojar. Aunque en este caso fue fácil ya que el hotel se encontraba prácticamente al lado de una de las estaciones de tren más grandes de Lisboa (Roma-Areeiro) y con conexión directa con el aeropuerto.
Como el check-in no era hasta las 14:00 y aún era pronto, no podíamos acceder a la habitación, así que dejamos las maletas en la recepción del hotel y nos fuimos a visitar la ciudad. El hotel era bueno y no excesivamente caro, pero en contraprestación se encontraba bastante alejado de las zonas más turísticas de Lisboa, así que nuestro primer contacto con la ciudad fue la de patearnos de punta a punta la Avenida Almirante Reis, una larguísima avenida que cruza de norte a sur la urbe, desembocando en el barrio de la Baixa.
Las dos primeras impresiones que nos llevamos de la ciudad mientras paseábamos por los barrios más normales (o menos turísticos por decirlo de forma más acertada) fueron como mínimo curiosas. Por un lado, que Lisboa parecía una ciudad española, pero no actual, si no de unos 10 o 15 años atrás. Por otro lado, que allí Cristiano Ronaldo es lo más parecido a Dios que pueda haber. Nunca he visto una figura monopolizar de tal forma los anuncios en una ciudad. Parecía que si en Portugal no te anunciara Cristiano, tu empresa no fuera nadie.
Llegamos al barrio de la Baixa y sus calles peatonales casi al mediodía, así que decidimos pasear tranquilamente por sus calles atestadas de comercios hasta encontrar un restaurante que nos llamara la atención y pararnos a comer allí. El ambiente era maravilloso y aunque sabíamos que estábamos haciendo “la del guiri” (comer allí es como pararse a comer en las Ramblas en Barcelona) lo aceptamos tranquilamente y disfrutamos de la experiencia.
| Calle peatonal de la Baixa con el Arco de Augusta al fondo |
Sin embargo no nos subimos al elevador, ya que había una larga cola y nuestra intención era continuar en otra dirección, hacia el mar. Pasamos por debajo del Arco de Augusta para llegar a la Plaza del Comercio, aunque en nuestra visita esta plaza, una de las más turísticas de la ciudad, estaba completamente levantada por obras y vallada, por lo que no pudimos disfrutarla como Dios manda. Así que nos dedicamos a andar un poco por la zona, acercándonos hasta orillas del Tajo y disfrutando de la brisa y de las vistas que desde allí teníamos, con los dos grandes puentes que cruzan el Tajo (el Vasco da Gama y el 25 de abril) uno a cada lado. Tras esto era ya tarde, así que decidimos recogernos hacia el hotel y descansar un poco. Como siempre he dicho los vuelos, parece que no, pero cansan, y el primer día de un viaje siempre resulta interesante reservar algo de fuerzas para lo que está por venir.
El segundo día se despertó algo perezoso y nos costó arrancarnos de la cama. Tras el desayuno, de nuevo la larga caminata Avenida Almirante Reis abajo hasta alcanzar la Baixa. Las visitas matutinas empezaron por la Catedral, nada del otro mundo la verdad, para continuar callejeando por el barrio de la Alfama, siempre subiendo, hasta llegar a la cumbre para visitar el Castillo de San Jorge y disfrutar de las maravillosas vistas que de la ciudad desde allí se tienen. Ya hacia el mediodía bajamos de nuevo, parándonos para comer en uno de los pequeños bares de la parte baja de la Alfama. Oscuro, no excesivamente limpio, pero ¡qué comida! Aún recuerdo la enorme bandeja de bacalao au bras que me trajeron. ¡Cómo la disfruté!
Resultaba difícil moverse tras tal hartazgo de comida, pero el planning para la tarde era bastante denso y debíamos empezar a movernos si queríamos hacerlo todo. Abandonamos la Alfama y pasando de nuevo por la Plaza del Comercio nos dirigimos hacia el lado opuesto de la Baixa, empezando a subir las empinadas cuestas del Barrio Alto. El primer sitio por el que pasamos fue por las ruinas del Convento do Carmo, con su estilizado esqueleto de arquería gótica brillando bajo el sol. Debía tratarse sin duda de una iglesia preciosa cuando aún estaba en pie antes del gran terremoto de 1755. Continuamos nuestra ascensión, tomando aire y gozando de las vistas en el Mirador de San Pedro.
Tras el parón continuamos hacia arriba, hasta llegar a la Plaza del Príncipe Real y los exteriores del Jardín Botánico, aunque optamos por no entrar en el mismo. Continuamos pues con la visita, remontando hasta el Palacio de Sao Bento, un antiguo y majestuoso convento Benedictino donde ahora se ha instalado la sede del Parlamento Portugués. Nos hicimos las fotos de rigor justo delante de los militares que hacían guardia a las puertas del mismo y continuamos posteriormente hacia el Barrio de la Estrella. Allí empezamos visitando el jardín homónimo, un buen lugar donde buscar algo de sombra y refugiarse del asfixiante calor, para acabar desembocando en la colindante Basílica de la Estrella. La recuerdo sin apenas turistas, no especialmente bonita pero de una espiritualidad que te llenaba de alguna forma incomprensible. La verdad es que estuvimos allí bastante rato, dejando descansar nuestros doloridos pies y respirando su aire de tranquilidad.
Ya era avanzada la tarde cuando salimos de la Basílica, así que decidimos volver de nuevo hacia el hotel, aunque esta vez lo haríamos siguiendo un trayecto diferente que nos permitiría ver alguna que otra zona aún no visitada, como la Plaza del Marqués de Pombal o la plaza de toros de Campo Pequeno.
| Jardines de la Estrella |
El tercer día decidimos coger un tren e ir a la cercana población de Sintra. Nada más llegar allí nos cautivó lo verde de sus parajes y ese aire de montaña fresco incluso en un día de pleno agosto. Casi al lado de la estación se levanta el Palacio Nacional de Sintra, la primera de nuestras paradas del día. Antigua residencia de los reyes portugueses presenta una amplia variedad de estilos dentro de sus tres pisos. Sin embargo tampoco me pareció nada del otro mundo, quizás fuera porque hacía unos días habíamos estado visitando Versalles y, como palacio real, éste de Sintra no le llegaba ni a la suela de los zapatos.
Desde el pueblo de Sintra, cogimos un pequeño autobús que nos acercó hasta la que probablemente es la mayor atracción del lugar, el impresionante y surrealista Palacio de Pena. Todo lo que nos había decepcionado el Palacio Nacional (bueno, me corrijo, lo que me había decepcionado, porque a María sí que le gustó) nos enamoró el Palacio de Pena. Una maravilla arquitectónica, mezcla de ciento un estilos y profusamente decorado (en ciertos aspectos me recordaba al modernismo catalán de Gaudí) rodeada por unos bonitos jardines, la visita es simplemente para deleitarse en ella cada segundo que estás allí.
Repusimos fuerzas con un bocadillo en la terraza que hay en el propio Palacio y tras ello empezamos un descenso andando hasta nuestro siguiente destino, el Castelo dos Mouros (Castillo de los Moros), las ruinas de un impresionante castillo que se alzan sobre una colina rocosa. Paseamos por sus 500 metros de murallas, ascendiendo a cada una de sus cinco torres, gozando de las vistas que desde allí se tiene del Palacio de Pena, Sintra, sus montañas e incluso el Océano Atlántico.
Salimos de allí que ya era tarde y teniendo en cuenta que debíamos coger el tren de vuelta, no nos pareció demasiado acertado intentar apurar más nuestra visita, aunque aún quedasen cosas por ver como el Palacio de Montserrate o la Quinta da Regaleira. Bueno, otra vez será.
El cuarto y último día amaneció también radiante y caluroso. Para esta última jornada habíamos reservado un plato fuerte. Cogimos un autobús que nos dejó en la zona de Belem y nada más llegar nos situamos en la cola para entrar al espectacular Monasterio de los Jerónimos. Erigido donde antaño se emplazaba una diminuta capilla en honor a la Virgen de Belem, este gran complejo de estilo manuelino, se hizo para honrar los logros de los viajes marítimos de los exploradores portugueses y para ofrecer consuelo espiritual a los marinos que partían allende los mares a las órdenes del Rey Manuel I. Una auténtica maravilla, su claustro realmente excelso. Sin duda lo mejor de la capital portuguesa.
Al salir tomamos un desayuno que no nos podíamos saltar, ya que justo al lado del Monasterio se encuentra la famosa Pastelería de Belem, cuyos pastelitos de hojaldre y crema fueron una recomendación expresa de una compañera de trabajo portuguesa de María. Hay que reconocer que la recomendación no fue en balde y que los pastelitos tenían ganada su más que merecida fama.
El siguiente punto a visitar fue la Torre de Belem, enclavada allí donde el Tajo pierde su nombre para abrirse al océano. Esta pequeña torre-fortaleza es otra preciosidad, aunque la verdad es que lo reducido de sus dimensiones, acompañado de la gran cantidad de turistas que allí nos agolpábamos hacía bastante agobiante la visita. Al salir de allí nos dirigimos al enorme Monumento a los Descubridores con sus 52 metros de altura, disfrutando de las bonitas estatuas que representan a los grandes exploradores de la época dorada portuguesa (Vasco da Gama, Fernando de Magallanes, etc) y del enorme mosaico que forma una rosa de los vientos que se encuentra a sus pies.
Tras eso nos movimos a la zona del Parque de las Naciones, la zona reformada ex profeso para la Expo del 98, que ha pasado de ser uno de los peores arrabales de Lisboa a ser actualmente es una zona de recreo para sus ciudadanos, con su importantes centros comerciales, parques y paseos. Comimos en uno de los centros comerciales, visitamos algunas tiendas y paseamos relajadamente por la zona, disfrutando tranquilamente de nuestra última tarde en la ciudad. A última hora salía el vuelo que nos debía dejar pasada la medianoche de nuevo en Barcelona.
Valoraciones
Lisboa es una ciudad de contrastes. Algo pobre, algo sucia, pero llena de barrios y rincones con encanto en los que apetece perderse. A eso puedes añadirle una buena comida y hace que no te arrepientas de ir allí. Si a eso le añades lo espectacular de lo que puedes encontrar en Belem o Cintra ya hacen un viaje más que redondo.
Lo mejor del viaje
- El Palacio de Pena de Cintra y su singular y rocambolesca belleza.
- El Monasterio de los Jerónimos en Belem. Una auténtica obra de arte.
- Los pastelitos de Belem y el bacalao au bras. ¡Madre mía qué delicia!
Lo peor del viaje
- El Palacio de Pena de Cintra y su singular y rocambolesca belleza.
- El Monasterio de los Jerónimos en Belem. Una auténtica obra de arte.
- Los pastelitos de Belem y el bacalao au bras. ¡Madre mía qué delicia!
Lo peor del viaje
- Tener el hotel emplazado tan lejos de la zona turística. Sobretodo la larga caminata de vuelta al hotel cuando ya llevabas todo el día visitando cosas se hacía eterna y agónica.
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