Carcassone - Francia

Rampa de acceso a la ciudadela medieval de Carcassone. La ciudad fue uno de los bastiones de los cátaros durante la infausta cruzada albigense.

Venecia - Italia

Si algo caracteriza a Venecia a parte de sus canales son los Carnavales y sus gentes escondidas detrás de las míticas y enigmáticas máscaras.

Borneo - Indonesia

Borneo es una de las islas más salvajes del archipiélago de Indonesia. Sus caudalosos ríos remontan sepenteantes las densas junglas y remontarlos para ver orangutanes salvajes es una experiencia imborrable.

Lisboa - Portugal

Maravilloso interior de estilo manuelino del Monasterio de los Jerónimos de Santa María de Belém, en la capital del Reino de Portugal.

Sevilla - Andalucía

Puesta de sol sobre las tranquilas aguas del río Guadalquivir, con la preciosa Torre del Oro ya iluminada en el extremo derecho de la foto.

martes, 21 de enero de 2014

Burgos. Una ciudad señorial al norte de Castilla


A orillas del río Arlanzón, se alza la histórica ciudad de Burgos, Cabeza de Castilla y una de las más bellas ciudades de España. Fundada bajo el reinado de Alfonso III, conserva la impronta de siglos de cristiandad en cada uno de sus rincones, plazas y callejas de sabor singular. Su imponente catedral gótica apenas necesita presentación, sólo necesitas perderte por sus alrededores y respirar el halo místico de su interior.

Nota: Esta es la segunda parte del viaje que nos llevó desde Barcelona a Burgos pasando por tierras oscenses. Puedes leer la primera en este link.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 3 días
Fecha: Diciembre de 2012
Destinos visitados: Burgos, Frías y Oña.
Transporte: Coche

Descripción del viaje

Burgos era el destino final del corto viaje en coche que hicimos justo antes de las Navidades de 2012 y que primero nos había llevado por tierras oscenses.
Llegamos a Burgos ya de noche, después de un largo trayecto de coche que se había iniciado justo después de comer en San Juan de la Peña. No nos costó demasiado encontrar el hotel, realmente céntrico. Encontrar aparcamiento ya fue harina de otro costal. Realmente nos sorprendió el nivel de tráfico que había en el centro de esa pequeña ciudad.

Era ya tarde, estábamos ya cenados y además muy cansados. Sin embargo nada de eso iba a impedir que, aunque fuera arrastrándonos, saliéramos un ratito a pasear bajo la luz de la luna y empezar a degustar el ambiente de la ciudad que nos iba a acoger en los días siguientes. Un paseo corto, por el centro de la ciudad, donde ya pudimos hacernos una idea de cómo era Burgos: muy comercial y con la gente volcada en las calles, ya fuera comprando, cenando o simplemente paseando.

El día siguiente amaneció algo nublado, amenazando lluvia, así que cogimos los paraguas y salimos bien pronto a buscar los grandes tesoros de la arquitectura burgalesa. Como siempre en nuestros viajes, el primer destino, incluso antes de desayunar, fue la Oficina de Información y Turismo, que por suerte nos caía bastante cerca del hotel. De allí salimos con las ideas bastantes claras de qué queríamos visitar.
Tras un desayuno rápido en un bar, nos dirigimos hacia las afueras de la ciudad, atravesando un rico barrio residencial hasta hallar el Real Monasterio de las Huelgas. La construcción era bastante sobria, nada espectacular la verdad, pero en cualquier caso llagábamos con hambre de visitar así que no nos desilusionaríamos tan pronto. Al hacernos con los tickets nos informaron de que la visita era guiada y que el próximo grupo salía en 20 minutos. Sin duda gran idea la de la Diputación de proporcionar guía a los visitantes, ya que disfrutamos como enanos de las explicaciones, tratándose como se trata el Monasterio de un lugar que ha sido capital de la más rancia historia castellana.

Salimos del Monasterio para encontrarnos con una fina lluvia que no tenía especial pinta de remitir, con el cielo encapotado de un gris plomizo hasta donde la vista alcanzaba. Recorrimos el camino de vuelta hacia el centro de la ciudad, esta vez paseando por el bonito paseo que circula paralelo al río que cruza Burgos. Nos dirigimos a la Plaza Mayor y cerca de allí buscamos un restaurante donde poder comer. Encontramos uno llamado “La Mafia” cuyo menú nos llamó la atención y decidimos entrar en él. ¡Dios mío que hartón de comer! ¡Todo riquísimo y por un precio de menú muy asequible! Sin duda la suerte nos acompañó en la elección.

Con las piernas descansadas y la barriga llena decidimos ir a visitar la joya de la corona, la Catedral. Además coincidía que esa tarde la entrada para visitarla era gratuita. Aprovechando la coyuntura, decidimos reinvertir lo que nos habíamos ahorrado en la entrada en una audioguía. Otro gran acierto sin duda. La Catedral es enorme, llena de preciosos rincones, retablos, bajorrelieves, etc. Vimos cada uno con mayor asombro que el anterior, siempre acompañados por las interesantes descripciones de la audioguía. Cuando ya estábamos en la parte final de la visita, en una exposición sobre la figura del Cid Campeador, nos sorprendió la megafonía diciendo que se iba a proceder al cierre de la Catedral y que por favor los visitantes se dirigieran hacia la salida. Asombrados miramos el reloj y vimos que eran las 19:30, llevábamos ya tres horas y media de visita que sin embargo nos habían pasado volando.

La fachada de la Catedral iluminada contra un encapotado cielo invernal 


Salimos de la Catedral que era ya negra noche. Aprovechamos para hacer algunas fotos del exterior de la Catedral, del precioso Arco de Santa María o de la casa del Cordón antes de ir de vuelta al hotel para tomar una revigorizante ducha. Fresquitos y cambiados decidimos volver a salir, esta vez a cenar en alguno de los locales de tapas que se encuentran en las céntricas calles tras la Catedral y que nos habían recomendado unas amables lugareñas. No soy gran amante del modelo “tapeo”, soy de los que prefiere cenar sentadito y con un buen plato delante, pero al lugar había que reconocerle encanto y ambiente a raudales. Una gran opción si no tienes demasiada hambre, ya que por poco dinero te tomabas 2 coca-colas y 4 tapas y para “tapar el hueco” ya ibas más que sobrado.

De nuevo con la barriguita llena, nos acercamos otra vez al hotel. Un poco de lectura y a dormir, que al día siguiente madrugábamos para salir de excursión.

El día siguiente amaneció bastante mejor que el anterior, frío pero soleado. El primer destino a visitar era la Cartuja de Miraflores, ya que ésta quedaba a las afueras de la ciudad, de camino hacia donde luego pensábamos dirigirnos. Cuál fue nuestra sorpresa al llegar allí y encontrárnosla cerrada, justo era el día de descanso. Debo reconocer que en ese momento nos cagamos en toda la familia de la persona que nos atendió en Información y Turismo. ¿Tanto le costaba indicarnos que uno de los tres sitios más turísticos de la ciudad estaba cerrado uno de los días que íbamos a estar allí? Sabiéndolo hubiera sido tan fácil como intercambiar las visitas entre Miraflores y las Huelgas y podríamos haberlo visto todo. Bueno, qué se le va a hacer, así como mínimo aún nos queda algún motivo para venir de nuevo a Burgos en una segunda ocasión.



A las puertas del castillo de los Condes de Frías
Decepcionados, cogimos el coche y pusimos las coordenadas en el TOM-TOM. Destino el Valle del Oca, una región montañosa al norte de la ciudad, en dirección hacia Santander. El primer pueblo a visitar era Frías, un pequeño pueblo medieval del que habíamos leído maravillas en Internet. A decir verdad, al llegar allí Frías nos dejó algo fríos. No es que no fuera bonito, pues sin duda tenía su encanto con su pequeño castillo y su iglesia románica, con sus estrechas callejuelas empedradas y su reducto de casas colgantes. Pero no era tampoco nada del otro mundo, nada que no hubiéramos visto en otras poblaciones bien conservadas como Rupit por ejemplo. Casi merecieron más la pena los fabulosos paisajes que nos encontramos de camino, que la población en sí.

Descendimos por las sinuosas carreteras hasta llegar al curso del Río Oca, que remontamos por una buena carretera hasta Oña, un pueblo que nos habían recomendado el día anterior en Información y Turismo, famoso por el enorme Monasterio de San Salvador. Por desgracia, dadas las fechas nos encontramos el monasterio cerrado. Sólo se podía visitar acompañados del guía local que hacía visitas cada ciertas horas (no muchas la verdad dado que era pleno invierno y por tanto temporada más que baja). La siguiente visita era a las 16:00, aún quedaban un par de horas, que decidimos emplear en dar un paseo por el pueblo y comer en uno de sus restaurantes, un lugar conocido como La Bodeguilla, con más encanto que buen comer para ser sinceros.

Allí estábamos a las 16:00, bien dispuestos a las puertas del Monasterio. Pronto descubrimos que éramos los únicos  turistas del día  y que por tanto el   guía nos  haría una  visita privada.  El Monasterio  era digno  de ser visitado  y el guía un  auténtico crack  que amenizó la visita con anécdotas  y explicaciones varias.  La historia de la  fundación del  Monasterio  por parte de  Don Sancho García,  Conde de Castilla,  para colocar  a su hija como abadesa, lo reyes  y nobles allí  sepultados y  un montón  de historias  más que ahora  soy incapaz  de recordar.  Se veía que no tenía prisa y podía recrearse con nosotros, pareciendo casi alegre de tener algo que hacer a lo largo del día.

Finalizada la visita al Monasterio de San Salvador,  ya oscureciendo  en el exterior,  decidimos dejar de vagar  por esos parajes  y volver a la ciudad. Burgos nos esperaba de nuevo, acogedora, y dedicamos las últimas horas de la tarde a hacer allí algunas  compras que María quería ir adelantando para las fiestas navideñas.  Por último una nueva sesión de tapeo  a la hora de la cena, justo antes de retirarnos de nuevo a dormir. Por desgracia al día siguiente debíamos partir de nuevo hacia casa,  dejando atrás  nuestro periplo castellano. Siete horas de conducción nos esperaban por delante y era mejor estar bien descansado para ello.
Valoraciones

Burgos nos sorprendió muy gratamente. Una ciudad muy bonita y con mucho ambiente, enclavada cerca de zonas paisajísticamente preciosas. Si a eso le añades buena comida, poco más se le puede pedir a un lugar para que merezca la pena visitarlo.

Lo mejor del viaje

- Las salidas nocturnas a tomar unas tapitas. ¡Qué forma tan maravillosa de terminar una jornada vacacional!
- La visita al monasterio de Oña con "nuestro" guía particular. Un auténtico crack el tío.
- La catedral de Burgos. Una auténtica maravilla por dentro y por fuera. Una tarde entera estuvimos para visitarla... y se nos hizo corto.

Lo peor del viaje

- Información y Turismo de Burgos. De verdad, no hay tantas cosas a visitar en la ciudad, ya nos podían haber avisado que la Cartuja cerraba uno de los días que les dijimos que estábamos allí. Así a lo mejor hasta nos podemos planificar y no quedarnos sin verla.

Galería de fotos

Burgos

lunes, 20 de enero de 2014

Huesca, San Juan de la Peña y el castillo de Loarre

Las montañas de la provincia de Huesca ya son un espectáculo natural por sí mismas que merecen sin duda una larga visita. Pero es que encaramadas a estas montañas se encuentran auténticas joyas artísticas e históricas de nuestro país. Por un lado el Castillo de Loarre, fortaleza y baluarte de la reconquista aragonesa contra los musulmanes y por otro el precioso monasterio de San Juan de la Peña. La piedra esculpida por la naturaleza y la esculpida por el hombre conviven en estos parajes en perfecta armonía.

Nota: Esta es la primera parte del viaje que nos llevó desde Barcelona a Burgos pasando por tierras oscenses. Puedes leer la segunda en este link.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 2 días
Fecha: Diciembre de 2012
Destinos visitados: Huesca, Loarre y San Juan de la Peña.
Transporte: Coche

Descripción del viaje

Este viaje es resultado de una vacaciones de última hora que nos cogimos María y yo. Llegaban finales de noviembre y aún quedaban unos cuantos días de vacaciones por cogernos. Como no era de recibo perderlos, cogimos ambos los mismos días y en vez de quedarnos en casa descansando, decidimos coger el coche y hacer una corta escapada.

El destino escogido fue Burgos, pero como no queríamos pasarnos el primer día de vacaciones entero conduciendo, decidimos hacer una escala a medio camino. Esa escala sería la ciudad de Huesca y era de recibo aprovechar para visitar algunos de los tesoros que se esconden por tierras oscenses aunque eso implicara alargar un poco nuestra estancia.

Nos planteamos unas vacaciones "en plan tranquilo" por lo que salimos de Sant Cugat que ya era bastante tarde. Así pues llegamos a Huesca capital alrededor de las cinco de la tarde, en ese horario en que en invierno la luz diurna ya empieza a extinguirse para dar paso a la noche.

Encontramos el hotel sin excesiva dificultad. No era difícil, hay que reconocerlo, Huesca para el canon barcelonés no pasa de ser un pueblo un poco grande (vamos, para hacernos una idea Huesca tiene 30.000 habitantes menos que Sant Cugat que es considerado un pueblo en la provincia de Barcelona).

El hotel era cómodo y bonito, aunque algo oscuro y con cierto sabor añejo. Una vez instalados decidimos ir a dar una vuelta por la ciudad. Ya había caído la noche y para acabar de redondear la visita se había puesto a llover a cántaros. Eso sí, con toda la moral del mundo empezamos a dirigirnos hacia la catedral y el casco antiguo, refugiándonos bajo nuestro único paraguas. Llegamos empapados, sólo para encontrarnos que a las seis de la tarde estaba todo cerrado y no podíamos visitar nada; apenas dar una vuelta por las calles viendo las fachadas de los edificios. Visita que terminaríamos pronto, pues el casco antiguo de Huesca se reduce a no más de cuatro o cinco calles.

Visto el exitazo de la visita, decidimos cambiar de objetivo. El nuevo objetivo prioritario era encontrar una tienda donde comprar un paraguas. Llamadnos poco aventureros si queréis pero ya nos habíamos cansado de mojarnos inútilmente. Una tienda de chinos nos hizo el apaño por unos míseros 3 euros. Sabíamos que el paraguas no aguantaría mucho si le daba por soplar el viento, pero de momento serviría para no mojarnos más.

Tras eso nos dirigimos a la zona de bares de Huesca. Un par de calles repletas de bares y restaurantes en las que abundan los locales donde comer unas tapas y beber algo. Era pronto, pero con la lluvia que caía fuera no nos importó avanzar la cena. Nos sentamos y con las gotas de lluvia impactando contra el cristal, comimos y charlamos durante un buen rato.

Era ya tarde y no parecía que la lluvia fuera a remitir, así que decidimos retirarnos pronto al hotel, así al día siguiente no nos dolería demasiado el madrugar para ir a visitar Loarre.

La mañana siguiente amaneció despejada. Una buena noticia sin duda. Tras hacer el check-out del hotel cogimos el coche y nos encaminamos hacia Loarre. El trayecto discurría por carreteras sinuosas de montaña, cuyas vistas ayudaban sin duda a amenizar el trayecto. Tras coger el desvío hacia Loarre, la carretera iniciaría un ascenso, primero suave, luego cada vez más pronunciado. Cuando encontramos el objeto de nuestra visita, nos encontrábamos ya a considerable altura, sobre la cima de una montaña.

Ante nosotros el magnífico castillo de Loarre, un castillo no excesivamente grande pero maravillosamente conservado, vivo recuerdo de los inicios de la Reconquista española contra el Islam. Sus almenas recortadas contra el azul prístino del cielo y a sus pies unas espectaculares vistas de las regiones colindantes.

Lo bueno de visitar algo a primera hora de un día laborable de noviembre es que no hay mucha gente. Si esto encima lo haces en Huesca, entonces directamente no hay nadie. Teníamos el Castillo para nosotros solos, para nuestro entero goce y disfrute. La verdad es que el aire puro de la montaña y la soledad del castillo parecía conducirte a otras épocas, a un mundo de ensueño. Sencillamente impresionante.


Vista exterior del Castillo de Loarre

Tras acabar la visita decidimos bajar al pueblo de Loarre con la intención de comprar una de las famosas "trenzas de Loarre", un dulce típico y altamente calórico que una vez me habían dejado probar mis tíos. Cuál sería nuestra estupefacción al enterarnos, que en Loarre no se podía comprar la trenza, es más, que no era típica de allí, si no de la ciudad de Huesca. Ante nuestra pregunta de "¿Y entonces por qué se llama trenza de Loarre?" no nos pudieron más que con un "Pues no sé, alguien debió pensar que sería un nombre más comercial que trenza de Huesca supongo". Suerte que los lugareños eran colaboradores y nos indicaron un pueblo cercano en el que había un par de pastelerías donde probablemente podríamos encontrar el esquivo pastelillo. Así, tras una breve parada siguiendo esas indicaciones, cuando partimos hacia nuestro siguiente destino la trenza ya estaba en mis golosas manos.

La siguiente visita era el Monasterio de San Juan de la Peña, un edificio eclesiástico construido aprovechando una gruta natural que resulta como poco impactante. La belleza de la ubicación del monasterio es innegable, con lo que no nos extrañó que los primeros reyes aragoneses tendieran a favorecer al monasterio, hasta el punto de que se convirtiera con el tiempo en el sepulcro real de las primeras dinastías de reyes de Aragón.

Esta importancia hizo que el dinero llegara a espuertas al monasterio y que este pudiera ampliarse y florecer con un arte arquitectónico y escultórico más que notable, del que pudimos gozar durante un buen par de horas. Especialmente notable el claustro, un auténtico reducto de paz y belleza del que disfrutar con calma.


Claustro del Monasterio de San Juan de la Peña
Salimos de San Juan que ya era media tarde y de nuevo se había puesto a llover. Era hora ya de coger el coche y partir hacia Burgos, destino final de nuestro viaje. Pero eso, ya es material para otro post.

Valoraciones

Bonita etapa de transición en nuestro viaje a Burgos. Preciosos paisajes y bellos monumentos históricos a visitar. Eso sí, debes saber encontrarle el placer al viajar tranquilamente por estrechas carreteras de montaña. Las cosas interesantes a visitar están realmente esparcidas por la geografía oscense.

Lo mejor del viaje
- Tener el castillo de Loarre para nosotros solos y sentirse transportado en el tiempo
- Una tarde de charla y tapas en Huesca con la lluvia golpeando con furia los cristales del bar
- El claustro de San Juan de la Peña y su maravillosa fábula del Santo Grial

Lo peor del viaje
- El tiempo, que últimamente en cada viaje nos acompañan fuertes lluvias
- Huesca, una ciudad bastante plana y carente de atractivos

Galería de fotos


Huesca1