lunes, 20 de enero de 2014

Huesca, San Juan de la Peña y el castillo de Loarre

Las montañas de la provincia de Huesca ya son un espectáculo natural por sí mismas que merecen sin duda una larga visita. Pero es que encaramadas a estas montañas se encuentran auténticas joyas artísticas e históricas de nuestro país. Por un lado el Castillo de Loarre, fortaleza y baluarte de la reconquista aragonesa contra los musulmanes y por otro el precioso monasterio de San Juan de la Peña. La piedra esculpida por la naturaleza y la esculpida por el hombre conviven en estos parajes en perfecta armonía.

Nota: Esta es la primera parte del viaje que nos llevó desde Barcelona a Burgos pasando por tierras oscenses. Puedes leer la segunda en este link.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 2 días
Fecha: Diciembre de 2012
Destinos visitados: Huesca, Loarre y San Juan de la Peña.
Transporte: Coche

Descripción del viaje

Este viaje es resultado de una vacaciones de última hora que nos cogimos María y yo. Llegaban finales de noviembre y aún quedaban unos cuantos días de vacaciones por cogernos. Como no era de recibo perderlos, cogimos ambos los mismos días y en vez de quedarnos en casa descansando, decidimos coger el coche y hacer una corta escapada.

El destino escogido fue Burgos, pero como no queríamos pasarnos el primer día de vacaciones entero conduciendo, decidimos hacer una escala a medio camino. Esa escala sería la ciudad de Huesca y era de recibo aprovechar para visitar algunos de los tesoros que se esconden por tierras oscenses aunque eso implicara alargar un poco nuestra estancia.

Nos planteamos unas vacaciones "en plan tranquilo" por lo que salimos de Sant Cugat que ya era bastante tarde. Así pues llegamos a Huesca capital alrededor de las cinco de la tarde, en ese horario en que en invierno la luz diurna ya empieza a extinguirse para dar paso a la noche.

Encontramos el hotel sin excesiva dificultad. No era difícil, hay que reconocerlo, Huesca para el canon barcelonés no pasa de ser un pueblo un poco grande (vamos, para hacernos una idea Huesca tiene 30.000 habitantes menos que Sant Cugat que es considerado un pueblo en la provincia de Barcelona).

El hotel era cómodo y bonito, aunque algo oscuro y con cierto sabor añejo. Una vez instalados decidimos ir a dar una vuelta por la ciudad. Ya había caído la noche y para acabar de redondear la visita se había puesto a llover a cántaros. Eso sí, con toda la moral del mundo empezamos a dirigirnos hacia la catedral y el casco antiguo, refugiándonos bajo nuestro único paraguas. Llegamos empapados, sólo para encontrarnos que a las seis de la tarde estaba todo cerrado y no podíamos visitar nada; apenas dar una vuelta por las calles viendo las fachadas de los edificios. Visita que terminaríamos pronto, pues el casco antiguo de Huesca se reduce a no más de cuatro o cinco calles.

Visto el exitazo de la visita, decidimos cambiar de objetivo. El nuevo objetivo prioritario era encontrar una tienda donde comprar un paraguas. Llamadnos poco aventureros si queréis pero ya nos habíamos cansado de mojarnos inútilmente. Una tienda de chinos nos hizo el apaño por unos míseros 3 euros. Sabíamos que el paraguas no aguantaría mucho si le daba por soplar el viento, pero de momento serviría para no mojarnos más.

Tras eso nos dirigimos a la zona de bares de Huesca. Un par de calles repletas de bares y restaurantes en las que abundan los locales donde comer unas tapas y beber algo. Era pronto, pero con la lluvia que caía fuera no nos importó avanzar la cena. Nos sentamos y con las gotas de lluvia impactando contra el cristal, comimos y charlamos durante un buen rato.

Era ya tarde y no parecía que la lluvia fuera a remitir, así que decidimos retirarnos pronto al hotel, así al día siguiente no nos dolería demasiado el madrugar para ir a visitar Loarre.

La mañana siguiente amaneció despejada. Una buena noticia sin duda. Tras hacer el check-out del hotel cogimos el coche y nos encaminamos hacia Loarre. El trayecto discurría por carreteras sinuosas de montaña, cuyas vistas ayudaban sin duda a amenizar el trayecto. Tras coger el desvío hacia Loarre, la carretera iniciaría un ascenso, primero suave, luego cada vez más pronunciado. Cuando encontramos el objeto de nuestra visita, nos encontrábamos ya a considerable altura, sobre la cima de una montaña.

Ante nosotros el magnífico castillo de Loarre, un castillo no excesivamente grande pero maravillosamente conservado, vivo recuerdo de los inicios de la Reconquista española contra el Islam. Sus almenas recortadas contra el azul prístino del cielo y a sus pies unas espectaculares vistas de las regiones colindantes.

Lo bueno de visitar algo a primera hora de un día laborable de noviembre es que no hay mucha gente. Si esto encima lo haces en Huesca, entonces directamente no hay nadie. Teníamos el Castillo para nosotros solos, para nuestro entero goce y disfrute. La verdad es que el aire puro de la montaña y la soledad del castillo parecía conducirte a otras épocas, a un mundo de ensueño. Sencillamente impresionante.


Vista exterior del Castillo de Loarre

Tras acabar la visita decidimos bajar al pueblo de Loarre con la intención de comprar una de las famosas "trenzas de Loarre", un dulce típico y altamente calórico que una vez me habían dejado probar mis tíos. Cuál sería nuestra estupefacción al enterarnos, que en Loarre no se podía comprar la trenza, es más, que no era típica de allí, si no de la ciudad de Huesca. Ante nuestra pregunta de "¿Y entonces por qué se llama trenza de Loarre?" no nos pudieron más que con un "Pues no sé, alguien debió pensar que sería un nombre más comercial que trenza de Huesca supongo". Suerte que los lugareños eran colaboradores y nos indicaron un pueblo cercano en el que había un par de pastelerías donde probablemente podríamos encontrar el esquivo pastelillo. Así, tras una breve parada siguiendo esas indicaciones, cuando partimos hacia nuestro siguiente destino la trenza ya estaba en mis golosas manos.

La siguiente visita era el Monasterio de San Juan de la Peña, un edificio eclesiástico construido aprovechando una gruta natural que resulta como poco impactante. La belleza de la ubicación del monasterio es innegable, con lo que no nos extrañó que los primeros reyes aragoneses tendieran a favorecer al monasterio, hasta el punto de que se convirtiera con el tiempo en el sepulcro real de las primeras dinastías de reyes de Aragón.

Esta importancia hizo que el dinero llegara a espuertas al monasterio y que este pudiera ampliarse y florecer con un arte arquitectónico y escultórico más que notable, del que pudimos gozar durante un buen par de horas. Especialmente notable el claustro, un auténtico reducto de paz y belleza del que disfrutar con calma.


Claustro del Monasterio de San Juan de la Peña
Salimos de San Juan que ya era media tarde y de nuevo se había puesto a llover. Era hora ya de coger el coche y partir hacia Burgos, destino final de nuestro viaje. Pero eso, ya es material para otro post.

Valoraciones

Bonita etapa de transición en nuestro viaje a Burgos. Preciosos paisajes y bellos monumentos históricos a visitar. Eso sí, debes saber encontrarle el placer al viajar tranquilamente por estrechas carreteras de montaña. Las cosas interesantes a visitar están realmente esparcidas por la geografía oscense.

Lo mejor del viaje
- Tener el castillo de Loarre para nosotros solos y sentirse transportado en el tiempo
- Una tarde de charla y tapas en Huesca con la lluvia golpeando con furia los cristales del bar
- El claustro de San Juan de la Peña y su maravillosa fábula del Santo Grial

Lo peor del viaje
- El tiempo, que últimamente en cada viaje nos acompañan fuertes lluvias
- Huesca, una ciudad bastante plana y carente de atractivos

Galería de fotos


Huesca1

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