Dice el refrán que Sevilla tiene un color especial y efectivamente una vez visitada nadie duda que lo tenga. Probablemente sea el color de su historia, marcada principalmente por la dominación árabe y, tras la Reconquista, por ser el centro del comercio del Imperio con las indias. Quizás sea también el color de su benigno clima y del precioso Guadalquivir que la cruza. Sin duda se trata también del color de sus gentes, de las plazas llenas de terrazas con gente riendo y disfrutando de la vida. Supongo que esta mezcla cromática es la que hace tener a la capital andaluza un color especial.
Ficha Técnica
Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 3 días
Fecha: Septiembre de 2010
Destinos visitados: Sevilla
Transporte: Avión
Destinos visitados: Sevilla
Transporte: Avión
Descripción del viaje
Este viaje, como tantos otros, tiene su propia y peculiar historia. A principios del 2010, Mary, una vieja amiga de María de sus épocas de Universidad nos comunicó que se casaba en Septiembre en la ciudad de Sevilla. Aquellos meses se planteaban ya densos de trabajo en el Banco, pero aún así pudimos estirar un poco el fin de semana, cogiéndonos el viernes anterior de vacaciones, lo que nos permitiría asistir a la boda e incluso ver algo de la ciudad antes de volver a Barcelona. Sin embargo, apenas un par de meses antes de la fecha señalada, ya con los vuelos y el hotel reservados Mary nos comunicó que la boda se cancelaba por motivos que no vienen ahora al caso. En consecuencia teníamos por delante un fin de semana largo, dos billetes de avión a Sevilla y un hotel allí donde hospedarnos, un viaje relámpago en toda regla.
Cogimos un vuelo de ClickAir el mismo viernes por la mañana a primera hora, con lo que nuestro vuelo llegó por lo tanto a media mañana a Sevilla. Cogimos un autobús que nos había de llevar hasta el hotel que habíamos reservado, muy cerca del Estadio Sánchez Pijuán. Dejamos nuestras cosas en la habitación del hotel, cogimos un mapa de la ciudad en la recepción y ya pasadas las 12 empezamos nuestro periplo turístico por la capital hispalense.
Nuestro primer destino fue el Barrio de la Santa Cruz, con sus estrechas callejuelas, sus balcones llenos de claveles y ese sabor a barrio histórico y pintoresco que tanto apreciamos los viajeros al llegar a una ciudad (será porque los barrios más modernos son prácticamente iguales en casi cualquier ciudad del mundo). Allí nos perdimos un buen rato por sus calles y plazoletas. El Barrio de Santa Cruz era en tiempos medievales la antigua judería de la ciudad y resultó estupendo pasear por su trazado laberíntico de estrechas calles, buscando un buen lugar entre sus bares y bodegas para comer, ya que, al menos personalmente, los viajes en avión tienen la virtud de abrirme el apetito.
La tarde decidimos empezarla a lo grande. Si hay algo que marca la ciudad de Sevilla de ésa es la Plaza del Triunfo, rodeada de la Catedral, el Alcázar y el Archivo de Indias, así que decidimos empezar por allí. Al llegar nos sentamos en sus escalones, cerca de una fuente que refrescaba el ambiente en su enredador y perdimos el tiempo haciendo las primeras fotos de la Catedral y la Giralda. Tras ello, nos decidimos por entrar a visitar la Catedral. La Catedral, una de las mayores de la cristiandad, es magnificente y esplendorosa. Sus vidrieras son hermosas, la Capilla Mayor una auténtica obra de arte y la excelsamente decorada tumba de Cristóbal Colón, un vívido recuerdo del que fuera uno de los mayores Imperios que la historia del hombre ha visto. Mucho podría escribir sobre ella y poca justicia le haría.
Con la entrada a la Catedral, puedes ver también el Museo del Tesoro de la misma, pero sin duda la mayor atracción es subir a la mismísima Giralda. Esta torre, que ahora ejerce de campanario y mirador de la Catedral era originalmente el mayor de los minaretes que el Califa de Sevilla había hecho construir para la Mezquita que se erigía donde ahora se levanta la Catedral. Los cristianos al reconquistar Sevilla decidieron tirar abajo la mezquita y construir en su lugar la Catedral pero, sin duda embriagados por su belleza, tuvieron la sensatez de mantener la Giralda como parte de la nueva Catedral. La ascensión a la cúspide de la Giralda es costosa, con numerosos y empinados escalones, pero sin duda el esfuerzo merece la pena, pues las vistas de la ciudad que se tienen desde allí arriba son simplemente espectaculares.
Salimos por fin de la Catedral ya avanzada la tarde y nos dirigimos hacia los Reales Alcázares, pero nuestra desilusión fue mayúscula, ya que quedaba poco para el cierre e incluso el propio personal de taquillas nos recomendó que si teníamos tiempo lo dejáramos para el día siguiente. Así que cambiamos la visita por un paseo tranquilo por las calles de Sevilla, por aquellas más comerciales y llenas de restaurantes. Un paseo tranquilo que nos permitiera disfrutar del ambiente de la ciudad sin prisas, ya que nos habíamos propuesto tomarnos esta vez con calma el viaje, aunque eso supusiera dejar de ver algunas cosas. Así pues paseamos y cenamos, charlamos y reímos y pronto estuvimos en el hotel, dispuestos a dormir para al día siguiente levantarnos pronto y visitar ese Alcázar que se nos había resistido en nuestro primer día.
| Sevilla desde el mirador de la Giralda |
A la mañana siguiente, de sol radiante, nos encaminamos de nuevo a primera hora hacia los Reales Alcázares donde nos cogimos la visita guiada. Para mí el Alcázar fue sin duda lo más bonito de toda la ciudad. Desde la Puerta del León, la entrada principal enclavada en la primitiva muralla almohade, pasando por el palacio del Rey Pedro I, núcleo de los Alcázares de brillante arte mudéjar, con su Patio de las Doncellas, pasando por el Salón de los Embajadores o el Palacio Gótico con sus azulejos y tapices, la sublime mezcla de estilos y épocas convierten a este recinto en lo más bello de toda la capital andaluza. No sólo eso, si no a parte unos jardines enormes y bellamente cuidados, con el impresionante uso del agua tan típico de los jardines musulmanes. Toda una mañana que estuvimos allí y aún nos supo a poco, pero con el calor del día en su pleno auge y el hambre empezando a acuciar tomamos la decisión de abandonar tan exquisito sitio.
Nos encaminamos hacia la Plaza de España. Buscábamos pararnos a medio camino para comer en un restaurante, alguno bonito enclavado en un parquecito, a la sombra de unos árboles que nos protegieran del inclemente Lorenzo, pero no lo encontramos, parece que justo por donde pasábamos no había muchos y los pocos que encontramos estaban ya cerrados por ser un poco tarde. Así, cuando ya lo peor del calor estaba pasando y aún si haber comido, llegamos a la Plaza de España. Visita obligada, no sólo por la belleza de este lugar construido para la Exposición Universal del 29, si no que para alguien tan friki como yo, el hecho de que allí se hubieran grabado varias escenas de Star Wars I: La Amenaza Fantasma, le daba un plus sentimental a la visita. ¡Lástima no encontrarse por allí con Padmé Amidala!
Tras las fotos de rigor continuamos con la caminata, en este caso cruzando y admirando el enorme Parque de María Luisa hasta llegar de nuevo a orillas del Guadalquivir, que fuimos bordeando hasta llegar de nuevo al mismo centro de la ciudad, a los pies de la Torre del Oro. La verdad es que la misma nos decepcionó un poco y es que a parte de quedar muy bien en las fotos (especialmente las nocturnas) allí sita a orillas del río, no nos pareció nada del otro mundo. Eso sí, prácticamente a sus pies, un infecto McDonalds nos proporcionó el alimento que hasta ese momento (y rondaban ya las 17:30) se nos había escapado.
| Anocheciendo sobre un Guadalquivir vigilado por la Torre del Oro |
Con las fuerzas renovadas tras el ágape y los pies descansados después de un buen rato por fin sentados, continuamos remontando el Guadalquivir. Parada obligatoria para unas fotos a las puertas de la Maestranza y por fin cruzamos el río para visitar, ya con la caída del sol el Barrio de Triana. Nada muy especial a destacar allí, pero el paseo sosegado nos sentó bien y volvió a abrir el apetito para poder sentarnos a tomar la cena en uno de los establecimientos de la calle Betis, con el río a nuestros pies. Tras la cena, paseo chino-chano hasta el hotel, dejando morir nuestro segundo día en la ciudad.
El tercer y último día amaneció de nuevo con calor y buen tiempo. Empezamos nuestro caminar ya tarde (el sueño tras la cansada jornada anterior fue reparador) hacia la zona de murallas que se elevan en la zona oeste de la ciudad, vivo recuerdo de lo que fueran las defensas medievales de la ciudad. La visita a las murallas la acabamos llegando a la Basílica de la Macarena. Era domingo y la iglesia estaba llena. Incluso para un agnóstico como yo, era difícil no dejarse acongojar por la espiritualidad del sitio y la devoción de los feligreses allí congregados.
Al salir de allí nos dirigimos callejeando hasta la Alameda de Hércules y nos sedujo el ambiente festivo y familiar que se respiraba, así que decidimos quedarnos allí un buen rato y comer allí tranquilamente. Ya por la tarde bajamos de nuevo hacia el río. Nuestra intención era cruzarlo y caminar hacia la zona de la Expo’92, pero pronto nos dimos cuenta de que el tiempo se nos echaba encima (se acercaba peligrosamente la hora del vuelo) y que quizás no mereciera la pena coger un autobús y plantarse allí para verlo todo corriendo y sin poder disfrutarlo. Así que decidimos dejarlo para una segunda visita a la ciudad y simplemente disfrutar del par de horitas que nos quedaban tranquilamente haciendo algunas compras antes de ir a recoger el equipaje y encaminarnos de nuevo hacia el aeropuerto. Con lo que dejamos atrás de nuevo la tranquilidad y el sosiego sevillanos para volver a la marabunta barcelonesa y con ello al trabajo y la rutina diaria.
Valoraciones
Sevilla es una ciudad muy bonita que sin duda merece la pena visitar. Estuvimos tres días y no vimos ni mucho menos todo lo importante de la ciudad, dejándonos cosas importantes en el tintero, aunque hay que reconocer que tampoco queríamos estresarnos demasiado en este viaje. Un destino más que recomendable para un viaje de 4 o 5 días.
Lo mejor del viaje
- Los Reales Alcázares. Simplemente breathtaking como dirían los ingleses.
- El barrio de Santa Cruz, sus callejuelas y su ambiente y sobre todo sus bares donde desayunar, comer y cenar.
- El ambiente en la Alameda de Hércules el domingo por la mañana, capaz de hacer que unos turistas se olviden de visitar y se sienten simplemente a disfrutar de una mañana de domingo.
Lo peor del viaje
Sevilla es una ciudad muy bonita que sin duda merece la pena visitar. Estuvimos tres días y no vimos ni mucho menos todo lo importante de la ciudad, dejándonos cosas importantes en el tintero, aunque hay que reconocer que tampoco queríamos estresarnos demasiado en este viaje. Un destino más que recomendable para un viaje de 4 o 5 días.
Lo mejor del viaje
- Los Reales Alcázares. Simplemente breathtaking como dirían los ingleses.
- El barrio de Santa Cruz, sus callejuelas y su ambiente y sobre todo sus bares donde desayunar, comer y cenar.
- El ambiente en la Alameda de Hércules el domingo por la mañana, capaz de hacer que unos turistas se olviden de visitar y se sienten simplemente a disfrutar de una mañana de domingo.
Lo peor del viaje
- La Torre del Oro. Probablemente esté haciendo mal al ponerla en este apartado, porque está claro que no fue lo peor del viaje, pero quizás sí lo más decepcionante.
- Alguna zona colindante al Guadalquivir por la que empezamos a caminar el último día y que daba bastante “mal fario”. Todas las ciudades tienen sus barrios o zonas “menos recomendables”, pero la sensación de perderse en una de ellas sólo con tu novia no se la deseo a nadie.
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