martes, 17 de diciembre de 2013

Croacia. La perla del Adriático 1/2

Dubrovnik, la perla de Croacia es una ciudad del todo imprescindible de la costa mediterránea. Dentro de sus poderosas murallas se palpa el poso de una historia de más de mil años que la ha adornado con palacios, cúpulas, conventos y callejas con mucho sabor que, tras una minuciosa restauración después de la guerra de los Balcanes, vuelven a lucir en todo su esplendor. Muy cerca, en la vecina Bosnia, el puente de Móstar se erige como testigo bipolar de la unión entre culturas y de las barbaries de la guerra.

Nota: El viaje a Croacia, por su longitud, está descrito en dos entradas. Puedes leer la segunda en este link.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 6 días
Fecha: Agosto de 2008
Destinos visitados: Sur de Croacia (Dubrovnik, Ston, Orebic, Korcula, Split y Trogir) y Bosnia-Herzegovina (Pocitelj, Mostar, Cascadas de Kravice)
Transporte: Avión y autobús

Descripción del viaje

Se acercaban peligrosamente las vacaciones de aquel verano del 2008 y no teníamos por desgracia aún idea de a dónde encaminar nuestros pasos de turistas intrépidos. Así pues, a última hora tocó hacer una búsqueda intensiva por Internet de posibles destinos. Muchos fueron los que miramos (Egipto, Turquía, Rusia…) pero los precios, por estar en plena temporada alta, estaban por las nubes. Al menos hasta que me encontré con una oferta last minute en una agencia que sólo opera por Internet de un corto viaje a Croacia con una precio más que competitivo. No nos lo pensamos dos veces, nos liamos la manta a la cabeza y cogimos ese pack sin pensárnoslo.

En menos de una semana (sí, como os dije ese año nos columpiamos mucho para cerrar las vacaciones) nos encontrábamos en el aeropuerto de El Prat cogiendo un vuelo hacia la capital de la costa dálmata, Dubrovnik.

Día 1 – Dubrovnik

Nuestro avión aterrizó en el aeropuerto de Dubrovnik a media mañana y allí teníamos esperando con el típico cartelito de la agencia de viajes a la que sería nuestra guía durante todo el viaje, una chica andaluza que se había sacado un novio croata y llevaba ya 6 años viviendo en la zona. Poco a poco nos fuimos juntando todos los que nos habíamos apuntado al viaje organizado y cuando estuvimos todos procedimos a montarnos en el autobús que nos conduciría a las distintas visitas que haríamos a lo largo de nuestro viaje. Como mínimo ya de inicio pudimos constatar que el grupo no era excesivamente numeroso, lo cual era sin duda una gran noticia.

El desplazamiento del aeropuerto a la ciudad de Dubrovnik era bastante corto y enseguida el autobús nos descargó en las postrimerías de la Puerta de Pile, donde nos reunimos con una historiadora local que nos haría una visita guiada por la ciudad, o al menos por el casco antiguo de la misma y que nos había fascinado desde las ventanillas del autobús mientras nos acercábamos a la ciudad. Una ciudad completamente amurallada, con todas las construcciones de estilo medieval y en un estado de conservación sublime (principalmente como supimos luego, por el esfuerzo restaurador del gobierno croata tras la reciente guerra), enclavada en un idílico saliente entre las cristalinas aguas del Adriático. Se entendía perfectamente por qué Lord Byron la definió como “la perla del Adriático”.

La visita guiada no fue muy larga, pero suficiente para ver lo más importante de la ciudad como la Fuente de Onofrio, la Torre del Reloj, la Columna de Roland, el Palacio del Rector y la Catedral mientras nuestra guía nos iba desgranando poco a poco la historia local, desde la más remota, la creación de la ciudad y su influencia en las travesías comerciales por el Mediterráneo, hasta la más reciente, con los efectos de la Guerra de los Balcanes sobre la ciudad. Sin duda apasionante y muy ilustrativo.

Tras una hora más o menos de esta visita guiada, disponíamos de 4 o 5 más para realizar la visita a nuestro aire por la ciudad. Así pues nos separamos del resto de compañeros de viaje y empezamos nuestra visita particular.

Dado que acabábamos de visitar los lugares más emblemáticos decidimos callejear un poco para impregnarnos del ambiente de la ciudad. Las calles tenían ese aroma medieval tan típico: empedradas, estrechas y sinuosas, y resultaban un excelente refugio contra la acuciante calor. Sin duda eran bonitas y merecía la pena pasearse por allí, pero resultaba imposible empaparse del aroma local, porque prácticamente todo el casco antiguo se había convertido en mercadillo gigante y casi todo el mundo que por allí pululaba eran turistas como nosotros (la mayoría provenientes de los numerosos cruceros atracados en el puerto de la ciudad).

Continuamos la visita en el puerto de la ciudad, entre las pequeñas barcas de recreo y tras ello nos decidimos por acercarnos a la que probablemente sea la mayor atracción de la ciudad, la visita a las murallas de la misma. Se accede a la murallas que circunvalan la ciudad medieval a través de unas escaleras situadas al lado de la Puerta de Pile y te permiten recorrer los dos kilómetros y medio de murallas y ver toda la ciudad y sus alrededores desde allí. Sin duda el pago de la entrada merece la pena.

Casco antiguo de Dubrovnik desde una aspillera de las murallas
Nosotros cometimos el error de hacer la visita a las murallas a pleno mediodía. El sol caía como una losa sobre nuestras cabezas, recalentando la piedra bajo nuestros pies y haciendo que el trayecto, que encima hicimos apenas sin agua, se hiciera en ciertos puntos algo agobiante. En contraprestación, éramos prácticamente los únicos locos que nos atrevimos a hacer el trayecto a esas horas, con lo que pudimos disfrutar en las murallas de una intimidad difícil de encontrar en la atiborrada Dubrovnik.

Al acabar el paseo por las murallas ya eran pasadas las tres de la tarde, así que nos afanamos en buscar un sitio donde comer. Nos decantamos por un pequeño local situado en un callejón no excesivamente transitado y pudimos disfrutar de un buen arroz negro que para nuestra sorpresa no nos salió excesivamente caro.

Al acabar de comer nos quedaba poco más de una hora antes de que tuviéramos que reunirnos con el resto de compañeros de viaje para partir de Dubrovnik. Una opción que teníamos era la de salir del casco antiguo y pasear por los barrios modernos de la ciudad, pero éstos según la información que teníamos no parecían tener excesivo encanto, así que optamos por pasar esa horita en una de las playas locales. Llamarle playa es quizás algo temerario, pues no dejan de ser calas rocosas al mismo pie de las murallas. Sin embargo el ambiente en el lugar era maravilloso. La brisa llegaba refrescante desde las aguas y el lugar estaba repleto de lugareños, que se zambullían en el agua, nadaban y jugaban a waterpolo, mientras en la orilla sonaba la música de un chiringuito donde cocían unas brochetas de carne de olor delicioso. Hay que reconocer que esa horita se nos pasó volando.

A la hora pactada nos reunimos todos de nuevo en la fuente de Onofrio y nos volvimos a montar en el autobús que nos llevaría a nuestro hotel, en una población cercana sin ningún interés particular (excepto probablemente ser más económica que la propia Dubrovnik), pero que como mínimo disponía de unas playas de arena bastante decentes en las que nos remojamos un poco antes de cenar y un bonito paseo marítimo para pasear tras la misma.

Día 2 – Bosnia-Herzegovina

El segundo día nos levantamos pronto y cogimos de nuevo el autobús, que cruzaría la frontera para internarse en el vecino país de Bosnia-Herzegovina. Nuestro principal destino del día era la ciudad de Mostar, pero de camino hicimos una parada en el pequeño pueblo de Pocitelj, en el valle del río Neretva, un pequeño pueblo declarado patrimonio de la Humanidad por la UNESCO debido a sus bien conservadas construcciones islámicas del siglo XVI.

En un reducido espacio puede visitarse la Mezquita de Hadzi Alija, que contiene una madraza, y que destaca por su estilizado minarete, los baños públicos (Haman) o la Torre del Reloj. Pero sin duda la visita estrella, a la que María y yo nos lanzamos como locos en el poco tiempo que teníamos en el pueblo, era la subida a la fortaleza ya cristiana que domina el pueblo desde las alturas y que permite unas vistas sobre el pueblo y su entorno natural que quitan el hipo.

Tomamos las preceptivas fotos y cogimos de nuevo el bus para llegar al poco rato a Mostar, donde aparcamos cerca de la Iglesia de los Franciscanos, en el lado cristiano de la ciudad donde nos encontramos con nuestra guía local. La cual empezó a contarnos un poco la historia de la ciudad mientras íbamos caminando hacia el famoso puente de Mostar. Sin embargo resultaba algo difícil seguir las explicaciones de la guía, ya que sin querer se te desviaba la mirada hacia varias casas que no habían sido reconstruidas y que aún se encontraban en el mismo estado en que acabaron la guerra. Las paredes estaban perforadas por los agujeros de bala y los impactos de obuses, dejando una visión dantesca que te revolvía un poco el estómago de pensar qué pasó allí realmente.

Al poco llegamos a la calle principal de la ciudad, una calle peatonal adoquinada que parte del lado cristiano, cruza el famoso puente de Mostar (el Stari Most) y acaba un poco más allá, ya en el lado musulmán. La calle está plagada de tenderetes de recuerdos para turistas y abarrotada de gente, resultando en parte agobiante. Sin embargo el puente en sí es una maravilla arquitectónica, y el hecho de que lo sepas una reconstrucción reciente (del 2004), debido a que las milicias croatas lo volaron durante la guerra, no le quita el mínimo interés a este puente originario del siglo XVI de 30 metros de longitud que cuelga orgulloso sobre el Neretva.

El famoso puente de Mostar
Al poco de internarnos en el barrio musulmán, y tras visitar la mezquita más importante de la ciudad, nuestra guía local terminó su explicación y por tanto nos separamos del grupo para iniciar la visita por nuestra cuenta. Nos alejamos de las multitudes para caminar por la parte menos turística del barrio musulmán. Si algo nos chocó fue sin duda el ver como en la ciudad, cada uno de los parques había sido convertido en un improvisado cementerio durante la guerra. La visión de las lápidas blancas amontonándose en un espacio que debería estar destinado a temas lúdicos (jardines o parques) resultaba como poco espantosa.

Por último nos encaminamos a la orilla del río, justo debajo del puente, para disfrutar del frescor de sus aguas. La verdad es que estaban heladas. María tuvo el arrojo de refrescarse los pies en ellas, yo he de reconocer que no encontré el valor para hacerlo pese al calor que hacía. Además desde allí pudimos entretenernos viendo como los jóvenes de Mostar se lanzaban desde el puente a las frías aguas del río (cosa que sólo hacían cuando un turista era lo suficientemente generoso para darles una propina por ello). Algo espectacular y digno de ver, porque del puente a las aguas del río hay 27 metros de altura.

Cerca de la hora de comer, pero aún sin haberlo hecho cogimos de nuevo el autocar, para que nos llevara a un paraje natural idílico, las cascadas de Kravice. Se trata de un conjunto de varias cascadas alimentadas con el agua del río Trebizat que desciende por la zona y a cuyo pie se encuentra una especie de enorme remanso del río de poca profundidad. Este remanso lo aprovechan los locales en verano como una especie de piscina natural, e incluso han abierto varios chiringuitos a su alrededor. En uno de ellos fue donde comimos y pude degustar por primera vez un Cevapcice que quitaba el aliento (aunque se me quedó un poco corto, la verdad, creo que debería haberme comido dos). Pasamos la tarde disfrutando de las cascadas, bañándonos y riéndonos, para poco después coger el autobús de nuevo hasta el hotel para pasar la noche.

Galería de fotos


Croacia1

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