Ficha Técnica
Viajeros: Rubén, Maria de la Roca, Antonio y GracielaDescripción del viaje
Así pues, lo primero que hicimos fue dirigirnos a buscar un sitio para comer. Y como buenos guiris nos encaminamos a una de las zonas más turísticas, la Calle de las Teterías en la parte baja del barrio del Albaicín. La comida no fue nada para recordar, pero la zona se ha de reconocer que tiene su encanto con ese aire de estilo musulmán tan particular. En sí, a mi me parece un ambiente un poco ficticio, poco natural, pensado más para turistas que para locales, pero eso no deja de ser una sensación mía particular basada en nada en concreto. El encanto no se le puede negar a la zona.
Después de comer nos dirigimos al centro histórico. Nuestro primer destino fue la Plaza del Carmen, en el que se erige el Ayuntamiento, un edificio bonito pero sin excesivo encanto, que es el resultado de la remodelación de un antiguo convento carmelita expropiado durante la desamortización.
Muy cerca del ayuntamiento se encuentra lo que sería nuestro primer destino de entidad: la Catedral de Granada. La catedral es bonita, sin duda una parada obligatoria si estás de visita en la ciudad. Sin embargo, si la comparamos con otras catedrales como la de Burgos, ésta no llega a la majestuosidad de aquellas. Supongo que en mi caso, que estoy algo empachado de catedrales ya que las visito todas en cada ciudad que voy, a estas alturas necesito algo muy espectacular para que se fije en mi memoria.
El siguiente paso fue acercarnos a la Capilla Real, adosada a la propia Catedral y de visita bastante interesante por la historia que encierra este regio lugar de reposo de los Reyes Católicos, sin duda los reyes más importantes de la historia de nuestro país, artífices de la Reconquista y el descubrimiento del Nuevo Mundo.
Tras esta visita nos dirigimos a las afueras de la Catedral, donde callejeamos un buen rato por esas estrechas callejuelas repletas de tiendas de todos tipos (especialmente souvenirs) que la rodean. Al final acabamos desembocando en la plaza de Bib-Rambla, una concurrida y animada plaza con mucho ambiente en las terrazas de los bares y restaurantes que la pueblan y presidida por una bonita fuente en honor de Neptuno y los Gigantes. Allí descansamos un poco antes de iniciar de nuevo el camino que nos debía llevar a visitar la parte alta del barrio del Albaicín.
Retomamos pues camino. Primero pasamos por el Corral del Carbón, una antigua posada de mercaderes de época nazarí, por lo visto la única que queda en pie en toda Europa de sus características. Puedo entender su interés histórico pero personalmente su visita me pareció completamente prescindible. Seguimos pues dirigiéndonos hacia el Albaicín, por la llamada Carrera del Darro.
Y este punto requiere un alto en la explicación, y es que esta sinuosa calle semi-peatonal (el acceso a coches está restringido pero aún así pasan más de los deseable en un sitio tan turístico) es para mí el lugar con más encanto de Granada y sin duda uno de los sitios donde pararse, respirar con calma y disfrutar. A los pies de la calle corre el no excesivamente caudaloso río Darro y al otro lado del mismo la montaña se eleva a plomo y sobre ella se encuentra majestuosa la Alhambra. Por la calle por la que caminas se encuentran innumerables antiguas casas señoriales que ahora han sido reconvertidas en albergues, bares y restaurantes. Las terrazas de esta calle son uno de los mejores sitios donde relajarse en la ciudad (aunque nosotros eso lo dejamos para otro día).
Llegamos pues al final de la Carrera del Darro y empezamos la ascensión hacia la parte alta del barrio del Albaicín cuyo nombre, según he leído, significa "barrio en cuesta", un nombre que le va al pelo al lugar. La cuesta es dura pero merece la pena pues el barrio es muy bonito, con callejones que de repente se abren en un pequeño mirador con vistas a la Alhambra. Para al final, en la parte más alta, llegar al mirador con mayúsculas, el Mirador de San Nicolás, una explanada a los pies de una iglesia desde la que se ve una magnífica vista de la Alhambra con Sierra Nevada al fondo. Un sitio con encanto propio, siempre abarrotado tanto de turistas, como de locales que aprovechan para vender cualquier artesanía, top mantas o artistas callejeros. Dicen que el atardecer desde el mirador es de lo más bonito de Granada, aunque a nosotros nos quedaban varias horas hasta que se pusiera el sol, así que no podemos dar fe de ello.
Del Mirador nos movimos hasta la Placeta Cristo de las Azucenas, una plaza ajardinada con mucho ambiente local, en el que paramos a descansar y a merendar mientras escuchábamos de fondo a un par de artistas locales que estaban practicando la guitarra española en una de los bancos de la plaza.
Con las energías repuestas iniciamos el descenso por el otro lado del barrio, para acabar desembocando en la famosa Puerta de Elvira, la principal entrada al recinto amurallado de la época musulmana de la ciudad. Una puerta que impresiona por sus dimensiones y que no te esperas encontrar ahí, emplazada entre los edificios modernos.
Después de eso ya sólo faltó buscar un sitio donde cenar temprano y volver al hotel a descansar, pues el día siguiente había que madrugar que teníamos el plato fuerte, la visita a la Alhambra.
Nos despertamos que aún era de noche. Había reservado hora para la visita a los Palacios Nazaríes a primera hora de la mañana, motivo por el que nos tocaba madrugar. Nos informamos en el hotel de cuál era el bus que subía hasta la Alhambra, desayunamos algo en un bar cercano y al final subimos hacia el recinto monumental.
Llegamos con tiempo más que suficiente, lo cual nos permitió hacer unas visitas previas al plato fuerte. Lo primero que te llama la atención es la magnitud del recinto, no era consciente de que la Alhambra, más que un edificio, fuera realmente un complejo de fortalezas y palacios de enormes dimensiones.
Pasamos por delante de la iglesia de Santa María, que sólo degustamos por fuera y luego por debajo de la Puerta del Vino, para acercarnos hasta la fortaleza militar conocida como la Alcazaba. La Alcazaba es la parte más antigua de la Alhambra, un recinto fortificado que iniciaron los romanos y sobre las ruinas del cual posteriormente los musulmanes edificaron su fortaleza. En general lo que se observa en estos momentos se corresponde en su mayoría con las ampliaciones y remodelaciones de época nazarí (s. XII al XV).
La mayoría de lo que aquí queda son ruinas, de las casas castrenses, de mazmorras, patios de armas y depósitos de aguas. En cualquier caso, aquí has de tirar de imaginación para visualizar como era la vida dentro de la fortaleza. Lo que sí queda en pie e intacta es la impresionante Torre de la Vela, en cuya cima se encuentra la mítica campana que hasta hace no mucho marcaba el ritmo de la vida en la ciudad. Las vistas desde la terraza superior de la torre bien valen la visita.
Salimos de la Alcazaba y como ya quedaba poco para que nos llegara la hora de visita, decidimos esperar nuestro turno en la Plaza de los Aljibes, desde la cual había unas bonitas vistas del barrio del Albaicín y del Sacromonte, pero en la que el viento invernal nos castigaba inclementemente.
Al fin se abrieron las puertas de los Palacios Nazaríes y allí que nos dirigimos. Empiezas la visita por el Mexuar, lugar donde se realizaba la administración pública y los despachos de estado de los reyes musulmanes de Granada. Es quizás la parte que está peor conservada (o quizás simplemente es que ya originalmente era la zona menos exuberante) aunque pese a ello no deja de tener sus delicados rincones dignos de recrearse en ellos.
Pero de repente el laberíntico trayecto que hacen seguir a los visitantes te hace desembocar en la Fachada de Comares, una puerta conmemorativa alzada en honor de una de las últimas grandes victorias musulmanas en la Península y que da acceso al palacio homónimo, residencia real oficial. Aquí ya empieza a verse una ornamentación muchísimo más elaborada, que mima cada uno de los detalles, trenzando detalles naturales con caligrafía árabe en la que se graban pasajes del Corán.
Desde que entras por la puerta de la Fachada de Comares hasta que sales del recinto de los Palacios Nazaríes, tras visitar el tercero de los palacios, el de los Leones, donde estaban las estancias privadas y residía el harén, la visita es una auténtica delicia para los sentidos. Me encantó su rica ornamentación, las bóvedas que simulan tener múltiples estalactitas, los arabescos y mosaicos, la perfecta simetría geométrica que dibuja el agua en sus tranquilos jardines, etc.
| Jardines del harén en el Palacio de los Leones de la Alhambra |
Por otro lado en el propio Palacio había una exposición temporal de un pintor bastante famoso, del que ahora por desgracia no recuerdo el nombre (problemas de escribir esta crónica bastante después del viaje) cuyo acceso era gratuito. María y mi madre disfrutaron bastante de la exposición, mi padre y yo entramos pero nos cansamos rápidamente de la misma, pues somos poco amantes del arte moderno, así que salimos y nos pusimos a disfrutar con más detenimiento de los detalles arquitectónicos mientras las mujeres acababan su visita cultural.
La última escala en nuestra visita a la Alhambra fueron el palacio y los jardines del Generalife. que no es más que una villa con huertas y jardines que los reyes musulmanes utilizaban para el retiro y el descanso y que originalmente se encontraba fuera del recinto amurallado de la Alhambra. Comparado con los Palacio Nazaríes, el Generalife destaca por su sobriedad y escasez ornamental. No fue concebido como un lugar para ostentar, si no para retirarse a descansar y eso se nota. Pese a la multitud de turistas que paseamos hoy en día por él, el lugar destila cierta aura de paz, con sus fuentes y canales, con sus flores y sus plantas (y eso que fuimos en febrero, en primavera debe ser un espectáculo floral). No sé como describir un lugar que no tiene nada especialmente destacable, pero que en cierta forma consiguió enamorarme.
Tras finalizar la visita al Generalife salimos del recinto de la Alhambra con la clara intención de buscar un sitio para comer, pues ya era entrada la tarde (alrededor de las 16:30) y no habíamos comido nada desde primerísima hora. Buscamos un sitio y cuando hubimos recuperado algo de fuerzas empezamos a pasear por el Barrio del Realejo, sin ánimo de ver nada en concreto si no disfrutando del ambiente de la ciudad. Poco a poco fuimos subiendo hasta llegar a nuestro siguiente destino, el Carmen de los Mártires. Pero nos lo encontramos cerrado, así que tuvimos que dejar la visita para otro día.
No era tarde, pero como nos habíamos despertado que aún no había despuntado el alba estábamos todos más que cansados, así que nos retiramos para el hotel y nos fuimos todos a dormir bastante pronto.
Sábado 12/02/2011
Después del desayuno, nuestro primer destino del día fue completar aquello que no pudimos hacer el día anterior, así que nos dirigimos de nuevo hacia el Carmen de los Mártires para encontrarlo, esta vez sí abierto. Tuvimos mucha suerte, porque al ir tan pronto el lugar estaba prácticamente vacío y el propio cuidador del Carmen se ofreció a hacernos una visita guiada mientras él hacía la ronda. Y la verdad es que fue una suerte, pues se trataba de un chico joven que era realmente un enamorado del lugar y que destilaba estaba pasión en cada uno de los comentarios que nos hacía.
Desde el palacete hasta cada rincón de los ricos jardines del Carmen, fuimos descubriendo un oasis de paz en medio de la ciudad. Es un lugar realmente bonito, un amplísimo espacio donde se mezclan todo tipos de jardines de un romanticismo idílico: jardines de estilo inglés y francés, campos de palmeras y huertos de estilo nazarí. Una visita que recomiendo a todo el mundo que se acerque a esta ciudad.
Cuando acabamos la visita, que se extendió bastante pues nuestro improvisado guía se recreaba en detalles, volvimos sobre nuestros propios pasos, y cruzando el centro de la ciudad por detrás de la Catedral y por la plaza Romanillas, acabamos llegando al Monasterio de San Jerónimo, que era lo siguiente que deseábamos visitar.
El Monasterio de San Jerónimo fue promocionado por los Reyes Católicos para ser un gran convento pero acabó siendo donado a la viuda del Gran Capitán para que se sepultara allí a este gran héroe nacional. Desde entonces se empezaron a concentrar allí las capillas de sepultura de la aristocracia andaluza, lo que convirtió a este monasterio de sobrio exterior en uno de los más bellamente ornamentados de la región (sus retablos son impresionantes).
Después de la visita a San Jerónimo comimos y tras ello decidimos subirnos en el bus turístico. No suelo hacerlo, pero en este caso venía incluido en el pack de entradas que había comprado por internet para la Alhambra. Y tras acabar la visita me reafirmé en que nunca más volvería a montarme en un bus turístico. Me pareció una auténtica pérdida de tiempo, sin paliativos.
Descendimos del bus y para endulzarnos la tarde nos pasamos por una de las pastelerías más típicas del centro y nos decidimos a probar los típicos "piononos", unos pastelitos de bizcocho emborrachado con crema tostada por encima. Mi padre y yo, como buenos amantes del dulce le hicimos buen aprecio a esta repostería, que consiguió resarcirnos de la mala tarde. Luego volvimos al hotel y dedicamos lo que quedaba de tarde y noche a reposar: un baño caliente, un poco de lectura y algo de televisión. Eso también apetece en su justa medida en unas vacaciones.
Domingo 13/02/2011
El domingo nos lo tomamos con bastante calma. Nos despertamos tarde y nos levantamos con parsimonia para ir a desayunar copiosamente. Tras esto, buscamos un autobús que nos llevara al Monasterio de la Cartuja que sería nuestra visita matutina.
Aunque está algo alejado, si no andáis mal de tiempo no dudéis en acercaros a este monasterio, una maravilla del barroco español. Cuando llegas unos bellos mosaicos hechos con adoquines de dos colores te reciben a la entrada, y tras subir una bella escalinata accedes al monasterio en sí. Prácticamente todo el monasterio es visitable, aunque muchas de sus zonas no son especialmente atractivas pese a sí disponer de una colección pictórica interesante.
Pero la cosa cambia al llegar al Sancta Sanctorum del monasterio, de una belleza que quita la respiración, al menos si te gusta ese estilo tan sumamente recargado que fue el barroco. Desde cúpulas decoradas con frescos, hasta retablos y sillería, todo tiene cientos de elementos decorativos en los que puedes perderte descubriendo pequeños detalles uno detrás de otro. Sólo la visita a este recinto ya vale los 4 euros que te cobran por la entrada a la Cartuja.
Tras la visita a la Cartuja, pillamos el autobús de vuelta hacia el centro de la ciudad y nos dedicamos a investigar la zona sur de la misma. Bajamos por la Plaza del Salón, cerca de la cual buscamos un restaurante de menú en el que comer (bastante bien por cierto, lástima que no recuerde el nombre para poder recomendarlo) y acabamos a media tarde en el Parque de las Ciencias.
La lástima es que a ninguno se nos había ocurrido pensar que siendo domingo éste estaría totalmente cerrado. Así que no puedo deciros si la visita al lugar merece la pena o no (si acaso que alguien que lo haya visitado nos lo diga en los comentarios), porque lo que es nosotros sólo nos pudimos pasear un poco por los exteriores.
Con la tontería estábamos bastante lejos del hotel, sin nada especial que hacer y con una buena caminata por delante. Decidimos simplemente volver andando, por un trayecto diferente al que habíamos hecho para ir al Parque de las Ciencias, sin visitar nada en concreto, simplemente disfrutando del ambiente de la ciudad, el del día a día de la gente y no el de la zona turística.
Llegamos ya avanzada la tarde al hotel y aprovechamos el rato libre para gestionar por internet el alquiler de un coche para el día siguiente, en que teníamos intención de dirigirnos a la Apujarra.
Lunes 14/02/2011
| No me preguntéis cómo conseguimos entrar los cuatro en esta lata de sardinas |
Al final acabamos llegando a nuestro primer destino, el pueblecito de Pampaneira. Dejamos el coche en uno de los aparcamientos públicos que se encuentran al principio del pueblo y nos dedicamos a pasear por él. Se trata de un pueblo muy bonito, con la mayoría de las calles en cuesta, característico por sus casas, todas de un color blanco níveo y por la disposición de sus calles, estrechas e intrincadas, que aún siguen el original trazado medieval musulmán.
En sí el pueblo no tiene nada especial que visitar, es uno de esos pueblos con encanto del que te enamoras de sus rincones. Nada te llama especialmente la atención pero el conjunto es bastante notable, con las maravillosas vistas de Sierra Nevada y sus cumbres enharinadas de fondo. Además, al estarlo visitando un día laboral de febrero, no había mucha gente y la sensación de tranquilidad que desprendía ese pueblo montañoso nos abrazaba a cada paso (dudo que en pleno agosto se pueda sentir una sensación tan placentera).
Continuamos el recorrido acabando de visitar los otros dos renombrados pueblos del barranco de Poqueira: Bubión y Capileira. No nos vamos a engañar, son más de lo mismo. Mismo tipo de casas, mismas calles con encanto, adoquinadas y empinadas, mismas vistas de Sierra Nevada. Como son pueblos pequeños que se visitan rápido, merece la pena hacer todo el tour completo, pero en verdad todos tienen los mismos encantos y ninguno destaca sobre los otros.
Finalmente nos acercamos hasta Trevélez, donde teníamos planeado comer. Un pueblo un poco más grande, repleto de restaurantes pues aquí hay suficiente espacio para que paren los autobuses. Lo que había que ver no cambiaba demasiado, así que primero nos dedicamos a buscar un sitio donde comer. Esquivamos no sin cierto arte, los lugares donde paraban los autobuses del IMSERSO (no merecía la pena entrar a un sitio y que antes que a ti tengan que servir a 60 ancianos) y acabamos en un restaurante típico, en el los hombres que no pudimos evitar el acabar pidiendo el típico "plato alpujarreño", que no deja de ser un plato típico de invierno compuesto de patatas a lo pobre, chorizo, morcilla, huevos fritos y jamón de Trevélez (vamos, colesterol en vena pero del rico-rico).
Una vez terminamos de comer, nos dispusimos a ver el pueblo de Trevélez con la calma (con todo lo que llevábamos en la panza un ritmo mayor resultaba inconcebible). De nuevo hay que decir que el pueblo es de un estilo similar a los otros tres que ya habíamos visitado, sin demasiadas novedades en ese aspecto. Especialmente bonitas para los amantes de la fotografía, las vistas que se pueden sacar del pueblo, al otro lado del río, si sigues por la carretera y cruzas el puente. Hay unos pequeños miradores desde los que las vistas al pueblo colgado de la ladera de la montaña son impresionantes. A partir de ahí poco más, conducción de vuelta a Granada ciudad e ir a dejar el coche a la agencia de alquiler.
Martes 15/02/2011
Así que nos dirigimos de nuevo a la Carrera del Darro, donde entramos en los Bañuelos, unos baños árabes del siglo XI que están maravillosamente conservados y que te dejan una clara idea de lo avanzada que era la sociedad musulmana de Granada en muchos aspectos con respecto a sus vecinos cristianos. La visita no es un imprescindible, pero la entrada es gratuita y si vas bien de tiempo resulta sin duda interesante.
Luego nos encaminamos de nuevo hacia el Albaicín a hacer la segunda visita gratuita de la mañana y la que sería nuestra última visita del viaje: el Palacio de Dar-Al-Horra. Resulta increíble lo mal señalizado y lo difícil de encontrar que es la entrada de este monumento. Y resulta más extraño aún cuando se trata de un palacete que es especialmente bonito. Diseñado originalmente como residencia para la madre de un caudillo árabe, pasó después de la reconquista a ser un convento de monjas, las cuales tuvieron a bien mantener intacta la belleza arquitectónica del lugar, de la que ahora se puede disfrutar. Un auténtico descubrimiento de última hora.
Al salir del Dar-Al-Horra ya era media mañana, así que nos dirigimos ya a coger el autobús que nos llevaría al aeropuerto y, por desgracia, de retorno a la cotidianidad laboral en Barcelona.
Valoraciones
Lo mejor del viaje
- Pasear por el Carmen de los Mártires y sus preciosos jardines acompañados del guardia del recinto haciéndonos de guía improvisado.
- La Cartuja, un pequeño desconocido de la ciudad.
Lo peor del viaje
- El bus turístico. De verdad que si lo hubiera pagado ex-profeso me habría parecido un timo mayúsculo.
- La visita al Parque de las Ciencias y nuestra falta de previsión absoluta que hizo que nos plantáramos allí el día que estaba cerrado.
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