miércoles, 8 de mayo de 2013

Carcassonne. Sur de Francia

Carcassone es un poco como montarse en una máquina del tiempo para volver a la época medieval. Una ciudad emblemática, una de las ciudades fortificadas más bonitas y mejor conservadas de Europa. Cerrojo estratégico entre el océano y el Mediterráneo, ciudad medieval próspera, hogar cátaro, fortaleza real y gran centro de producción textil. Carcassone lo fue todo, lo perdió todo en la cruzada para destruir el catarismo y posteriormente lo recuperó de la mano de la realeza francesa.

Ficha Técnica

Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 4 días
Fecha: Marzo de 2013
Destinos visitados: Carcassonne, Montpellier, Lastours, Caunes-Minervois y Minerve.
Transporte: Coche

Descripción del viaje

Este viaje fue el regalo de cumpleaños para mi 33 aniversario, así que al día siguiente de todas las celebraciones cogimos nuestro flamante Passat blanco y nos encaminamos hacia tierras francesas. El viaje lo había planeado María, y la idea era situar la base de operaciones en la ciudad de Carcassonne y a partir de allí movernos a las localidades de interés cercanas.

Como el viaje eran sólo 4 días, decidimos coger autopistas para no alargar demasiado el tiempo en el trayecto y poder disfrutar un poco más del destino. Cuando te desplazas en coche si no tienes problemas en pagar los precios abusivos de las concesionarias de autopistas el moverte es rápido, fácil y cómodo, eso hay que reconocerlo. Así que en unas 3 horas aproximadamente ya estábamos en destino.

Lo primero fue buscar el hotel que había reservado María y aquí ya tuvimos la primera sorpresa del viaje, porque lo que se esperaba como un hotel céntrico, acabó resultando ser un hotel a las afueras, al lado de un polígono industrial, que nos costó Dios y ayuda encontrar. Es verdad que habíamos buscado un hotel económico, pero en cierta forma las webs de búsqueda de hoteles deberían mirarse lo de sus descripciones, creo que algunas tienen el concepto de "céntrico" algo desviado.

El hotel, muy a la francesa. Los que hayáis estado por el país de la Marsellesa sabréis que los hoteles económicos son la auténtica concreción del minimalismo, vamos que apenas hay sitio ni para tirarse un pedo en la habitación. Como mínimo estaba todo muy limpio y al final la situación se acabó demostrando una ventaja, ya que desde allí teníamos acceso directo al nudo de carreteras que partía de Carcassonne hacia las distintas ciudades cercanas y además el hotel tenía parking propio gratuito, cosa impensable en los que están en el centro de Carcassonne.

Una vez instalados ya eran las 13:00 más o menos, así que como llevábamos algo de comida con nosotros, decidimos hacer una comida frugal "on the road" y aprovechar lo que quedaba de luz diurna para recorrer la ciudad de Carcassonne.

Carcassonne es una ciudad pequeña, que apenas llevas una tarde allí te la conoces y te orientas perfectamente, con dos zonas de alto interés. Por un lado se tiene el centro de la población, un conjunto de calles peatonales atestadas de tiendas, bares y restaurantes, que pese a lo comercial no está exenta de cierto encanto. El otro punto de interés se extiende sobre una colina, al otro lado del Canal de Midi, el río que cruza como una cicatriz la ciudad. Sobre esta colina se erige la Cité, un barrio amurallado que se corresponde con la antigua ciudadela medieval.

Hay que reconocer que la vista de las murallas almenadas de la ciudadela, conforme te vas acercando desde el puente viejo que cruza el canal, es de aquellas que quita el hipo y que merecen un viaje por sí solas. El esfuerzo de restauración que se le ha dedicado bien vale la pena. Las almenas están todas intactas, sobre los torreones se han vuelto a instalar los techos y todo eso hace que cuando te acercas puedas sentir por un momento la misma fascinación que un viejo cruzado del siglo XIV debía sentir al acercarse a tan augusta villa.


Vista desde las almenas de una de las torres de la ciudadela

Realmente esto es lo mejor de la Cité, por que cuando cruzas las murallas y te adentras en sus pétreas callejuelas te encuentras con una especie de "feria medieval permanente". Cada casa dentro de la Cité se ha convertido en tienda, hotel o restaurante y aún más tenderetes se extienden por la calle a modo de mercadillo. Las calles estaban atestadas de turistas hasta los topes (gajes supongo de ir en un sábado de Semana Santa) y hacía la visita algo agobiante y que no pudieses disfrutarla demasiado.

Para acabar de rematar la experiencia, el encapotado cielo empezó a descargar una fina lluvia. Así que abandonamos la ciudadela y nos encaminamos a dar una vuelta por el centro. Tras hacernos una buena idea de la ciudad y la obligada visita a Información y Turismo para planificar las visitas de los siguientes días, decidimos retirarnos, que el viaje en coche nos había dejado cansados. 

La cena fue en un McDonalds al lado mismo del hotel. Una extraña costumbre la que hemos tomado de ir como mínimo un día a comer al McDonalds en cada uno de nuestros viajes (más cuando apenas lo visitamos cuando estamos por casa). Tras ello, hotel, un poco de lectura y a dormir, que al día siguiente nos esperaba de nuevo un buen tute de coche.

El despertar del segundo día nos sorprendió con un sol radiante, algo de verdad de agradecer. Desayuno rápido y de nuevo nos montamos en el coche destino Montpellier. Esta vez decidimos coger las carreteras secundarias, ir más tranquilos y poder disfrutar un poco de los paisajes plagados de viñedos que discurrían alrededor del trayecto que nos llevó a través de Narbona y Beziers hasta Montpellier.

Allí aparcamos algo lejos del centro, pero como pensábamos estar todo el día buscábamos un sitio que no fuera zona azul, y eso hoy en día en las ciudades, cada vez está más caro de encontrar. Por lo tanto para llegar al centro histórico tuvimos que cruzar alguno de los barrios periféricos. La verdad es que éstos eran bastante deprimentes, auténticos guetos donde la pobreza se palpaba en las esquinas. No era la mejor visión a tener como primer contacto con una ciudad desconocida.

Pero al llegar al centro histórico todo cambió, sin duda Montpellier es una ciudad de contrastes. El primer contacto con la Montpellier histórica fue un enorme acueducto de estilo romano (aunque construido realmente en el siglo XVIII) que acababa en un depósito de agua camuflado dentro de una glorieta bellamente adornada. A partir de ahí, se abrieron ante nosotros todos los encantos de la ciudad: arcos del triunfo, murallas, catedrales e iglesias, calles y plazas con encanto. La verdad es que era todo muy bonito.


María haciendo el "indio" en la plaza central de Montpellier

De nuevo comida rápida comprada en una panadería para no parar de visitar y por la tarde visita al barrio de Antígona. Un curioso plan urbanístico para remodelar esta zona de la ciudad fue ganado por el arquitecto catalán Ricardo Bofill, que sin duda consiguió un barrio llamativo y con personalidad propia. ¿Bonito? Yo no diría tanto, lo dejaría más en curioso.

Cuando acabamos la visita a Antígona ya era media tarde y sabíamos que teníamos un largo camino de vuelta, así que nos acercamos de nuevo al coche y retomamos el camino de vuelta. Ya era tarde, bien bien las ocho, cuando llegamos a la altura de una de las visitas que nos habían marcado en el mapa en la Oficina de Turismo: la Abadía de Fontfroide. Sabíamos que a esas horas más que probablemente ya estaría cerrada, pero como sólo había que desviarse un par de kilómetros, decidimos acercarnos aunque sólo fuera a echarle un vistazo.

Gran acierto sin duda, porque aunque efectivamente estaba cerrada, Fontfroide es un lugar digno de detenerse. Sólo pudimos ver los exteriores y un poco de los patios (colándonos aprovechando que un gran número de personas salían de algún tipo de acto oficiado en la abadía), pero eran realmente preciosos. Nosotros por desgracia tuvimos que dejar la visita completa en la carpeta de "pendientes para otro viaje".

La cena la hicimos ya en Carcassonne, en un italiano donde realmente cenamos bastante bien. Cansados por el largo día nos fuimos a dormir. El siguiente día, para tranquilidad de todos, lo habíamos planificado de forma algo más desahogada.

El tercer día despertó como había acabado el primero. Una lluvia intensa y constante que no nos abandonaría en todo el día que hizo una auténtica odisea todo lo que hicimos aquel día. La primera visita era el pueblo de Lastours, donde se encuentra las ruinas de 4 castillos (sí 4) de la época cátara. Los castillos se encuentran encaramados sobre la cima de varias cumbres en un valle de naturaleza idílica. Eso sí, el coche debe abandonarse mucho antes, al pie del valle, y debe realizarse la subida hasta los castillos a pie. El ascenso se hace por toscos escalones excavados en la roca en el mejor de los casos, directamente por la agreste orografía del terreno en los peores. Con la incesante lluvia, calzado nada adecuado y protegidos por un simple paraguas, hay que reconocer que la visita fue una pequeña aventura en sí misma. Eso sí, la nefasta climatología nos permitió disfrutar de aquella experiencia prácticamente en soledad. Creo que fuimos los únicos locos en subir allí con la que caía.

Visto Lastours, continuamos el camino hacia el siguiente punto que nos habían marcado en nuestro mapa. La abadía de Caunes-Minervois. A día de hoy todavía me pregunto por qué nos lo recomendaron (y sobretodo como se atreven a cobrar 5 euros de entrada para ver eso). Sin duda una visita más que prescindible.

Tras la decepción nos encaminamos a Minerve, un pequeño pueblo que da el nombre a la región y que nos habían dicho que era especialmente bonito, manteniendo toda la esencia de un pueblo medieval. Encontrar Minerve fue otra pequeña aventura en sí misma, pero esta vez cuando llegamos sí que pudimos disfrutar de lo que nos habían prometido. El pueblo, pequeño y enclavado en un escarpado valle, fue sin duda una bella vista y un tranquilo paseo para acabar el día.

Cansados de tanta lluvia, decidimos que la vista del enorme puente que une en Minerve las dos caras de la garganta dentro de la que se encuentra el pueblo, fuera la última imagen que nos quedaríamos del día. Retornamos pues a Carcassonne y allí pasamos lo que quedaba de tarde guarecidos de la fría lluvia en un acogedor café que empleamos también para cenar. Un suculento plato de carne, para recuperar fuerzas.


Vista del pueblo de Minerve desde una colina cercana
El cuarto día ya era el del viaje de retorno, y debíamos salir pronto pues además queríamos estar a la hora de comer en casa. Sin embargo, antes de emprender la vuelta a casa, decidimos levantarnos pronto y hacer una última visita a la Cité. Era primera hora de la mañana y de un martes laborable, así que seguro que no estaría tan masificado como el sábado y quizás nos quitara el mal sabor de boca de la anterior visita.

El evitar las masificaciones sin duda lo conseguimos, pues apenas había nadie dentro de la ciudadela, pero sin embargo, el lugar por dentro nos continuó pareciendo algo desangelado, como si no acabara de saber transmitir todo lo que prometen las vistas desde el exterior. Como mínimo, compensamos la decepción con un buen desayuno antes de coger el coche y volver hacia Sant Cugat.

Valoraciones

Un viaje corto y asequible, que dada su proximidad puede hacerse en cualquier momento y sin excesiva preparación previa. Para unos catalanes, acercarse a esta región del sur de Francia, tan íntimamente ligada históricamente con nuestra región debería ser poco menos que obligado.
Lo mejor del viaje

- Las vistas de las murallas exteriores de la ciudadela de Carcassonne desde el puente viejo
- La ascensión a los castillos de Lastours, lloviendo a cántaros y disfrutando en soledad de naturaleza e historia
- Pasear tranquilamente un par de horas por el bello centro histórico de Montpellier

Lo peor del viaje

- La abadía de Caunes-Minervois
- La masificación en el interior de la Cité
- Los barrios periféricos de Montpellier, que realmente daba algo de miedo pasar por allí

Galería de fotos

Carcassone2

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