Venecia es puro romanticismo, con sus callejones estrechos y sinuosos que te llevan a la edad media y te envuelven con su misterio ancestral. Un misterio que se acrecenta durante el maravilloso Carnaval, en el que las máscaras y los exquisitos vestidos se adueñan de la ciudad y el día y la noche se suceden sin descanso para el viajero. Venecia es sueño y fantasía, inmortal y pétrea, con su canal principal flanqueado de palacios maravillosos, cuna de comerciantes como Marco Polo. Una ciudad para vivirla, desde que amanece hasta el siguiente día, recorriendo sus calles sin rumbo y sin prisa, donde te lleve el corazón.
Ficha Técnica
Viajeros: Rubén y Maria de la Roca
Duración del viaje: 3 días
Fecha: Febrero de 2009
Destinos visitados: Venecia.
Transporte: Avión
Descripción del viaje
Esas Navidades María y yo nos regalamos mutuamente viajes. Son esas cosas extrañas que pasan en una pareja, que casi sin hablarte parece que ambos piensen lo mismo al mismo tiempo. Y en este caso, creo que ambos teníamos claro que nos apetecía viajar y que por lo tanto un viaje para dos era un regalo perfecto.
Mi regalo para ella fue este viaje, una corta visita a Venecia en los que probablemente son sus días más peculiares, los días del Carnaval.
Pasaron los meses y al fin llegó la época de los Carnavales. Era febrero y en Barcelona hacía un frío del copón con ruedas, pero nuestro vuelo salía a primera hora y eso no iba a amedrentarnos, así que cogimos los abrigos más tupidos, bufandas, guantes y gorritos y nos preparamos para salir hacia nuestro destino.
El vuelo no fue demasiado largo, por lo que pronto estábamos en el aeropuerto Marco Polo cogiendo un atiborrado autobús que nos llevaría a la ciudad de los canales. El trayecto no era demasiado largo y en seguida desembarcamos en un amplio aparcamiento cerca del istmo que conecta la ciudad con el resto de la Península Itálica. A esas horas ya hacía un sol radiante y la temperatura que nos recibía era considerablemente más agradable que la que nos despidió Barcelona. No era para ir en manga corta, pero para ser febrero era más que agradable. Podemos decir que tuvimos suerte con el clima.
Pasaron los meses y al fin llegó la época de los Carnavales. Era febrero y en Barcelona hacía un frío del copón con ruedas, pero nuestro vuelo salía a primera hora y eso no iba a amedrentarnos, así que cogimos los abrigos más tupidos, bufandas, guantes y gorritos y nos preparamos para salir hacia nuestro destino.
El vuelo no fue demasiado largo, por lo que pronto estábamos en el aeropuerto Marco Polo cogiendo un atiborrado autobús que nos llevaría a la ciudad de los canales. El trayecto no era demasiado largo y en seguida desembarcamos en un amplio aparcamiento cerca del istmo que conecta la ciudad con el resto de la Península Itálica. A esas horas ya hacía un sol radiante y la temperatura que nos recibía era considerablemente más agradable que la que nos despidió Barcelona. No era para ir en manga corta, pero para ser febrero era más que agradable. Podemos decir que tuvimos suerte con el clima.
El aparcamiento estaba frente al primero de los puntos de interés, el llamado Puente de la Constitución o de Calatrava, así conocido precisamente por haber sido diseñado por el arquitecto español Santiago Calatrava. El puente es enorme, el más grande de los cuatro que cruzan el Gran Canal y es de esos que despiertan sentimientos encontrados, pues sin duda es bonito y estético, pero parece un poco fuera de sitio en una ciudad con un aire tan antiguo y decadente como Venecia.
Cruzamos el puente y empezamos a dirigirnos, mapa en ristre, hacia el barrio de Cannaregio, donde se situaba nuestro hotel. Obviamente lo primero era hacer el check-in y dejar las bolsas, que aunque no pesaran mucho por la brevedad del viaje, siempre resultan molestas si te planteas estar dando vueltas como un loco todo el día. De camino ya empezamos a empaparnos del ambiente de la ciudad en esos días tan señalados. Gente por todos lados, turistas extranjeros y locales por igual atiborraban las calles, llenas de mercadillos, y en general se respiraba un ambiente festivo que levantaba el espíritu.
Hay que reconocer que nos perdimos en nuestra búsqueda del hotel. Dejadme que le eche la culpa a la caótica distribución de las calles, canales y puentes venecianos, que convierten a la ciudad en un pequeño laberinto hasta que te acostumbras a ello. Por suerte el italiano y el español son tan parecidos que cualquiera puede darte unas indicaciones por la calle, no hace falta encontrar a alguien que domine el inglés, cualquier abuela que esté tomando la fresca podrá darte unas indicaciones que si no habla demasiado deprisa sabrás interpretar.
Nuestro hotel, la “Residenza Cannaregio” estaba algo alejado del centro, al lado de un canal subsidiario, lo que lo hacía ideal, pues estaba aislado de las zonas más concurridas y ruidosas. Eso permitía poder descansar tranquilamente (algo que por la noche apreciaríamos sobremanera), pero tampoco estaba lejos del centro, con lo que podías ir caminando a cualquier sitio, cosa que si pillabas alojamiento en el Lido, te veías limitado a desplazarte en vaporetto.
Entre lo que tardamos en encontrar el hotel y hacer el check-in, cuando salimos de allí ya se había hecho la hora de comer y el regomello acuciaba nuestros estómagos a buscar un sitio donde comer. Sin salir del barrio de Cannaregio, nos dirigimos a una de las calles principales y allí había un restaurante detrás de otro. Escogimos uno con buena pinta y la verdad es que comimos muy bien. Lo bueno de la comida italiana es que, además, suele salir bastante económica.
Acabamos de comer y, con las fuerzas renovadas, decidimos encaminarnos hacia el meollo de toda la vida veneciana: la Plaza de San Marcos. Conforme nos acercábamos a ella, el gentío y el ambiente iba in crescendo y empezamos a ver a la primera gente disfrazada. Era impresionante ver los corrillos que se formaban alrededor de las personas disfrazadas, eran los auténticos protagonistas de aquella fiesta. No teníamos especial prisa e íbamos disfrutando del trayecto, de la gente disfrazada, de las tiendas artesanas de máscaras, de los puestos de comida ambulantes y sus olores. Cuando nos quisimos dar cuenta, nos encontrábamos dentro de una marea humana que nos había engullido. Suerte que teníamos intención de ir a la Plaza de San Marcos, por que si hubiéramos querido ir a cualquier otro sitio creo que no lo habríamos conseguido.
| Los disfraces son los auténticos protagonistas de nuestro viaje |
La suerte es que pudimos cambiar la visita a esas maravillas arquitectónicas por la vista de otras maravillas más efímeras. Y es que la Plaza de San Marcos es uno de los escaparates preferidos por los venecianos para lucir sus fastuosos disfraces enmascarados. Las personas disfrazadas se ponen allí, a las puertas de los grandes edificios, posando, para que la gente pueda hacerles fotos o hacerse fotos con ellos. Muchas veces estando allí me llegué a preguntar si no serían personas pagadas por el Ayuntamiento para satisfacer nuestras ansias de turista.
Tras las fotos de rigor nos desplazamos siguiendo la marea humana hacia el siguiente punto de interés, el famoso Puente de los Suspiros. ¡Menuda decepción! Después de soportar empujones y aprietos entre la miasma de gente, llegamos allí y resultaba que el puente estaba en rehabilitación, con lo que sólo habían dejado una pequeña parte visible entre unos enormes paneles de cartón pintados de color azul cielo. De verdad, así perdía todo el encanto y no se parecía en nada a esa idílica panorámica que mostraba nuestra guía de viajes.
Con la decepción en el semblante, decidimos recular un poco (¡y lo que nos costó hacerlo contra la marea de gente!) para encaminarnos en dirección contraria, hacia el famoso Puente de Rialto, quizás el más bello de los puentes que cruzan el Gran Canal. Rondamos un rato por sus alrededores, haciendo algo de tiempo, pues habíamos quedado allí, en el centro del famoso puente, con Nagore, una compañera de la universidad de María que actualmente vive en Londres y que, casualmente, también había venido junto a unos compañeros de trabajo a los carnavales.
Juntos nos dirigimos al Barrio de San Polo. Ya había caído la noche y las plazas se habían empezado a llenar con artistas callejeros, desde malabaristas, a conciertos de música en vivo pasando por DJs pinchando en alguna recóndita y perdida plaza. Y alrededor de todos ellos un montón de gente yendo de un lado para otro, hablando, riendo y comiendo. Nosotros nos dirigimos con Nagore y sus compañeros a un pequeño local, que en España asimilaríamos a un bar de tapas. Un gran ambiente para pasar una agradable velada en buena compañía, aunque he de reconocer que personalmente pasé algo de hambre; yo soy de los de cuchillo y tenedor.
Tras la cena fuimos pululando de un lugar a otro, tomando unas copas (coca-colas en mi caso, ya que soy abstemio) y alargando la noche entre risas y conversaciones. La verdad es que cuando salimos de viaje nunca vemos la “vida nocturna” de las ciudades donde estamos, solemos llegar a esas horas demasiado cansados, pero creo que esta vez, dada la coyuntura y la compañía merecía la pena hacer una excepción. Aún así, la falta de costumbre nos hizo llegar al hotel, extenuados y muertos de sueño, a las tantas de la madrugada. El descanso se mostró necesario y reparador.
Dormimos hasta tarde, apurando la comodidad de la cama. Era un viaje calmado y para disfrutar y así nos lo tomamos. Ya avanzada la mañana salimos del hotel y nos encaminamos de nuevo hacia el Barrio de San Marcos. La Plaza seguía tan concurrida como la tarde anterior, así que nos desviamos a zonas menos atiborradas para ver otras de las maravillas de la ciudad, como el Teatro la Fenice o el Palacio Contarini del Bóvolo con su impresionante y preciosísima escalera de caracol, emplazada en un lugar tan perdido, que pocos turistas parecían ser capaces de encontrarlo. Allí nos quedamos un rato, ensimismados, alejados de la gran muchedumbre y disfrutando de la belleza de esa Venecia tan opulenta del Renacimiento, ahora ya decadente pero con el mismo encanto.
| La escalera más bonita de Venecia |
Perdimos la tarde callejeando por el Barrio de Dorsoduro, sin ánimo de visitar nada especial, simplemente disfrutando de los canales, las callejuelas y los vericuetos. Estábamos lejos de las partes más turísticas y eso nos permitía disfrutar de la ciudad de una forma más tranquila, viendo la ciudad tal y como la viven sus habitantes.
A las siete de la tarde volvimos hacia la Plaza de San Marcos, ya que nuestra guía indicaba que a esa hora se celebraba allí el concurso oficial de disfraces del Carnaval. No nos hizo especial gracia descubrir que la guía nos había engañado, que no era a las siete si no una hora antes y que en consecuencia hacía un cuarto de hora que el desfile había acabado cuando nosotros llegamos. Nos tuvimos que conformar con el premio de consolación, ya que por suerte algunos de los participantes aún pululaban por la plaza y pudimos verles y hacerles fotos, desde las típicas máscaras venecianas al maravilloso “hombre de chocolate”. Lástima habernos perdido todo el desfila pues tenía números de ser realmente espectacular.
Tras esto nos alejamos un poco del centro. Habíamos quedado de nuevo con Nagore para cenar en un restaurante, esta vez uno más convencional, algo caro pero con una cocina riquísima. Nagore se iba esa misma noche hacia Londres (tenía el vuelo de madrugada), mientras que nosotros pasábamos allí la noche y cogíamos el vuelo de vuelta a Barcelona a la mañana siguiente. Por desgracia el vuelo era lo suficientemente temprano para que la última mañana en Venecia no nos diera para mucho, más allá de callejear de vuelta desde el hotel hasta la parada de autobuses, disfrutando de un espléndido sol invernal y despidiéndonos de las angostas callejuelas de la ciudad de los canales.
| "El hombre de chocolate". No sabías si reírte en su cara o darle un bocado |
Valoraciones
Una experiencia única. Venecia es una ciudad preciosa, pero por primera vez en nuestros viajes lo importante no era aquello que íbamos a ver si no el incomparable ambiente que se respira en la ciudad durante esas fechas de Carnaval. Si vais a Venecia probablemente os encantará, si vais allí en Carnavales no dudo de que os enamorará.
Lo mejor del viaje
- El ambiente general. La ciudad era una auténtica fiesta, día y noche. Disfraces, mercadillos, espectáculos, conciertos y las calles repletas de gente y alegría.
- Poder encontrar en un lugar tan extraño a gente conocida y pasar unos buenos ratos ellos.
- El hotel escogido. Era caro, como todos en esa época en Venecia, pero su ubicación, sin saberlo de antemano, fue un acierto por nuestra parte. Estaba lo suficientemente cerca de todo para poder ir andando sin problemas, pero lo suficientemente alejado para no verse afectado por el ruido de las celebraciones y poder descansar tranquilamente.
Lo peor del viaje
Lo peor del viaje
- Gente, gente y más gente. Si no te gustan las aglomeraciones este no es tu viaje.
- No haber acabado entrando, por las enormes colas que había, a ver el interior de la Basílica de San Marcos o del Palacio Ducal.
Galería de fotos






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